lunes, julio 13 2026

Sobre obras fundantes

La historia no son solamente grandes batallas, inauguraciones de instituciones políticas o de grandes movimientos sociales. Muchas veces, un simple nombre comienza transformaciones que décadas después se convertirán en el corazón y alma de una sociedad.

Ignacio Etchart
redaccion-er@miradorprovincial.com

La ciudad de Victoria siempre tuvo una gran tradición artística, basada en el compromiso altruista de sus vecinos. Con el tiempo, de forma progresiva y creciente, poetas, músicos, letristas y bailarines se han sumado al gran corpus artístico que propone la Argentina, e incluso, que transciende sus fronteras.

Repasando la pequeña aunque pujante historia victoriense, y como bien se ha presentado a lo largo de variadas publicaciones en Mirador Entre Ríos, siempre se han presentado nombres y personalidades que lograron perpetuarse en los anales de la historia.

A continuación se presentarán dos breves relatos sobre hombres que dejaron su pequeña pero gigante marca en la identidad de un pueblo. Estos relatos están basados en las publicaciones ubicadas en la página de Facebook “Historias de Victoria”, portal dedicado a la reconstrucción y divulgación de archivos locales y regionales.

Sobre reiteradas menciones

Meses atrás, en las páginas de Mirador Entre Ríos se sistematizó a lo largo de varios números la historia de los primeros cien años de la fiesta mayor de la ciudad de Victoria, los carnavales.
En aquellas publicaciones se mencionó brevemente el papel central que tuvieron Los Pobres Iniciadores, primer grupo orgánico y formal durante los inicios de los corsos. Dicha sociedad musical fue durante 18 años la principal atracción durante las noches de festividad.

Los Pobres Iniciadores además funcionaron como sociedad de beneficencia, cuyo papel tuvo su merecida mención gracias a su donación para la construcción del hospital Fermín Salaberry, de Victoria, hoy institución médica pública aún en funcionamiento más antigua de la provincia, que también tuvo su serie de notas en Mirador.

Todas estas obras y aportes a los inicios de historia y cultura de la ciudad de Victoria tuvieron sus comienzos en una única figura llamada Juan Cánepa.

Como si esto fuera poco

Don Juan Cánepa nació el 28 de octubre de 1850 en los alrededores de Rincón de Nogoyá, zona rural de pequeño desarrollo urbano aleñada a la ciudad de Victoria.

Ya como vecino de Rincón de Nogoyá, el altruismo y compromiso de Cánepa fue evidente. En 1878 fundó en su propia casa la única escuela particular de la zona, donde él era docente y directivo.
Fue tan fundamental el papel que ocupó dicho establecimiento entre sus vecinos, que durante la gestión del gobernador José Francisco Antelo (1879-1883) aquella humilde casa de estudios se oficializó como la Escuela Nacional Nº 50.

Luego de 22 años a cargo de la Escuela de Rincón de Nogoyá, don Cánepa decidió jubilarse de dicha responsabilidad en 1900. Sin embargo, y producto de un espíritu comprometido que no podía encontrar reposo, fue designado por las nuevas autoridades como director de tercera categoría entre 1910 y 1932.

Paralelo a su vocación docente, don Juan Cánepa ocupó los cargos de jefe de Correos y Estafeta y además ejerció la mayor responsabilidad que puede asumir un ciudadano: alcalde de Rincón de Nogoyá.

Como si esto fuera poco, Cánepa formó parte de la milicia ciudadana, específicamente interviniendo en la Guardia Nacional, donde obtuvo el grado de Capitán Ayudante del 8º Regimiento de Caballería del departamento Victoria.

De un desconocido prodigio

Son muchos los nombres de grandes artistas que no llegan a ocupar las páginas centrales de los manuales de la historia. Sea por capricho histórico o por falta de divulgación, muchísimos nombres de gran porte y talento quedan relegados a la letra chica universal. Sin embargo, gracias a la fuente digital merecidamente citada con anterioridad, hoy se puede rescatar un ápice del reconocimiento merecido de aquellos casi olvidados personajes. En este caso, el artista Emilio Pittaluga, de quien incluso aún no se encuentran registros fotográficos.

Descansan en el cementerio de la reconocida Abadía Benedictina del Niño Dios de Victoria los restos de Pittaluga, perteneciente a una escasa estirpe de especializados en el mosaiquismo.
Nacido en 1891, Pittaluga perfeccionó sus estudios en esta disciplina en las escuelas del Vaticano que funcionan en los antiguos establecimientos dedicados a la armería, lindantes al Patio de San Dámaso.

Dedicado a tareas que requerían un compromiso tanto artístico como espiritual, Pittaluga trabajó durante mucho tiempo en la Basílica Vaticana cono restaurador de obras antiguas.

Al cabo de algunos años regresó a la Argentina y así inaugurar el 26 de junio de 1940 un estudio de mosaicos en la Ciudad de Buenos Aires, al cual denominó “San José”. Desde allí planificó trabajos de gran renombre que están perpetuados en la Catedral Metropolitana y en la Cripta de la Basílica de San Nicolás de Bari, así como también en el Convento de las Hermanas Benedictinas, obra a la cual llamó “La Virgen de la Paz”.

Continuó sus tareas en diversos lugares del país, como en la Capilla del Colegio León XII y en la misma en la Abadía del Niño Dios de Victoria, espacio donde hoy reposan sus restos mortales.
En ella aún se encuentra, entre otros trabajos, una reproducción de una obra pictórica de Murillo, pero trasladada al mosaiquismo, ubicado en el altar de San José.

Sobre las obras

Durante sus tareas, Pittaluga comenzaba por darle forma a lo que eran restos eclécticos de vidrios y cristales, para luego fundirlos en pequeños crisoles y así brindarles variopintos colores producto de alquimias muy complejas que implicaban vastos conocimientos tanto en química, como en pintura e incluso en anatomía humana.

Paso a paso, las piezas transformadas se iban adosando una junto a la otra, convirtiendo retazos de cristal es bellas facciones de un rostro humano, como bien representa la imagen adjunta a esta nota, a la cual Pittaluga bautizó “Jesús discutiendo con los doctores de la Ley”, reinterpretación de una obra de Hoffman, especializado en el mismo campo artístico que él.

Con el paso del tiempo y la pesadez de los años, Pittaluga decidió transitar los últimos años de su vida en la Abadía del Niño Dios, ejerciendo una vida altruista y humilde, amparado bajo la doctrina cenobítica, a pesar de considerarse como un laico entre sus pares benedictinos.

Sus restos descansan en el cementerio de la Abadía desde el 18 de marzo de 1971.

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