Pequeñas huellas
La ciudad de Victoria es famosa por sus estéticas, por sus improntas artísticas que adornan cada edificio público o particular de décadas pasadas, e incluso siglos. Pero aquello que parecen meros ornamentos arquitectónicos, en realidad refieren a una época, a sus protagonistas y a sus vivencias.
Ignacio Etchart
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La historia se hace presente en todos lados. Si bien se puede estar más predispuestos a ella cuando se enfrentan manuales, enciclopedias o documentales, en realidad el pasado está mucho más presente de lo que parece. Tan presente que directamente constituye y alimenta toda experiencia que parece cotidiana, pero que en realidad a veces remonta a tiempos pasados, a nombres que casi ya no suenan, a situaciones que ya prácticamente no suceden.
Y es porque la historia se mantiene así, un poco camuflada, que depende de seres altruistas y comprometidos con ella, como lo son los administradores de la página de Facebook “Historias de Victoria”, portal digital que sistematiza y divulga historias de la ciudad y de la región, además de ser fuente de consulta de este escrito.
El escudo de victoria
La insignia mayor de la ciudad se conoce como tal, como homenaje a la matanza de los pobladores originarios de la zona, además de resaltar las Siete Colinas sobre las cuales la ciudad está asentada.
Sin embargo, anteriormente se habían bocetado tres diseños distintos, todos imaginados por las mentes de las artistas locales Edith Brassesco de Chiara y Esther Menchaca, incluyendo el símbolo actual. Y aunque inspiradas por el análisis de una conjunción de criterios estéticos e históricos de la zona, las dibujantes victorienses no fueron las primeras en dibujar el signo identitario de la ciudad.
Inicialmente, el primer escudo que se bocetó para representar a la ciudad fue obra del artista plástico Raúl Domínguez, presentado a la entonces intendencia de 1969. Pero las mentes administrativas de aquella gestión no consideraron la obra de Domínguez como una síntesis elocuente y real de la ciudad de Victoria, por lo que fue rechazado.
Sobre artistas
Pero este pequeño gesto iniciador dio como resultado la organización de un concurso que se desarrolló al año siguiente, en 1970. En aquella competencia tuvo un gran protagonismo la Escuela de Artes Visuales de la ciudad, mediante la cual presentaron los mencionados bocetos a la denominada “Comisión de Monumentos y Lugares Históricos”, jurado destinado para la selección de un emblema digno de la ciudad. Aquella Comisión estaba compuesta por los historiadores Carlos Anadón, María del Carmen Murature y el Prof. Julio Maggio.
Entre los múltiples escudos presentados ante el jurado se reflejaban mayoritariamente simbolismos vinculados a lo bélico, como la cruz, la lanza o el cerro de la Matanza (lugar donde conquistadores españoles masacraron la población originaria de la zona). También aparecieron aspectos relacionados a la actividad ictícola y la vida junto al Paraná, representados en el pez, el río, el remo o la canoa.
De todos estos posibles recursos iconográficos, finalmente se optó por un escudo sencillo, donde se valoró el respeto por la figura geométrica del escudo de armas de la Provincia de Entre Ríos, cuya división en dos segmentos principales muestra por un lado el destello de una estrella de plata de cinco puntas, una alegoría de paz y clemencia, y un campo de grana como símbolo federal.
En el espacio inferior del escudo victoriense se representó la cruz y el Cerro de la Matanza, signos predominantes del mito originario de la ciudad, que fueron perpetuados definitivamente en este emblema, un 28 de marzo de 1972.
Simbolismos de dos puertas
A pocos pasos del municipio, donde flamea el escudo victoriense impreso en una bandera, se presentan las enormes puertas de la Basílica de Aránzazu, cuyo diseño refiere a una Victoria del siglo XIX, rica en comercio como en arte y cultura.
Talladas por manos privilegiadas, en los portones de la Basílica se pueden observar variados signos y simbolismos encriptados en figuras geométricas, plasmadas en su superficie, como forma de bendición a quienes deseen ingresar allí. Anteriormente, la entrada al sacro templo católico estaba constituida por grandes portones de madera, elaboradas por la casa Aranguren, de Paraná, alrededor de la década de 1870. Las que actualmente se ubican en el pórtico de la iglesia formaron parte de un proyecto que data de 1949, cuyas ilustraciones fueron delineadas por Carlos Cavajani.
Otra vez, los artistas
En su obra, cuyo lienzo fue el metal duro de los portones, el artista grabó en el portón una icónica religiosa tradicional pero de un gran carácter innovador. En ella se inscribe en latín antiguo las frases “Esta es casa de Dios y puerta del cielo”, “Jerusalén Visión de paz” y “Nuevo testamento”.
Pero si la mirada continúa hacia abajo, el arte de Cavajani se vuelve mucho más sutil, mientras contornea los costados de las puertas con círculos pequeños que representan a los 72 discípulos bíblicos. Luego, en el centro encontramos otros círculos mayores situados en cada hoja, cinco a la derecha y cinco a la izquierda, los cuales representan los Diez Mandamientos católicos.
Finalmente, en las últimas fracciones de dichas puertas se puede apreciar, por encima de las letras Alfa y Omega (“El Comienzo” y “El Final”), rectángulos posicionados de manera vertical que simbolizan a los doce apóstoles de Cristo.
Pero para que exista un pintor y su lienzo, primero se debe configurar éste último, y en este caso, estuvo a cargo de dos herreros nacidos, criados y trabajadores de toda su vida de Victoria, cuyas artísticas obras de herrería fueron transmitidas por su padre. Estos históricos victorienses fueron Celestino y Ernesto Franceschelli.
Celestino nació en Italia hacia 1885, hijo de Carlos Franceschelli y de Serafina Zaccardi, italianos oriundos de Castiglione Messer Marino, localidad de la provincia de Chietti, quienes llegaron a la Argentina en 1886.
Según cuentan los relatos, la herrería de los Hermanos Franceschelli se encontraba situada en la actual calle 9 de Julio al 300. Este grupo familiar no sólo se dedicaba al arte de la fragua sino también al de la construcción, lo cual dejó una marca imborrable en la memoria y en los edificios de Victoria, en sus detallados trabajos en rejas, balcones y demás estructuras.
El recordado don Celestino Franceschelli, autor junto a su hermano de las imponentes puertas del templo, falleció el 21 de marzo de 1970.




















