jueves, mayo 7 2026

Una historia de sacrificio

Con tan sólo ocho años y partiendo desde la Isla Caridad, emprendió viaje con su familia en una canoa. Una odisea que duró dos meses y que estuvo cargada de dificultades, pero también de ilusiones y esperanzas. Tras su llegada a Puerto Sánchez, inspiró a Linares Cardozo para la creación de “Canción de Cuna Costera”. En diálogo con Mirador Entre Ríos, la mujer de 89 años relató cómo fue aquel viaje, su relación con el reconocido compositor y poeta entrerriano y la historia detrás del popular tema que recorrió el mundo.

José Prinsich
redaccion-er@miradorprovincial.com

Son las seis menos cinco de la tarde y doña Dominga Ayala de Almada aguarda en el frente de su casa la llegada de Mirador Entre Ríos para ser entrevistada. La serenidad del barrio Guadalupe de la ciudad de Crespo le da un matiz especial a la charla, que sin lugar a dudas tendrá mucha tela para cortar. Con toda la predisposición del mundo y una vitalidad envidiable, nos invita a pasar a su hogar.

Antes de tomar asiento para comenzar la labor periodística, la señora de 89 años nos hace breve recorrido por la sala de estar y la cocina. No hacían falta palabras de presentación para corroborar que la vida de esta mujer estuvo teñida fuertemente por las aguas de los ríos, tanto del Paraná como del Uruguay. Las paredes hablaban por sí solas: reconocimientos y distinciones resaltando su devenir virtuoso y entusiasta, a la vez que sacrificado y agitado; fotografías encuadradas con grandes exponentes de la cultura de Entre Ríos como Jorge Méndez, Víctor Velázquez, Roberto Romani, Rubén Cuestas y Polo Martínez; además de una gran pintura de unos pescadores a orillas del río, una pequeña síntesis de su vida familiar.

Los relatos de Dominga no escatiman en lujos y detalles, al contrario, cada palabra que sale de su boca es un bálsamo para la imaginación y nos trasladan rápidamente en el tiempo. Su lucidez, memoria y desenvolvimiento para contar diversas anécdotas sorprenden a quienes la escuchen. Su emotiva historia desembarcó en escuelas y museos, en ateneos, plazas y teatros. La madre costera de los entrerrianos se transformó una referencia ineludible dentro la idiosincrasia de los panzas verdes.

La odisea del desarraigo

Heráclito de Éfeso decía que “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río” y no se equivocó el filósofo griego al pronunciar tal frase. Desde que Dominga partió de su Colón natal, con tan sólo ocho años y en una travesía que quedará grabada para siempre, hasta su llegada a Puerto Sánchez, una serie de cambios y transformaciones tuvieron lugar en aquella joven nacida el 8 de octubre de 1932.

La aventura comenzó en la Isla Caridad, ubicada frente a Paysandú y a dos leguas de la ciudad de las artesanías. La idea de arribar hasta las costas del río Paraná era alentadora, especialmente con la mente enfocada en buscar un mejor porvenir. Pero el viaje no fue tan placentero como esperaban. Durante dos meses y siete días, Francisco Celestino Ayala y Faustina Valdéz junto a sus ocho hijos tuvieron que sortear varias dificultades para llegar a la capital entrerriana. Aquella gran canoa estaba cargada no sólo de alimentos y elementos para la sobrevivencia sino también de muchas ilusiones para una nueva vida.

“Fue un viaje que tuvo de todo, con una tormenta muy grande antes de llegar a Concepción del Uruguay. Ese era el comienzo de un desafío. Seguimos y nos guardamos tras un sarandizal, que hacía de ropero para romper el oleaje y que no nos castigue tanto. Después continuamos y llegamos a la costa de Gualeguaychú. El río es muy extenso en esa zona y había lugares anegados, de mucha vegetación acuática. Hasta leña teníamos que juntar para llevar”, relató con mucha emoción y un sentido recuerdo.

A su vez, agregó que “cuando no encontrábamos tierra para acampar, nos introducíamos entre los juncales y fondeábamos ahí. Esas noches, aunque estábamos familiarizados con el río, no dormíamos. La canoa era precaria y la había hecho mi padre. La vela era incómoda por la sobrecarga, así que más que nada andábamos a remo”.

-¿Cuándo llegaron a Puerto Sánchez?

-Por lo general buscábamos costas de islas para guarecernos de la tormenta. La costa de Victoria presentaba barrancas muy altas y era todo un riesgo con los deslizamientos. Así que nos cruzamos a la costa santafesina. Al cumplirse dos meses y siete días divisamos el Parque Urquiza. A Paraná llegamos en 1940. Nosotros llevábamos una recomendación que había expedido Prefectura para exhibir en los puestos de control porque el Uruguay es río de frontera y controlaban quién pasaba. Fue una llegada llena de esperanza.

-¿Por qué eligieron este lugar?

-Nosotros queríamos ir a Paraná porque mi padre ya conocía y decía que había lugares lindos para vivir y pescar. Nos indicaron que, aguas arriba, a unos poquitos metros del puerto había un rinconcito de pescadores denominado Puerto Sánchez. Llegamos y plantamos la carpa. Después de unos años mi padre decidió irse. Yo quedé con una familia de hacheros amigos, a los que les cuidaba los niños. Él se fue aguas abajo. Vino a visitarme una vez en un barco de pasaje.

-¿Cómo siguió la vida luego?

-A los 18 años conocí al que fue mi mirado por 35 años, se llamaba Martín Domingo Almada y era de Colonia Nueva. Pescador, baqueano de río, conocía casi todos los secretos del río. Sabía mucho porque había navegado. Era 12 años mayor que yo. Con él, tuve tres hijos biológicos. A los 19, llegó el primer hijo. Nos fuimos complementando como almas gemelas, cada uno aportando lo suyo y siempre tirando para adelante. Yo no había ido a la escuela, recién fui cuando tuve 60 años. Tengo certificado de finalización de la escuela primaria en el año 1991 con un programa de alfabetización para adultos mayores.

-¿Le gustaba pescar?

-Si y siempre andaba con mi marido a todos lados. Arribábamos la puerta del rancho, porque antes nadie te tocaba nada, y salíamos a pescar. Redes tuvimos después que nos fuimos acomodando. Primero se pescaba con alambre, con la chuza y con la piola de algodón.

De Paraná al mundo

Hay algunas canciones que conquistan nuestros corazones y ahí se quedan para siempre, sea en el género que sea. Canciones que contienen las claves genéticas de nuestra cultura y que, tarde o temprano, se vuelven parte del cancionero popular.

La “Canción de cuna costera” de Rubén Manuel Martínez Solís, conocido como Linares Cardozo, superó todas las fronteras y no sólo se adueñó de las gargantas argentinas, sino que también llegó a traducirse en 14 idiomas, lo que significó una gira por diversos rincones del mundo y la posibilidad que lo interpreten numerosos referentes de la música.

-¿Cuándo lo conoció a Linares Cardozo?

-Lo conocí en la década del ’50. Yo tenía 22 años y él 34. Él pasaba siempre por la costa, a veces sólo y otras con Polo Martínez, otro costero queridísimo por nosotros y que iba a casa los domingos a almorzar, se bañaba y remaba. A Polo le cuidaba una canoa que se llamaba “Silbando bajito”. Era muy amigo de Linares.

-¿Y la canción cómo nace?

-Un día iba sólo. Yo estaba amamantando a mi hijo Martín y él se arrimó, me preguntó si tenía descendencia correntina. Yo le dije que si porque, casualmente, mi padre también era de esa provincia. “Mi madre (la de Linares) también nació ahí”, me dijo. Y agregó: “Le encuentro rasgos parecido a mi madre”. Cuando le conté lo del viaje quedó atrapado. Charlamos mucho y me dijo que quería hacer el boceto de una madre criolla con mi imagen. Le comenté que cuando viniera mi marido le iba a pedir permiso. Ese fue el primer encuentro. Después vinieron muchos más.

-¿Qué nos puede contar de Martín?

-El gurisito costero salió muy buen pescador. Se recibió en la escuela de cabotaje, rindió como marino mercante. Eso fue en el año 72. Ahora tiene 67 años y vive en Crespo.

-¿Qué recuerdos de esa pintura que le hizo?

-Él andaba con un cajoncito con pinceles y sus caballetes. Tenía una facilidad para hacer los trazos en sus telas con sus tintas. En la costa, había biznaga y él cortaba un gajito, le mordía la puntita y con eso pintaba. El boceto le llevó poco tiempo, pero la canción tardó seis meses en hacerla. Al título de la canción ya lo tenía, pero andaba buscando la madre costera. Él se fijaba en cada gesto, en el dulzor de una canción, en la caricia de una mirada, una palabra. Todo eso se lo guardaba.

-¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

-A Don Linares lo vi por última vez en el Concejo Deliberante de Paraná, a principios de los ’90. Fui invitada por el intendente Mario Moine. En aquel momento, Linares escribía en Concepción del Uruguay el libro “Jubilo de Esperanza”. Él me regaló el libro con una pequeña dedicatoria. Anteriormente había estado en Colón en la Plaza Martín Fierro, donde le hicieron un homenaje. Me había invitado por intermedio de la Municipalidad y llegó acompañado de su cardiólogo, Augusto Ramos. Nosotros estábamos pasando por un mal momento porque nos querían desalojar de Puerto Sánchez. Siempre nos quisieron desalojar porque era un lugar lindo y lo querían para otra cosa.

-¿Cómo era el maestro?

-Era grande. Rubén Cuestas dice que calzaba 45 y mandaban a Buenos Aires a hacer el calzado. Era una persona muy respetuosa. Había estudiado filosofía, fue maestro en la escuela de artes visuales. A mí me decía Doña Dominga, pero por lo general yo era la mujer de Domingo Almada, seguramente por respeto. Era muy prudente, humilde, esperanzado. Estuve muchas veces en su casa.

-En lo personal, ¿Qué significó la canción?

-Conocerlo a Linares fue uno de los regalos más lindos que me dio la vida. Daba gusto conversar con él. Tenía la virtud de conectarse con el alma de uno. Era maravilloso, un hombre de una sensibilidad exquisita. Ahí yo supe del apretón de mano firme y fuerte, la mirada dulce y limpia del amigo. Yo lo quise muchísimo.

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