De ricas historias
Victoria es una de las ciudades más antiguas del país. Tal es así que en la celebración del bicentenario nacional el 25 de mayo de 2010, la ciudad ya había soplado también sus doscientas velitas el 13 de mayo de ese mismo año. Pero sus comienzos no derivaron en las mismas prósperas páginas que tuvo la historia Argentina.
Ignacio Etchert y Ezequiel Rubattino
redacción-er@miradorprovincial.com
La planta urbana de Victoria, ciudad ubicada en el suroeste de la provincia de Entre Ríos, tiene forma de damero o, dicho de otra forma y visto desde arriba, la ciudad parece un tablero de damas. Esta cuadrícula se terminó de delimitar en 1826, conformando un rectángulo de aproximadamente 24 por 28 manzanas, de 80 metros de lado.
Y como dictaba la gestión civil de la época, donde primaba una administración de corte militar, la ciudad estaba divida en cuatro Cuarteles, denominados Primero a Cuarto, de forma y superficie equivalente entre sí. Dos calles perpendiculares que atraviesan la ciudad y desembocan en el centro cívico son los límites que demarcan las fronteras entre un Cuartel y el otro.
Pero cuando se definieron los límites de la ciudad existía una zona alejada del entonces ejido urbano, olvidada en su planificación. Esta zona, informalmente denominada como Quinto Cuartel, fue, en términos históricos y poéticos, el Primero.
Sobre un origen…
A principios del siglo XIX, una primera oleada de inmigrantes atravesó el Atlántico y continuó su travesía por las aguas del Paraná. Con el tiempo, frente a ellos, se visualizó una costa de tierras bajas, que marcaba el límite sudoeste de la región de lomadas entrerrianas. Un lugar invadido por ramificaciones fluviales, revelando una zona de predelta, rica en depósitos de piedra caliza, arenisca, arcilla y granito que sirvieron para comenzar sus primeras actividades industriales y comerciales.
Estos pobladores eran en su mayoría de origen vasco, llevando apellidos como Arreseygor, Alzúa, Bilbao, Arce, Uranga y Zabala. Aprovechando las riquezas del suelo y la cercanía con el ahora llamado Riacho Victoria, los primeros asentamientos en las costas de La Matanza comenzaron a levantarse.
Mientras que el ejido de Victoria se configuró como las Leyes de Indias en aquel entonces indicaban –una plaza que nucleaba a sus lados los edificios de las funciones gubernamentales, religiosas, bancarias y sociales– el Quinto Cuartel fue trazado más bien espontáneamente, guiado por el relieve natural del terreno, dejando como consecuencia una distribución más parecida a una zona rural que a una ciudad.
Pero la curiosidad no descansa en la aleatoriedad de sus calles o edificios, sino en las estéticas de los mismos.
Mientras que el resto de las construcciones de La Matanza eran rústicos ranchos de paja y barro, las casas del Quinto eran –y son, pues algunas aún se mantienen en pie– de ladrillo y piedra, construidas a mitad del siglo XIX. Si bien fueron vascos sus principales pobladores, las edificaciones no encarnan las formas originales que se mantienen en el País Vasco hasta el día de hoy. Distintas representaciones europeas alimentaron y consolidaron la ecléctica estética del Quinto Cuartel.
…y el fin de una nueva historia
Los relatos de quienes desembarcaron en el Riacho Victoria y comenzaron la vida del Quinto Cuartel, cuentan sobre una riqueza en el suelo que terminó por definir la existencia e incluso, el nombre de la zona. La llamaron El Barrio de las Caleras.
Fue poblado desde principios del 1800 por un puñado de familias que explotaron sus yacimientos y construyeron los primeros hornos de cal, de los cuales el primero documentado data de 1822, conducido por el vasco Don Francisco Antonio de Zabala. Poco a poco se instalaron distintos hornos que elevaban sus chimeneas en medio de un paisaje casi rural. El material calcáreo de la zona y los montes que existían en aquel entonces alimentaban los hornos como soporte y combustible.
Este temprano desarrollo industrial generó una incipiente actividad comercial de grandes operaciones de transporte y comercio fluvial por el puerto de Victoria, construido a orillas del Barrio de las Caleras. Mientras el barrio crecía, una nueva oleada de inmigrantes italianos, en su mayoría genoveses, llegó a sus costas alrededor de 1850.
Este nuevo impulso económico y demográfico revitalizó y dinamizó la vida del barrio. En 1860 se fundó el primer banco en la ciudad, el Banco Lanieri, que operó hasta 1876. Fue tal la dinámica mercantil, que un momento contaba con su propio papel moneda. Hoy, su edificio –en ruinas y deteriorado– aún se mantiene en pie.
También se diversificó la actividad industrial. Se instalaron fábricas de jabón y de aceite de pescado, un molino harinero y un saladero de cueros. Viñedos y olivares producían vino y aceite, que abastecían a Victoria y sus zonas aledañas, e incluso se llegó a exportar a Buenos Aires. Pero así como el desarrollo fue su motor de vida, también fue su razón de deterioro.
Para mayor comodidad y productividad, un nuevo puerto fue construido en la década de 1920 en las cercanías a la estación de trenes. Esto trasladó los comercios, las oficinas e incluso algunos pobladores al centro de la ciudad, lo que fue poco a poco deshabitando el Quinto Cuartel. Sumado a esto, el agotamiento de los yacimientos calíferos, el desmonte y la obsolescencia del proceso productivo terminaron por dilapidar el Barrio de las Caleras. En algún momento se instaló un horno a vapor para revertir el proceso de decadencia, pero ya era demasiado tarde.
El consecuente proceso de marginalización fue definitivo. Contundente fue también la demolición o modificación de los antiguos edificios, borrando sus fachadas y estructuras de la memoria. Sólo algunos de valor, como la Subprefectura y el Banco Lanieri, un horno de cal a vapor y algunos otros a leña, y una docena de viviendas originales en mal estado de conservación han llegado hasta nuestros días como reliquias antiguas. Reliquias de una de las zonas más ricas y prósperas en la historia de la región.




















