La historia en pequeños relatos
Vista a la distancia, la historia se presenta como un bloque homogéneo, con principio, desarrollo y final. Como una suerte de cuento lejano que describe momentos y lugares que ya no existen. Pocas veces realmente se tiene en cuenta los eventos minúsculos, cotidianos, a veces significantes y sin embargo, desapercibidos para muchos. No obstante, la historia son pequeños relatos, que juntos conjugan algo mucho mayor que las partes sumadas. Hoy, en las páginas de MIRADOR ENTRE RÍOS, se rescataran algunos de ellos.
Ignacio Etchart
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Este escrito es el producto de una sistematización de varias publicaciones realizadas en la página de Facebook “Historias de Victoria”. Asimismo, hay breves citas de información complementaria extraídas de “Old Victoria”, ubicada también en la red social antes mencionada.
Estos dos portales constituyen el archivo histórico digital más visitado que tiene la ciudad, a falta de un registro oficial.
Cabe destacar que el pasado 24 de julio, el sitio Old Victoria fue declarado unánimemente por el Concejo Deliberante de “Interés Municipal”, ya que es sostenida por historiadores victorienses que dedican parte de su vida y obra para dar a conocer y revalorizar nuestra historia, promoviendo la curiosidad y el saber. Además tiene como objeto difundir los valores culturales y patrimoniales que promueven el sentido de pertenencia hacia las Siete Colinas.
El primer hospital
Este primer relato retoma un párrafo pendiente respecto con la entrega anterior de MIRADOR ENTRE RÍOS, donde se describió brevemente la vida y obra del primer médico de la ciudad, el Dr. Joaquín Vivanco.
Hacia 1867, una fuerte epidemia de cólera que duró años azoto la región. Durante el pico de contagios, llegaron a registrarse hasta tres personas fallecidas por día producto de la enfermedad.
Fue tal el impacto epidemiológico, que en las necrológicas locales de 1870 se clasificaba al cólera como “la peste” o “murió del mal”. Ese mismo año, reaparecieron de forma masiva casos de viruela, patología registrada por última vez en 1846.
Estas epidemias invocaron la vocación del Dr. Vivanco, sumando además las condiciones que esperaban a los enfermos de cuadros tan contagiosos como el cólera, la viruela e incluso la lepra.
En aquellos años, los padecientes de infecciones eran obligados a vivir en la Zona de Islas desprovistos de ayuda, en condiciones infrahumanas, por lo que Vivanco se dirigió a las autoridades municipales, señalando la necesidad de levantar un hospital, con un lazareto anexado, para asistir a los perjudicados y velar por su bienestar.
Dicha construcción estaría bien alejada del centro, pues esta institución médica (el lazareto) se especializaba en las enfermedades altamente contagiosas.
Fue así como durante la intendencia del segundo presidente municipal de la historia de Victoria, don José Copello (1875 y 1876 ad honorem, y 1878), el Dr. Vivanco levantó precariamente una sala de atenciones médicas en las actuales calles de Copello y Rondeau.
La farmacia del águila
El primer libro copiador de recetas resguardado en la Farmacia del Águila registra al primigenio propietario, el farmacéutico don Pedro Oglietti, que inició los registros el 22 de junio de 1901 y tomó como auxiliar a un muchacho llamado Juan Antonio Liprandi.
El manejo de la botica por parte de Liprandi fue tan excepcional, que don Pedro se tomó el privilegio de viajar temporalmente a su Italia natal. Al volver, Oglietti le informó al joven muchacho su deseo de regresar definitivamente a la tierra que lo vio nacer.
Sin embargo, la despedida estuvo acompañada por una oferta muy especial, a la cual Liprandi accedió inmediatamente. Con el tiempo, el joven muchacho se transformó en don Antonio, a quien las autoridades sanitarias de Entre Ríos autorizaron como boticario de profesión y propietario de la farmacia, al aceptar la oferta de Oglietti.
No obstante, fue su hermano, Domingo Liprandi, quien se graduó de Farmacéutico Nacional y gestionó formalmente la “Farmacia del Águila”.
El actual edificio de la farmacia se ubica en la esquina de Italia y España, fue construido por la empresa de Alfonso Ghiggino e inaugurado en 1914.
De la misma época data el actual mobiliario, cuyas estanterías y vitrinas fueron realizadas por la firma Baglietto, de la ciudad de Paraná. Hasta hoy este lugar es motivo de curiosidad para los turistas que visitan Victoria e ingresan asombrados al contemplar la antigua ebanistería.
Se cruzan dos historias
La actual esquina de las calles Congreso y España tiene su propia historia particular, que lejos está del ajetreado y rebalsado centro comercial que representa ahora.
Cien años atrás se levantaba la gran tienda “El Barato Argentino” de artículos generales para hombres, mujeres y niños. Almacén fundado y administrado por don Ignacio Pazos, que luego pasó a llamarse “Diez de Río” y finalmente “Casa Rosa Funcional”.
Durante los últimos años, varios supermercados y grandes negocios han podido mantener la tradición mercantil que este lugar supo inaugurar.
Frente a esta construcción se mantiene parte de la vieja casa del comerciante español Juan Astiz, donde hoy funciona una boutique.
Sin embargo, y antes de convertirse en una tienda, en este solar existía un rancho pajizo, levantado a mediados del siglo XIX, donde vivió la primera autoridad de Victoria designada por el Virrey Liniers.
En tiempos en que esta región se denominaba la Matanza, en alusión al exterminio de los pueblos originarios que vivían en estas tierras, la autoridad máxima del Virreinato del Río de la Plata designó, el 8 de junio de 1808, al Capitán Juan Ventura Zapata como juez pedáneo de esta zona.
El título hacía referencia a una figura de orden público e investido de una potestad soberana que le permitía el ejercicio de autoridad mayor en asuntos generalmente rurales o de reducido tamaño urbano, impartiendo criterios de justicia en causas en su mayoría de pequeña relevancia.
Estas tareas judiciales se realizaban sin la intervención de un tribunal, llevada adelante en recorridos a pie, razón por la cual se denominaba “juez pedáneo”. Se debe recordar lo cortas que resultaban las distancias en lo que respecta a aquel primitivo centro urbano de escasa densidad demográfica.
En esta esquina hoy descansa una placa que evoca su paso ejercicio autoridad en la zona, durante la cual el Capitán Zapata era acompañado por un moderado ejército de esclavos afrodescendientes, ante el surgimiento de cualquier inconveniente imprevisto.





















