Sobre dos hombres
La historia tiene siempre sus caprichos. En ella se destacan personalidades cuyo aporte fue trascendental en la constitución del presente, pero no siempre se aclara a qué presente refieren, o bajo cuáles convicciones aportaron lo suyo.
Ignacio Etchart
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La historia se construye desde la diferencia, presentada sin embargo como un único relato que contiene todos los sucesos transformadores del pasado, dejando al margen personas que participaron de variadas formas en los sucesos, ya sea como actores secundarios o como opuestos a los vencedores, muchas veces recordados falsamente como “protagonistas de la historia”.
Por eso es fundamental revivir estos recuerdos perdidos entre los grandes manuales y así aportar a la constitución de la identidad de un pueblo que a veces se confunde con relatos ajenos a él.
Gracias a seres comprometidos con esta conformación de una identidad propia, existen espacios como la página de Facebook “Historias de Victoria”, portal dedicado a la recuperación y divulgación de relatos locales y regionales.
Sobre un abogado
Si bien los registros familiares de siglos pasados no poseen la rigurosidad de los actuales, se interpreta que de la unión entre Justo Medrano, un soldado comandado por el General Francisco “Pancho” Ramírez, abatido en combate en la Banda Oriental; y de María Grestrudes Godoy, portadora de uno de los apellidos tradicionales de la ciudad de Victoria, nació un 7 de enero de 1833 Julián Medrano, el último secretario del Gral. Justo José de Urquiza.
Vivió toda su infancia con su madre y hermanos en el medio de un paisaje agreste y rural, en un rancho de paja ubicado en la actual calle Maipú, entre Congreso e Italia, aunque aquellos eran tiempos donde Victoria no tenía siquiera un trazado formal de caminos ni nomenclaturas para los mismos.
En su adolescencia fue estudiante del sacerdocio iniciado por el cura Miguel Vidal, para luego ser traslado a la ciudad de Paraná y continuar allí su formación.
Tras un tiempo decidió mudarse a Concepción del Uruguay y estudiar derecho y graduarse de abogado en 1865. Ese mismo año se casó con Segunda Espíndola, hermana de quien sería el primer intendente de Victoria, don Luis Espíndola.
El último secretario
Aquella fue la primera camada de egresados del Colegio Nacional, de la cual Medrano fue el más destacado. Razón suficiente para que el Gral. Justo José de Urquiza lo seleccionara como su secretario privado hasta el día de su asesinato, el 11 de abril de 1870.
En el momento en que hombres ejecutaban a Urquiza en nombre de Ricardo López Jordán, Medrano se encontraba escondido. Momentos después, mientras miraba los inertes pies del General tendidos en el suelo y escuchaba los lamentos de su familia, el secretario notificó lo sucedido al yerno de Urquiza.
Luego de la muerte de Urquiza, Medrano volvió a Victoria con su familia hasta el día de su muerte, en 1878. Hoy, el imponente panteón de la familia Espíndola homenajea con una placa de mármol al Dr. Julián Medrano.
Antes de finalizar este relato, merece mencionarse que antes de la muerte de Urquiza, Medrano vivió en el Palacio de San José donde entabló una estrecha relación con quienes habitaban la casona.
Entre estas personas, se encontraba una niña de diez años llamada Ana, hija de Eusebia Llanes, perteneciente al personal doméstico.
Frente al futuro incierto de la servidumbre tras la muerte de su patrón, Medrano se encargó de la niña Ana y la llevó a vivir a Victoria a la casa de los Espíndola, ubicada en las actuales calles Sarmiento, entre San Martín y Alem.
Sobre un recuerdo
Ana Llanes trabajó en la casa de los Espíndola hasta el día de su muerte, el 16 de septiembre de 1957. Incluso ya entrada en años, Ana Llanes recordaba vívidamente aquella fatídica tarde, siempre iniciando el relato con la clásica expresión “¡Ay querida! Yo estaba en el Palacio el día que asesinaron al General. Ya habíamos cenado cuando de pronto escuchamos un tropel de caballos y gritos. Todos corrían a ocultarse donde podían, pues el temor se apoderó de todos. Luego del asesinato y retirados los salvajes, empezaron a salir de todos lados la servidumbre que aunaban sus lamentos en llanto y dolor”.
En el frente opuesto
Contemporáneo al relato previo, emerge la figura del Coronel Carmelo Campos, quien presidió la Jura a Constitución Nacional de 1853, en Victoria.
Hijo primogénito del Gral. Hilarión Campos y de Juana Rosa Godoy, nació en Victoria el 16 de junio de 1819 y bautizado como José del Carmen Godoy.
En el lecho de su muerte, el Gral. Campos le heredó a él y a sus hermanos su hacienda, además del reconocimiento del apellido familiar. Su apodo, “Carmelo”, proviene de su nombre de pila Carmen.
Luego de haber participado en Cepeda, y tras la abdicación de Urquiza en Pavón que conllevó a la disolución de la Confederación Argentina y la toma del poder por parte de los unitarios comandados por Mitre, Carmelo Campos fue uno de los principales jefes revolucionarios de las tropas federales durante la década de 1870.
En las elecciones de 1868, mismas en las que Sarmiento llega a la presidencia a base de fraude y degüello, López Jordán se convierte en el nuevo gobernador entrerriano.
Sarmiento, reacio a que un federal ocupe la gobernación, desconoció dicha elección, concretando su rechazo con expropiaciones, la Ley del Vago (que permitía al Juez de Paz controlar las pulperías y así arrestar a todos los presentes que no tenían trabajo ni residencia fija, principalmente gauchos) y asesinatos políticos provocaron un levantamiento popular comandado por López Jordán.
La figura de Sarmiento como autoridad nacional fue desconocida y el 28 de junio de 1873 tropas jordanistas, bajo el mando del Cnel. Carmelo Campos, derrotaron a los unitarios en Yuquerí, dejando un saldo 80 muertos, 22 prisioneros, armamentos y varios estandartes.
La respuesta desde Buenos Aires no tardó en aparecer. Bajo el mando de Nicolás Lavalle, el regimiento 5º y 7º recuperaron la ciudad de La Paz, cortando la línea de suministros del ejército jordanista.
Ese mismo año, un 8 de diciembre, Campos fue definitivamente derrotado en la batalla del arroyo El Talita y se exilió en Brasil luego de que Sarmiento pusiera precio a su cabeza.
Con el tiempo, volvió a su Victoria natal donde hoy descansan sus restos en el panteón de la familia Campos, desde el 18 de abril de 1888. Durante muchos años, una bandera de la Confederación Argentina supo cubrir su santo sepulcro.





















