lunes, junio 15 2026

En la costa del Paraná

El nivel de alerta se mantiene en el puerto de la capital provincial y cientos de familias que habitan a la vera del río están expectantes de lo que marque el hidrómetro. Mirador Entre Ríos visitó a vecinos de la zona de la Toma Nueva, quienes contaron cómo es su situación cuando el caudal aumenta su nivel.

Tomás Rico
redaccion-er@miradorprovincial.com

En un recóndito lugar de Paraná, con el río a los pies y la barranca sobre la cabeza, más de 20 familias viven en el camino costero ubicado aguas arriba de la Toma Nueva. Ahora, ante una nueva creciente, la situación vuelve a ser apremiante y los vecinos están en alerta, preparándose por si el río decide aumentar su caudal.

La angosta callecita, que precisamente lleva de nombre Camino Costero, conecta el hogar de los ribereños con calle Rondeau. Tiene del lado de la barranca las casas de material que son habitadas por las familias, y al otro lado se elevan los quinchos y tiendas improvisadas de lona, chapa y madera, que utilizan los residentes para montar su lugar de trabajo, donde desembarcan lo que se pesca y comienzan el proceso de destripado y lavado, y demás pasos necesarios para poner el alimento en condiciones para la venta.

Mirador Entre Ríos visitó el lugar y dialogó con las personas que allí pasan días y noches, de temperaturas extremas, intensas lluvias y con la mirada atenta puesta en la orilla, ante una posible inundación.

Rosana hace ocho años que eligió tener de vecino al magnífico “pariente del mar” –significación que se le da a Paraná en el idioma guaraní-, un vecino por momentos bravío, pero la mayoría de las veces su mejor aliado.

La actual creciente para los costeros, con un nivel que ronda los 4,90 metros, es una “caricia” en comparación a otras. La mujer, que vive con su marido y tres hijas, recuerda como la más brava a la del 2015 (5,95 metros): “Estuvimos casi cinco meses inundados y el agua nos llegó al tope de la entrada de nuestras casas. Hicimos contención y teníamos bombas de agua, así que nos pudimos resolver, pero a otra gente la afectó mucho”.

Al año siguiente, la del 2016 (6,23 metros) también está en la memoria porque subió más el nivel, pero por un lapso más breve. “Andábamos en canoa por esta calle y nos refugiamos arriba en nuestras casas”, recordaron al unísono otros vecinos, que cortaban verduras sobre un gran tablón de uno de los quinchos al borde del río.

Y más que casas pueden llamarse fortalezas, porque para resistir y que el agua no ingrese al interior, los vecinos se vieron obligados a elevar las entradas y a construir tapiales para que el agua no haga estragos y así puedan evitar pérdidas materiales, que tanto trabajo les cuesta.

“Cuando vemos que viene creciendo y el agua va a llegar a la calle levantamos todo por las dudas”, aseguró la vecina y contó que en los momentos de inundación se acerca la Cruz Roja, “nos traen agua y alimentos, porque se nos hace muy difícil entrar y salir”, y agregó: “Prefectura siempre está presente, y nos avisa cuando ven que está creciendo o se viene complicado. Ahora a mi marido le dijeron que no va a ser muy grave, pero por las dudas nos vamos preparando”.

Un estilo de vida

Algunos residen en la costa del excepcional afluente hace dos, tres o hasta cuatro décadas. Los más reservados prefieren no hablar al grabador y contar en pocas palabras lo que significa para ellos haber elegido ese estilo de vida, que está ajeno a los lujos materiales y que cada día les obliga a arremangarse, subirse a la canoa e ir a buscar el plato de comida.

Es que la pesca artesanal es la principal fuente de trabajo de las comunidades costeras, y esto se replica tanto en la Toma Nueva, como en Puerto Sánchez y Bajada Grande.

“La pesca es nuestra única forma de sobrevivir. Hay tiempos en que no sacas un pescado y ahí se complica”, contó Nahuel, un joven pescador que vive hace más de 15 años en el lugar.

Sobre el nivel del río y las consecuencias que conlleva para la labor cotidiana, el pescador señaló: “Se pone difícil porque en las islas no tenes tierra donde instalarte. Arriba del bote tenes que hacer las faenas porque no te queda otra”.

Ante estas circunstancias, en las que el trabajo depende de la naturaleza, algunos costeros deciden trasladarse todos los días al centro y a diferentes barrios de la ciudad para buscar trabajo o hacer algunas changas.

El marido de Rosana, es albañil y su mujer habló por él porque precisamente estaba trabajando: “Pescó durante varios años y después se cansó. Ahora trabaja por su cuenta como albañil. Él junto a otros vecinos arman las bolsas de arena para la contención”.

Buenos vecinos

“Nos ayudamos entre nosotros y como se pueda. No nos queda otra, así que ya estamos acostumbrados”, indicó Nahuel, y al mismo tiempo Rosana sostuvo que “no te podes ir y dejar tu casa porque gente de los alrededores se aprovecha para sacarte todo”.

Sobre la ayuda que reciben del gobierno municipal, Rosana criticó: “Acá nos arreglamos a cuenta de los vecinos, porque por parte de ellos no nos llega nada. Somos olvidados”. Al mismo tiempo aseguró: “Acá nos cuidamos entre los vecinos, todos somos buenos compañeros”.

La mujer dio cuenta de sus ganas de que la comunidad paranaense se acerque a conocer el lugar, al cual se puede llegar por tierra o por agua, ya que colocaron un pontón para que los navegantes puedan amarrarse. “Esta parte existe y está bueno que se conozca. Queremos que se arme un recorrido porque es un hermoso lugar”, y concluyó que “mi familia disfruta a fondo del lugar, no nos iríamos nunca”.

Ahora y como en cada situación que el Paraná empieza a crecer, a los ribereños sólo les resta prepararse y afrontar lo que venga, con la solidaridad como estandarte.

Crecientes históricas

Según los datos históricos, relevados por la Facultad de Ingeniería y Ciencias Hídricas (FICH) de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), la creciente actual está todavía lejos de los 6,23 metros del 2016 y de los 5,95 mts que se registraron en 2015. Sin embargo, es la medida más alta que registró el hidrómetro del puerto local en el último año.

Otras marcas del río Paraná, difíciles de olvidar, son las de 1992 (6,89 mts); 1983 (6,83 mts); y 1998 (6,72 mts), las cuales encabezan el registro histórico estudiado por la FICH.

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