jueves, junio 11 2026

Recuerdos

“En el cielo las estrellas, en el campo las espinas, y en el medio de mi pecho… ¡la República Argentina!”. Esta cuarteta que ha recorrido cada acto escolar de nuestra infancia, tuvo su debut ante los oídos del mundo en La Paz. En MIRADOR ENTRE RÍOS te contamos parte de su llamativa historia.

Conrado Berón 
redaccion-er@miradorprovincial.com

En 1893, José Piñeiro era un niño que iba a la escuela en San Xurxo de Sacos, una aldea del municipio de Cotobade, en Pontevedra (España). Era muy inteligente, pero tenía problemas en el colegio, donde los curas le imponían una disciplina que a él le parecía insoportable. Para colmo, su mamá hacía causa común con los sacerdotes y amenazaba con dejarlo internado como pupilo.

Esto hizo que el adolescente decidiera irse de su casa. Y de la escuela. Y de Galicia. Pero no a otro lugar de España, sino a la Argentina, para buscar a su papá, que era ingeniero y llevaba un año viviendo y trabajando en Buenos Aires, donde dirigía construcciones civiles.

Una noche se escapó, sin llevar mucho más que la ropa que tenía puesta. Llegó al puerto de Vigo y esperó en el muelle. Cuando vio la oportunidad, aprovechó y se metió en un barco que estaba a punto de zarpar para el Río de la Plata. Y así, de polizón, cruzó el Atlántico.

Cuando llegó, no pudo encontrar a su papá. Alguien empezó a contarle que don Gustavo Piñeiro se había ido a Montevideo, a supervisar una obra. José preguntó cómo se hacía para viajar a ese lugar, pero le dijeron que no fuese: “Tu papá murió hace unos días, tuvo un altercado con un albañil y lo mataron de un puntazo, nadie sabe bien qué pasó”.

Solo, sin familia en Buenos Aires, golpeado por la noticia de la trágica muerte de su padre, el joven comenzó su vida de inmigrante en la Argentina. Primero trabajó en un almacén. Y allí fue lo que entonces se denominaba “el mozo”, muy distinto de quien actualmente se encarga de servir las mesas. El mozo era una mezcla de peón de limpieza, mandadero, lavacopas, repartidor y todo lo que hubiese que hacer. Y dormía sobre el mostrador del almacén.

Descendientes

Rubén y Jorge Piñeiro, sus nietos argentinos, cuentan con admiración el tesón de su abuelo: “Gastaba la mayor parte de lo que ganaba en comprar papel, tinta y plumas para mejorar su caligrafía. Y además desarrolló una gran habilidad para el dibujo técnico. Y ya entonces leía incansablemente”.

“Era un campeón, el tipo no se detenía ante nada. Le metía, le metía, le metía”, dice Rubén, su nieto, que es consultor en comunicaciones.

A ese mundo, el de las comunicaciones, llegó José Piñeiro en 1910, cuando tenía 31 años. Fue cuando entró a trabajar en un periódico quincenal de la colectividad gallega. Se llamaba “El despertar gallego” y era fuertemente anticlerical y opositor a la corona española. Jorge, otro nieto, relata un singular episodio que sucedió en la redacción: “Era el año de los grandes festejos del Centenario. Y entre las grandes personalidades del extranjero, vino a la Argentina la infanta Isabel de Borbón, tía del rey Alfonso XII. El periódico era bastante famoso en la comunidad gallega y en el mundillo intelectual y político español en Buenos Aires. Por eso no llamó la atención que —pese tener una línea editorial contraria al Rey— entre las actividades oficiales de la infanta se incluyese una visita a la redacción de ‘El despertar gallego’. Mi abuelo tenía allí un socio, que era José Carballas Rey. ¡Eran muy pobres! Sólo tenían un par de zapatos, que los usaba José Rey para distribuir el periódico en la calle. De modo que mi abuelo estaba descalzo y así se mantuvo toda la visita, detrás de un escritorio…”.

Muy pronto, José se incorporó a las grandes revistas de la época. Escribió en Caras y Caretas, publicó en Fray Mocho, colaboró en PBT. Pero su obra cumbre la había escrito casi diez años antes. Aunque nadie lo sabía.

Visita a La Paz

Cuando ya hacía ocho años que el galleguito polizón estaba en Buenos Aires, fue a visitar a su prima, Generosa Piñeiro, que vivía en la localidad de La Paz, en la provincia de Entre Ríos. Era 1901 y José Piñeiro tenía 22 años. Generosa estaba casada con un italiano de apellido Dopazo, propietario de un almacén, y tenían una hija que se llamaba Carmencita, que acababa de cumplir 4 años.

Era una nena muy despierta y si bien todavía no iba al colegio, era la mascota de la Escuela N° 1 José de San Martín. Justamente por eso, las maestras —que estaban preparando el festejo del 25 de Mayo— le habían pedido a Generosa que Carmencita participase de la fiesta y dijera algún verso. Nada mejor que rescatar de los archivos cómo contó el episodio el propio José: “Por entonces yo intentaba ser poeta y amaba los clásicos, sobre todo a Lope de Vega… También sentía mucho cariño por la poesía de Gustavo Adolfo Becquer. Y mi prima me pidió que le escribiese un versito a la nena, para que lo dijese en la fiesta de la escuela, que era al día siguiente… Tenía que ser algo fácil, porque Carmencita apenas balbuceaba… Y entonces se me ocurrió: ‘En el cielo las estrellas, en el campo las espinas, y en el medio de mi pecho, ¡la República Argentina!’… Tras repetirlo muchas veces, la nena lo aprendió de memoria”.

Según los relatos familiares, que han atravesado ya tres generaciones, José improvisó la cuarteta en unos pocos minutos y sin hacerle ninguna corrección.

El día siguiente amaneció frío y con neblinas. Muy temprano y abrigados, la nena, sus padres y el tío salieron para la escuela. A las 8 en punto comenzó la ceremonia, con el izamiento de la Bandera y la ejecución del Himno. Hubo un par de discursos y llegó el turno de Carmencita. Con la gracia propia de su corta edad, dijo la cuarteta de corrido. Y su ingenuo énfasis patriótico recibió el premio de un prolongado aplauso. Muchos años después, aquella nena convertida en la docente Carmen Dopazo de Giménez sería maestra y directora de esa misma escuela en la que recitó la famosa poesía.

Emoción

Transcurría la década del 50. José Piñeiro estaba esperando el tren en la estación de Capilla del Señor. A su lado, en el andén, dos chicos estaban jugando. Más allá, sentados en un banco, los padres.

De repente, uno de los chicos le dice al otro: En el cielo las estrellas, en el campo las espinas. ¡Y en el medio de mi pecho, la República Argentina!

Desde aquel frío 25 de Mayo de 1901 en la entrerriana ciudad de La Paz, José había escrito muchísimos otros versos y aquellos se le habían borrado de la memoria. Por eso, en ese momento sintió una emoción tremenda. ¿Cómo podía ser que medio siglo después un chico repitiera aquella estrofa? Estrofa que aun hoy recorre los pasillos de miles de escuelas y que reflejan una sola cosa, el sentido de pertenencia hacia nuestro país.

Fuentes: Infobae — Museo de La Paz

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