lunes, mayo 11 2026

La leyenda de Lázaro Blanco

En septiembre se cumplieron 135 años del fallecimiento de un chasqui oriundo de Feliciano, que se convirtió en leyenda y a quien atribuyen milagros y ayudas con el clima.

Conrado Berón 
redaccion-er@miradorprovincial.com

San José de Feliciano es una ciudad muy tranquila del norte de Entre Ríos. Esa calma típica se rompe en dos ocasiones durante el año. Cuando se organiza la Fiesta Nacional del Ternero, que supo contar con artistas renombrados a nivel nacional; y cuando se celebra un nuevo aniversario de la muerte de Lázaro Blanco, un “cartero” que falleció trágicamente durante una tormenta y que luego se convirtió en referencia de fe, para todo el pueblo.

Llegar a Feliciano es empaparse de esta historia y de sus ribetes místicos. Algunos lo llegan a comparar con el fenómeno del Gauchito Gil en Mercedes (Corrientes).

Muchas regiones del país tienen su santo pagano. Son figuras legendarias que, si bien no son avaladas por la Iglesia, están muy cerca del convencimiento de la gente, y a quienes adjudican algún que otro milagro. Figuras de yeso, tatuajes, pinturas y ofrendas, son comunes en los devotos de estos personajes que con el correr de los años se mantienen cerca, muy cerca de las creencias populares.

En MIRADOR ENTRE RÍOS, a 135 años del nacimiento de esta leyenda rural te contamos la rica historia de Lázaro Blanco.

El 7 de septiembre de 1886, Lázaro debe ir hasta la ciudad de La Paz y traer el dinero para los sueldos de los policías. Tres días después, es encontrado sin vida por el comisario Demetrio Verón. Por esto, a principio del mes de septiembre se recuerda al Chasqui Milagrero.

Se le atribuyen ciertos milagros, conectados con el clima de la zona y también con cuestiones de salud y trabajo. Lázaro Blanco, apodado “Chalo”, fue un chasqui (correo a caballo), que vivió hacia fines del siglo XIX en San José de Feliciano.

Hacia 1886, Lázaro Blanco tenía 22 años y convivía con Isabel López, con quien tuvo cuatro hijos, pero no pudo darles su apellido ya que para esa época Feliciano no tenía una Parroquia (que oficiaba de Registro Civil) por lo reducido de su población.

Lázaro se dedicaba a las tareas rurales, y era buen conocedor de la selva de Montiel, que caracteriza este paraje. En base a encargos anteriores, basados en su destreza a caballo y su rapidez, se gana la confianza para desempeñar tareas de chasqui de relativa importancia. El 7 de septiembre de 1886, el jefe de la policía de Feliciano, de apellido Hereñú, le encomienda a Lázaro una tarea importante: ir hasta la ciudad de La Paz, distante unos 90 km de Feliciano, y traer el dinero para los sueldos de los policías a su cargo.

Adicionalmente a los problemas habituales de los caminos, el tiempo amenaza tormenta y nadie se anima a salir, sólo Lázaro reúne el coraje suficiente para emprender la tarea. Descarta usar su tordillo como flete y elije un caballo de pelaje gateado, en la creencia que el pelaje blanco atrae a los rayos, al igual que la tintura roja para el cabello.

Tras un breve desayuno en la casa del Alcalde, parte a La Paz a cumplir el encargo. El temporal se descarga tras recorrer los primeros 15 kilómetros. Se detiene y se resguarda del aguacero bajo un gran algarrobo que se encuentra sobre el camino. En ese momento, un rayo de gran potencia cae sobre el árbol, fulminando a Lázaro y al caballo instantáneamente. Fue encontrado tres días después por el comisario Demetrio Verón, quien dispuso trasladar los restos a Feliciano, y fue sepultado en el viejo cementerio del pueblo.

Nace la leyenda

Años después de este hecho, y ya casi olvidado Lázaro Blanco, una gran sequía asola la región norte de Entre Ríos. Un productor rural de la zona, llamado Ciríaco Benítez, ve con preocupación cómo pierde toda su cosecha y su hacienda por la seca.

Durante una siesta bajo un gran árbol, Benítez tiene un sueño: sueña que un joven a quien él no conoce se le presenta, le dice que confíe en él y que su cosecha será salvada; y le indica un lugar donde debe visitarlo. Benítez va al lugar indicado en su sueño y descubre allí una cruz de madera recordando la muerte de Lázaro Blanco en ese lugar. Al día siguiente cae una fuerte lluvia que salva la cosecha y los animales. La noticia corre rápidamente por el pueblo y se multiplican los pedidos de ayuda que, según los peticionantes, son atendidos prestamente.

A los pocos meses, trasladan los restos de Lázaro Blanco al nuevo cementerio, y al abrir la tumba descubren que el esqueleto de Lázaro estaba perfectamente conservado, si bien el entierro se realizó sin féretro. Esto alimenta la fama del Lázaro Blanco, que trasciende las fronteras del pueblo y se desperdiga por todo el norte de Entre Ríos y Sur de Corrientes. Queda así instaurada la devoción a “Lázaro Blanco, santo milagrero” como predican los lugareños. Hacia comienzos del siglo XX, se construye un pequeño templete en el lugar donde estaba la cruz de madera, sobre el viejo camino de tierra a La Paz. Allí, la gente deja placas de agradecimiento por los favores recibidos, y se amontona una colección de objetos y ofrendas, desde vestidos de novia a zapatos y camisetas de fútbol, velas, flores, cuchillos y sombreros.

Devotos en aumento

Al igual que el Gauchito Gil o San La Muerte, Lázaro Blanco no tiene un reconocimiento oficial de la Iglesia católica y sus milagros no han sido reconocidos por ésta. Sin embargo, la cantidad de devotos aumenta anualmente, y testimonio de esto es la gran cantidad de ofrendas que se ven tanto en su tumba como en el templete. Es frecuente la celebración de misas el 7 de septiembre para conmemorar el aniversario del fallecimiento de Lázaro Blanco, en el templete al costado de la ruta, con gran afluencia de personas.

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