Homero Chiavarino
El líder y acordeonista de Homero y sus Alegres forma parte de una escena local que junto con otras bandas abrió el camino de la cumbia hacia otros públicos. Para cerrar el año se presentarán este sábado a las 21 en una fiesta de playa en La Florida, junto a Nompalidece.
Diego Montejo
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Con todo el esfuerzo que implica la autogestión y más en los tiempos que corren, Homero y sus Alegres, grupo de cumbia rock-sarina, como se definen ellos, ya forma parte de muchos de los festejos que se celebran en la ciudad. Su ritmo inconfundible los puso en un lugar de referencia junto a otras bandas que hacen de esta nueva movida cumbiera una nueva forma de entender el género.
Luego de haber compartido escenario con músicos como Los Palmeras, La Nueva Luna y Mala Fama, y tras un disco de estudio y un disco en vivo editado, la banda registró Sacate a bailar solx, el cual es un éxito en las plataformas digitales. El tema que en esta ocasión anima las actuaciones de los 5 Alegres junto con la infaltable ídola Lidia Crucet.
“Sacate a bailar solo o sola, surge de la nueva dinámica de los bailes, antes eran las ruedas de cumbia con parejas bailando, eso se fue trasformando porque lo espacios son más pequeños y tampoco funcionaría porque la pareja de baile es una variable dentro de la dinámica de hoy”, explica Homero Chiavarino a Mirador Provincial.
El músico acordeonista, arreglador y compositor de la banda agrega además que la inquietud de sacarse a bailar solo surgió como un chiste, cuando se dice que uno de los asistentes de un baile queda en un rincón y no por eso tiene que esperar que alguien lo invite, entonces que se saque a bailar solo, esto lejos de ser una cuestión individualista, aclara. “Es todo lo contrario, es empujar a alguien a la diversión, que sea libre”, añade.
Otra de las cosas que Homero pone en debate es la situación que se vivió estos últimos años a través de las dificultades económicas. Es por eso considera que la cumbia es una válvula de escape de la gente y sus problemas. Pero también reconoce un cambio en el humor, sobre todo en estos últimos meses lo que repercute en su trabajo de forma directa. “En estos años bajó el nivel de goce y alegría y nos vimos remando en dulce de leche con el malestar de la gente”, dice en ese sentido. Reconociendo también que la música que ellos hacen los puso en un lugar de resistencia, con un mensaje claro.
— ¿Se sienten parte de la bisagra que generó esta nueva forma de entender la cumbia?
— Yo creo que después de los ’90 donde hubo un gran fenómeno de la cumbia, la bailanta y la movida tropical, esto paralelo a la cumbia santefecina, la cual funcionó aparte de lo que sucedía en Buenos Aires. En esa época se lo ponía como algo grasa y separar y alimentar lo que hoy llamamos la grieta, estigmatizar y decir que era música de negros.
Cuando me vine e vivir a Rosario no me cruzaba tan fácilmente a este ritmo, pero en el centro y los abres no estaba muy presente, por lo menos en vivo. Siempre me gustaron las bandas en vivo por su poder, enseguida te entra en el cuerpo. Casi por casualidad en un carnaval armamos un repertorio, en 2006, que mezclaba varios estilos y empezamos a tocar y lo tomamos como algo profesional, pero totalmente inconsciente.
Después analizando me di cuenta que realmente era así que por lo menos en los circuitos del centro no estaba presente, y que de un momento para el otro la gente empezó a pagar una entrada para vernos, como antes lo hacía con una banda de rock.
— ¿Qué tiene la cumbia que lo distingue de otros ritmos?
— Es una música que nos hace sentir a todos iguales. En un baile somos todos iguales, no hay grandes bailarines, la cumbia se le permite a todos, en el ritmo, en el swing.
— ¿El personaje de Lidia Crucet es una sátira con el fin de divertirse, no persigue otro objetivo?
— En un principio era un chiste, una figura femenina en la cumbia, que no las hay muchas en el género. Pero si pensamos en este último tiempo y sobre todo en los ’90, es Lía Crucet y La Bomba tucumana como los dos emblemas. Después vino Gilda como un gran mojón, una bisagra total, fue la primera mina que tocaba en las cárceles de hombres. Ella excede cualquier análisis superficial, es mucho más importante y profundo el cambio de raíz que generó.
— ¿Cómo es tu relación con el acordeón?
— Es de muy pequeño, me crié en Paso de los Libres, Corrientes y de alguna manera, el chamamé te atraviesa o te atraviesa. Cuando vine a Rosario, con el acordeón, después de tocar un chamamé, me pedían una cumbia. Están muy emparentados, van de la mano, las dos son músicas folclóricas y litoraleñas. El acordeón es el instrumento que los une, son músicas de los márgenes que por ahí no les pertenecen a las capitales, sino a los provincianos, es por eso que se hacen fuertes estas dos músicas de la mano.





















