Salas sin público
Sobre no poder hacer teatro en pandemia.
Leonel Giacometto
redaccion@miradorprovincial.com
"Un teatro vacío es un teatro en peligro", rezaba la consigna que en 2020 puso a la luz pública la Asociación de Teatros Independientes de Rosario (Atir). Hoy, el vacío, no sólo se expandió, sino que es el signo que se hizo material, sólido como un ladrillo, en una de las artes humanas más antiguas, y, redundante e inconfundiblemente, más humana en cuanto a su concepción y concreción: el teatro.
Encerrando, enmascarando, dando luz, sobra y opacidad, el teatro incluye a otros teatros, espectáculos y formas de hacer, en lo vivo, arte. Música, sonido, ruidos, actuación, minimalista, musical o hermético, nadie, hoy por hoy, puede hacer ni ver ni escuchar y ni sentir el teatro.
Expuesto desde la virtualidad de la red, el teatro no es teatro (será otra cosa, quién lo sabe, "el tiempo dirá", decían los rusos en el siglo 20); pero guste o no esto que sucede dentro del marco de las medidas nacionales, provinciales, y municipales para frenar el aumento de casos de contagios (y de ahí la menor cantidad posible de pacientes, que serán o no serán cadáveres que aún contagian) del virus que causa la enfermedad Covid-19, el teatro, como la educación, formal o informal, no sólo es un problema hoy mismo; ahora, ya, en la segunda ola de contagios masivos del virus que causa la enfermedad Covid-19 en la Argentina (y el mundo entero), sino que lo será, tanto positiva como negativamente como una laguna mental donde el limbo amenazó lo que hoy amenaza, y formó lo que aún no se forma cuando esto pase. Porque va a pasar, haya quedado como haya quedado todo, y todos, y todas, y todes aun en la disidencia; y la cultura. Y, en lo que aquí respecta, el teatro con humanos. El género teatral "absurdo" surgió luego, y entre los escombros mentales y materiales de la dos guerras mundiales en el siglo 20. ¿Qué se procesará en forma de puesta y actuación de lo fingido verdadero las nuevas formas de ser y estar en un planeta que, definitivamente, nos tiene como huéspedes potencialmente mortales, suicidas, locos, víctimas y victimarios de nosotros mismos y de todo lo que nos rodea.
Los hacedores del no teatro actual
Ya sea por miedo, desinformación, necesidad, economía en baja, o lo que fuera, el foco acá, hoy, apela más al que hace teatro que al que mira: los hacedores teatrales que dieron vida al nuevo año teatral rosarino, que, ya sea por necesidad, empeño, capricho, urgencia, curiosidad, o por eso mismo que nos hace seguir haciendo lo que hacemos cuando no nos pasaba lo que nos está pasando.
El teatro que se hace, que se hizo y que se hacía siempre en los tres primeros meses de cada años, ese teatro que, en la vidriera, existiría al parecer porque se nutre de la potencia audiovisual, y a los coqueteos fingidos o verdaderos de, en su gran mayoría, actores cuya misión en la vida ya suma el renombre y la exposición donde la suerte o la desgracia los ubicara cuando suceden al mismo tiempo en vivo y en la tele. Ése teatro está pornográficamente estacionado en tres ciudades: CABA, Mar del Plata, y Villa Carlos Paz, allende otras ciudades que intentan darse cabida, darse la posibilidad de una temporada. Rosario siempre está queriendo. Con más o menos saña y derecho, tanto Rosario como todas las ciudades importantes de Argentina desean teatro. Pero acá hay un problema. Pasaron semanas y meses y la cosa, a todo nivel, se puso peor.
La discriminación al teatro
"A veces me cuesta respirar". Quizás esa podría ser una de las frases más dichas en lo que vendrá. Quizás no. Con abúlica incertidumbre o no, esto que está pasando aun ocurre. No darse al meno crédito a elucubrara con moralina nada aun con afán de encuadre, es preciso a hoy, a lo que no podemos hoy, y sí antes, y mañana sí, pero no. Vamos tirando. Vamos viendo. Pero necesitamos que nos vean, al menos cuando no podemos hacerlo.
Después de escuchar y ponerse en prácticas las medidas, horarios, y protocolos para estas semanas, lo que queda claro es que la forma teatral más extendida, la forma teatral que, aunque nadie forme empresa o producción privada grande de costos, es la misma cantidad de personas que la que hace "teatro comercial" de la que hace teatro desde donde lo hace cada hacedor; no desde donde puede, sino desde donde el destino, las ganas y deseos lo lleva. Pero esto no sería nada nuevo de debate sino le sumamos la peor de las certezas: no valemos como un negocio gastronómico, ni como una iglesia. Sea esto de por sí sin desmedro de las dos actividades mencionadas, es el sector cultural de todo el arco político (oficial y no) que no puede o no quiere ver, ya no importa qué hacemos, sino quiénes somos. No habrá siquiera payasos ni títeres para sus campañas populares de seguir así. Y es un año electoral este, además. Y no es el resentimiento ni la rabia lo que escribe esto: sino la confusión, la orfandad, y el desamparo.




















