Mujeres que pugnan por una vida mejor
Invisibilizadas para la mirada del turista desde la ruta y para las grandes líneas de la agenda pública, cientos de ciudadanas, reunidas en la Asociación entrerriana de mujeres campesinas, desperdigadas en rincones perdidos del territorio provincial, pugnan por ser reconocidas al tiempo que demuestran, en los hechos, de manera palpable, que es posible producir alimentos respetando los tiempos de la tierra. Mientras, se organizan, capacitan, aprenden a defender sus derechos, a producir mejor, a comercializar y a resistir el ninguneo.
Mirador Entre Ríos
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“Me incorporé hacia el 2000 a Mujeres Campesinas; a través del Programa Social Agropecuario la conocí a Mary Chapino; involucrándonos en tareas de apoyo a los productores rurales fuimos creciendo en número y fortaleciéndonos desde el punto de vista humano, como grupo”, dice Susana Jaime, de María Grande II, tesorera de la Asociación. Recibe a Mirador Entre Ríos en un amplio espacio que pertenece al Colegio Cristo Redentor, al que se accede desde Avenida Ramírez, luego de recorrer a lo ancho un jardín bien cuidado, delimitado por una verja. “Para mí fue muy importante todo este proceso porque yo era una persona que no hablaba, no me salían palabras; era muy quedada, creía que no podía; y, de a poco, me he ido soltando, siento que se me valora como persona y como mujer”, explicó Jaime, con sus maneras sencillas y directas. Habla, sin saberlo del todo, en nombre de las Ramona, Asunción, Inés, María y otras tantas anónimas que sostienen familias en el área rural. “Participar de la Asociación ha sido fundamental porque además me ayudó a transmitirle eso a mis hijas: que valemos lo mismo, no importa si somos varones o mujeres, que tenemos las mismas capacidades y estamos en igualdad de condiciones, porque esa es la forma para saber defenderse”, indicó.
–¿Quién era Susana Jaime por el 2000?
–Era muy joven, vivía en el campo y tenía mis gurises chicos. Mi mundo era ese hasta que apareció una camioneta del PSA. Ellos recorrían todo, no importa lo perdido en el monte que estaba la casa. Ni los políticos llegaban, pero ellos sí. Y así, nos invitaron a las capacitaciones.
–¿Y de qué eran las capacitaciones?
–De todo un poco nos enseñaban: desde cocina, tejido, hilado, costura, manualidades y conserva hasta manejar el monte para producir sin dañarlo. Además, ha habido cursos de salud bucal, autoestima, violencia, derechos, salud sexual y reproductiva, prevención de cáncer de útero y mama. Y también aprendimos a conocernos entre los vecinos, porque cada uno estaba aislado del otro. Y, de a poco, fuimos perdiendo los temores y el individualismo sobre todo. Aprendimos que las condiciones de vida pueden mejorar.
Ver más lejos
–¿Recordás un ejemplo de esas cosas que ayudaron a que estén mejor?
–Hay varias. Los gallineros nuestros, por ejemplo, eran los árboles. Y, la verdad, se juntaba poco y nada de huevos. Apenas armamos los corrales, la producción aumentó. ¿Y por qué no se nos había ocurrido antes? Porque a veces hacemos sin pensar lo que aprendimos de los mayores. Hasta que alguien te ayuda a ver más lejos.
Nos sirvió un montón y nos sigue sirviendo con Agricultura Familiar. Es un grupo humano que se adapta a las condiciones y nos hacen sentir como que fuéramos de la familia. Eso hace que siempre los estemos esperando, porque las visitas te dan un empuje, nos incitan a seguir, a mejorar.
En la Asociación pasó lo mismo: aprendimos a defendernos, a convencernos de que podemos hacer trámites, por ejemplo. De hecho, conocí Paraná así. Recuerdo que llegaba a la Terminal las primeras veces y me agarraba un temblorcito.
–Capaz que esos mandados parecían hechos para los varones…
–Sí, sin dudas. Los trámites en Paraná es una de esas cosas que en general hacen los hombres. O las compras en el pueblo. Pero nosotras trabajamos a la par en el campo. Y además llevamos adelante la casa: la comida, la limpieza, el cuidado de los chicos. Así que mientras el hombre llega y busca descansar un rato, porque se lo merece, nosotras tenemos que seguir con las otras cosas, pese a que hemos estado trabajando también. Y muchas veces todo ese esfuerzo y esa capacidad de la mujer no son valoradas del otro lado; es como si siempre fuera poco lo que una hace. Criar animales y amamantar a los más chicos, hacer la huerta, carnear, cortar las ramas de los árboles para que entre el sol que se necesita, limpiar los corrales, hacer pollos, son cosas que siempre hicimos y que de a poco, gracias a los que nos enseñan a pensar mejor, nos empuja a exigir que ese trabajo sea valorado.
Ahora me doy cuenta de todo eso: antes lo hacía y tenía naturalizado que era así y punto. Me la bancaba, por cuestiones culturales, no sé. Era así y punto. Y, en general, a la plata la maneja el varón y nos acostumbramos a andar sin plata o a tener que mendigar, prácticamente.
–Hay una sobrecarga de roles…
–Y no se nos valora. Siempre nos enseñan sobre la triple tarea de la mujer: las domésticas, es decir, todo lo que hace que una casa funcione como tal; las de cuidado de los hijos, que es alimentarlos, llevarlos a la escuela, preocuparse por la salud; y también el trabajo. Pero muchas veces las mujeres nos olvidamos de nosotras mismas por ocuparnos de los demás. Y ahí empiezan los problemas, que pueden terminar en enfermedad y peor todavía. Nos dejamos estar, no vamos al médico y nos empiezan a pasar un montón de cosas.
Parece mentira, pero la autonomía económica nos da mayor libertad: tener un mango en el bolsillo es fundamental porque nos devuelve al centro de las preocupaciones. No hay que estar pidiendo permiso para ver si nos podemos ocupar de nosotras mismas. Y hay que entender que, si la mujer está bien, toda la familia está mejor.
En racimo
–Lo has dicho al pasar pero, ¿qué papel desarrolló la asociación como espacio de interacción con otras mujeres, en toda esta toma de conciencia?
–Ha servido mucho, ha sido positivo. Nos hizo que nos encontremos: ¡qué le parece! Y una vez que estamos juntas, que perdemos ese temor a acercarnos a los otros, nos damos cuenta de que tenemos tantas cosas para conversar y para ayudarnos, aconsejarnos y reírnos, porque la pasamos bien con poco, compartiendo una torta y mates.
–¿Tus hijos, pudieron quedarse en el campo?
–Lamentablemente no. Es que no se dan las condiciones…
–¿Qué condiciones debieran darse?
–Apoyo para que los jóvenes emprendan algo, no sé. Todos emigran. Al menos hay que tratar de que los que están, sigan. Por mucho tiempo ese proceso de migración se había parado, pero ahora que Agricultura Familiar prácticamente no funciona, lo más probable es que todo se complique.
Nosotros hemos aprendido a querer la tierra y a valorar al monte. Pero los grandes inversores lo primero que hacen es comprar para desmontar. Y ese es otro problema que aparece. Así que es necesario que el campesino se siga quedando en el campo no sólo para sostener la identidad del productor chico sino también para preservar el hábitat agreste y evitar el desmonte.
Si se sale a recorrer, van a encontrar que, en mi zona, por ejemplo, hay monte sólo en aquellas tierras que trabajan los colonos. Así, de a poco, nos rodea la tala que necesita la soja y los agroquímicos, que a la tarde a veces ni siquiera nos dejan respirar.
Todo ese veneno corre; es mentira que no deja residuos, llega hasta los arroyos, mata los peces y enferma a los animales.
Realidades distantes
–A veces, desde la ruta ni se sospecha qué es vivir en el campo, alejado de todo…
–Es bueno tener en cuenta que además del paisaje, allí vive gente, que se puede enfermar, tener un dolor de muelas o parir en medio de la nada, porque muchas veces es imposible llegar a tiempo a un centro de salud.
También ha pasado que después de esperar si alguien nos levanta en la ruta, llegamos al pueblo y resulta que el médico ya se fue. O, ante una urgencia, de noche, que nadie nos atienda el teléfono. Así, si la cosa es grave, o nos morimos allí nomás o quedamos a la espera de que algún vecino con movilidad nos saque. ¿Y cuando llueve? Otro drama. No pedimos nada excepcional, pero es bueno tener en cuenta esto cuando se piensa en la función social de algunas profesiones o cuando alguien piensa desde el Estado que ciertos gastos podrían sacarse.
–¿Qué hacen con la producción que les queda, una vez que la subsistencia mínima está asegurada?
–Participamos de ferias francas. Yo me autoabastezco y vendo. Una vez al mes, voy a una que se hace en María Grande, en la Plaza del reloj. Por otro lado, mis hijas -que están estudiando- tienen grupos y les hacen pedidos al teléfono. Y cuando voy al pueblo, llevo los encargos.
–¿Qué te piden?
–Huevos, cosas de la huerta como acelga, lechuga, de todo. Pollo, criado naturalmente. Cordero, quesos, dulces. A todo eso lo aprendimos a administrar cuando llegó el PSA y Mujeres campesinas: antes también hacíamos y vendíamos también, pero no le dábamos el valor que realmente tenían. Eso nos enseñaron: a considerar el tiempo que le dedicábamos, a calcular lo que las cosas valen, que es una forma de valorarnos. Antes venía la gente del pueblo y prácticamente las regalábamos o aceptábamos lo que nos quisieran dar y muchas veces no alcanzábamos a cubrir ni los costos.
No es que sólo nos enseñaron a ponerle precio a las cosas; también aprendimos a producir sano, de acuerdo a las normas. Y rico. Al queso me los sacan de las manos.
Experiencias itinerantes
Con su simpleza a cuestas, con su naturalidad, Susana Jaime ha conocido varios puntos de la provincia y del país, dando charlas sobre sistematización del monte nativo, hilado de lana o agricultura familiar. Todo gracias a las Mujeres Campesinas. Parece que este tipo de encuentros son muy interesantes cuando los da un profesional universitario pero es mucho más convincente cuando un productor cuenta su propia experiencia. Se sonroja, Susana, cuando recuerda. “Fuimos con Rufina, de Bovril, cerca de La Paz; al final la gente quedó conforme, nos aplaudían de pie y nosotras no sabíamos qué hacer”, aportó. Se suma Mary Chapino. “Es cierto, la conocen en varias provincias a Susana; en ese congreso que se hizo en Córdoba, del que acaba de hablar, les fue muy bien; su ejemplo de vida produce admiración, además de que se expresa de una manera tan clara y vivencial”, aporta, al agregar que también “en un congreso de pastizales naturales, en el Mayorazgo, el panel de productores del que ellas formaron parte fue uno de los más concurridos”.
“¿Para qué te sirve viajar?”, le pregunta Chapino, líder nata, reemplazando con firme amabilidad al entrevistador, por un momento. “Para conocer gente, intercambiar conocimientos, ver otras realidades, salir de mi mundo y enriquecerme con los demás”, contestó Susana.
Mucho, con muy poco
A instancias de la asociación, el Ministerio de Desarrollo Social aprobó un programa por el cual se provee a los interesados de pollos parrilleros y gallinas ponedoras, en dos tandas de 30, con sus respectivos lotes de alimento y de fármacos y hasta con sus gallineritos. Luego de una capacitación, empieza la producción.
Los ciclos están organizados de tal manera que con la primera venta deben adquirir los pollos de la tercera tanda. Así, hasta conformar una cadena productiva.
“Eso es algo bueno”, caracteriza Susana Jaime. También valora los cursos que se realizan para mejorar los quesos, los dulces, los escabeches que, como se sabe, deben cumplir con ciertos protocolos sanitarios, tal como enseña el Instituto de Control de Alimentación y Bromatología.
La inmensa mayoría de esas experiencias familiares ha sido exitosa: se produce alimentos y, además, la posibilidad de un ingreso. “Estas pequeñas intervenciones hacen levantar la autoestima y fortalecen la mística, fundamental para hacer frente a una vida tan dura”, reflexiona Chapino.
La asociación, aliado con otro proyecto de Desarrollo Social (“Poder popular”), ha organizado también talleres de costura que son útiles para todos, pero que son importantísimos para aquellas mujeres que tienen poca tierra para vivir de la producción agropecuaria. Hay ocho en funcionamiento, en distintos puntos de la provincia.
La tercera línea de trabajo compartida con la Provincia se llama “Mejor es hacer”: ayuda a conformar espacios para la práctica de deportes, al proveer pelotas, pecheras, arcos y redes para armar una cancha de futbol o vóley.
En paralelo, han empezado a instalar paneles solares que sirven para alumbrarse de noche porque, aunque parezca mentira, hay quienes iluminan los ambientes con faroles a querosén, linternas o candiles.
“Lo más lindo de todo esto es cuando vas llegando a las reuniones y escuchás cómo cuchichean y se ríen mientras matean: es hermosa la energía que se desprende cuando las mujeres están bien”, concluye Chapino.
Habilitar la palabra
Docente rural, Mary Chapino es una mujer valiente, de ideas claras. Es exponente de una clase de dirigentes que no desecha los diagnósticos pero que, inmediatamente de producidos, empuja amablemente a convertir la demanda en práctica concreta, en organización. Habla de “las bases” y se le ilumina la mirada; cree que a las transformaciones en serio hay que sembrarlas allí.
Atravesada por el trípode metodológico del “ver-juzgar-actuar”, Chapino tampoco entiende que las cosas se resuelvan con el gesto mínimo del abrazo que consuela: no desprecia ni minimiza la actitud de quien acompaña, pero está convencida de que si hay una ética en esa táctica debe derivar en un compromiso efectivo para que, sencillamente, se cambie lo que está mal o es injusto.
“No se puede hacer nada solo, se construye siempre en grupo”, repite. Y testimonia lo que piensa con lo que hace: para la entrevista que se le propuso a título personal, contraofertó que lo mejor era charlar con una mujer campesina. Y organizó el encuentro. “Nosotros acompañamos, nomás, después de todo”, sostuvo. Durante el intercambio de preguntas y respuestas, en una dependencia del Colegio Cristo Redentor, se ubicó generosamente en el lugar del que habilita la palabra del otro. Y, desde esa opción, a sus 77 años, parecía satisfecha de escuchar cómo se expresaba Susana Jaime.





















