viernes, mayo 1 2026

Memoria

La riqueza del hombre blanco se fundó sobre dos pilares crueles. Por un lado, el saqueo de las riquezas naturales del continente americano y, por el otro, de la explotación inhumana a la población africana raptada de sus tierras y posteriormente esclavizada. Pero la memoria, única justiciera en el paso del tiempo, no olvida ni perdona.

Ignacio Etchart
redaccion-er@miradorprovincial.com

Entre los siglos XV y XIX el océano Atlántico se transformó en el principal cementerio africano en el mundo. De los 60 millones de negros que fueron traficados al Nuevo Continente, sólo 12 millones sobrevivieron. Inanición, deshidratación, suicidios y torturas eran las causas más comunes de muerte. Pero sobrevivir la partida desde las islas de Cabo Verde era sólo el comienzo del calvario.
Las razones de utilizar mano de obra esclava eran varias. En primer lugar, habitantes originarios de América tenían una tez de piel nueva para los europeos, colores pardos que enajenaban sus prejuiciosas mentes. Ante la confusión de que si estos pobladores eran merecedores del Evangelio o del grillete, optaron por los africanos. Su esclavitud era naturalmente legal por sus rasgos, comparándolos con los animales. También influyeron las epidemias provocadas por los primeros encuentros entre los amerindios y europeos. Los africanos, tras siglos de comunicación con Europa, ya habían adquirido inmunidad a enfermedades como la viruela, la fiebre amarilla o la malaria.

Sobrevivir contagios, hambre y torturas era sólo el primer eslabón a superar para los esclavos. Al llegar a estas nuevas tierras debían soportar condiciones infernales de trabajo en plantaciones y canteras, cuyas riquezas eran destinadas al puerto transoceánico más cercano, con el fin único de potenciar y expandir la maquinaria industrial y comercial blanca. Pero de esa sangre y sudor que construyó la Europa moderna, nada está perdido.

Promesas no cumplidas

En las páginas de la historia el afroargentino merece no capítulos, sino manuales enteros a su rol en la conformación de la Nación Argentina. Participó en todas las acciones bélicas del país, incentivados principalmente por la Ley de rescate que prometía la libertad si se prestaban cinco años de servicio militar. En 1801 se reglamentaron las formaciones milicianas negras, denominadas Compañías Granaderas de Pardos y Morenos. En las filas patriotas durante la Primera Invasión Inglesa de 1806, el esclavo estuvo ahí.

Cuando San Martín regresa a Argentina en 1812, entre sus infinitas tareas asumidas, se hizo cargo del Ejército del Norte. Estas tropas consistían de 1.200 hombres de los cuales 800 eran negros esclavos rescatados por el Estado para el servicio de las armas. La famosa frase de San Martín “¡Pobres negros!”, pronunciada entre los restos del campo de batalla en Chacabuco, refleja la cantidad de cadáveres africanos pertenecientes al Batallón Nº 8. La Campaña de los Andes entre 1817 y 1824 no fue muy diferente. De los 2.500 afroargentinos que marcharon en el ejército revolucionario, sólo 143 volvieron a la Argentina. Y los años siguientes mantuvieron una tradición similar.

Los sobrevivientes de la gesta independentista no fueron liberados y enviados instantáneamente a reforzar las filas en la guerra contra el Imperio del Brasil (1825-1828). Quienes permanecieron con vida, fueron convocados por el entonces gobernador de Buenos Aires, el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas (1835-1852) para conformar el Batallón Provincial y el Batallón Restaurador. Tal fue el reclutamiento durante las guerras entre unitarios y federales, que en las batallas de Caseros, Cepeda y Pavón había negros luchando entre sí.

Con el derrocamiento de Rosas y la región estabilizada, la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) parecía ser finalmente el último azote a la población afroargentina. Y lo fue, pero sólo en términos bélicos. Desde lo social y económico, la población afrodescendiente fue completamente marginada. En ciudades como Buenos Aires y Mendoza era común encontrar negros veteranos, mendigando para sobrevivir. Muchos de ellos presentaban miembros mutilados, grandes cicatrices o deformaciones que les impedía moverse.

El período que abarca desde 1838 a 1887 fue crucial en la “desaparición artificial” de la población negra. En 1845, Sarmiento celebraba apresuradamente el “bajísimo” número de pobladores afroargentinos. Tal es así, que a fines de 1887 la población afrodescendiente abarcaba apenas el 1,8% del total, y fue la última vez que se los consideró en los censos hasta el 2005.

Si bien la Constitución Nacional del 53 declaraba ilegal la esclavitud, también prohibía al hombre africano o asiático ingresar al país. La contracara racista de la ley promulgaba la inmigración blanca y europea para el “desarrollo y progreso del territorio”. Esto provocó un lento pero consistente desplazamiento de la población afroargentina hacia las zonas más alejadas de los centros urbanos. Desplazamiento, no desaparición.

El negro en la región

A pesar de la figura legal de “libertos” establecida por la Constitución del 53, poco cambió la condición de vida de la población afroargentina. Muchos pasaron de la esclavitud a la servidumbre de familias potentadas o a trabajar en zonas rurales, comercios y casas particulares como “conchabados”.

Según el historiador entrerriano Pérez Colman, la presencia de negros esclavos en Entre Ríos disminuyó considerablemente tras la sanción del Estatuto Provisorio Constitucional de 1822. En el apartado dedicado a los Derechos Particulares, la legislación reconocía y ratificaba las resoluciones de la Asamblea de 1813 respecto al tráfico de negros, declarando libres a todos los nacidos en la Unión a partir de ese mismo año. Pero poco fue el acatamiento que acompañó dicha ley.

En un censo realizado en 1824 se contabilizaron 28 esclavos en la Villa de Paraná, en su mayoría mujeres que trabajaban como personal doméstico. Luego, en 1844 se confirmó un aumento de la población negra, llegando a 32 personas. Nuevamente en 1848 se volvió a determinar que existían en Entre Ríos 90 personas en situación de esclavitud: 55 de ellos vivían en Paraná; ocho en Nogoyá; seis en Rosario del Tala; cuatro en Gualeguay; tres en María Grande y uno en Diamante.

En Victoria, en el momento que se realizó dicho censo, se registraron 15 afrodescendientes en situación de esclavitud, el mayor número dentro de la provincia después de Paraná. Como en el resto del país, sus principales obligaciones referían al trabajo agrícola y ganadero y al servicio doméstico y comercial. Y como en el resto de la historia, participaron en distintos frentes de batalla independentistas al mando de distintos caudillos. También estuvieron al servicio de autoridades locales, como sucedió con el primer Juez Pedáneo de Victoria, Juan Ventura Zapata, que tenía su propia milicia de negros.

En la zona entonces llamada La Matanza, hoy Victoria, existían según un censo anterior a 1820, 14 personas sometidas a la esclavitud, en su mayoría oriundos de Angola, Bengala, Mozambique y pequeña minoría proveniente de Portugal. Estas personas fueron documentadas bajo el apellido de sus propietarios, como por ejemplo María Espinosa, Catalina y Paula Pérez, Dionisio Hereñú, Narciso Gaete, Cesarego Etcheverría, Polonio Herrera, Bernarda Bordón y Rufina Bordón, entre otros.

Los historiadores victorienses Carlos Anadón y María del Carmen Murature destacaban que la esclavitud no fue en aquella época una problemática ciudadana grave en la ciudad, a pesar de que la legislación nacional la señalaba explícitamente ilegal. Además, libertos o esclavos, el negro siempre ocupó el último eslabón social y económico, excluidos incluso de la instrucción en las primeras letras pero hay casos en que eran educados en la religión católica.

La mención sobre una “desaparición artificial” no es casual. La aclaración de “desplazados, no desaparecidos”, tampoco. Hace décadas que movimientos sociales reivindican la existencia del afrodescendiente en la Argentina, contrarrestando ciertos discursos oficiales. El tango, la milonga, la chacarera, la payada son de origen africano. Sólo basta recordar al talentoso Gabino Ezeiza. En la lengua, el castellano rioplatense fue enriquecido por palabras como bombo, batuque, bujía, conga, cafúa, candombe, dengue, malambo, mandinga, mucama, tarimba o tarima, entre muchísimas otras.

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