Sobre antiguos relatos
La historia se presenta a sí misma, vista a la distancia, como un gran y único suceso pasado. Sin embargo, si la curiosa lupa del analista lo permite, este gran relato poco a poco se va deshilachando, convirtiéndose esa gran tela arcaica en infinitos hilos y costuras que hacen el manto histórico de una sociedad.
Ignacio Etchart
redaccion-er@miradorprovincial.com
Este escrito, que se propone desenterrar y recordar pequeñas historias de aún más pequeña Victoria de antaño, podría considerarse como un hermano menor del primer cambalache narrativo publicado en las páginas de MIRADOR ENTRE RÍOS, hace poco menos de un año.
Y como toda gran familia, mucho tienen que ver sus progenitores, quienes son las personas administradoras de la página de Facebook “Historias de Victoria”, portal dedicado a la divulgación de relatos antiguos de la ciudad, cuyas investigaciones son fuente de este escrito.
La primera usina eléctrica
Ubicada sobre la actual calle Intendente Camoirano, casi esquina Italia, se levanta una antigua pero firme construcción, donde funcionó tiempo atrás el diario Crisol.
Sin embargo, lo que significó una gigantesca tormenta periodística, comenzó con el sutil aleteo de la primera Usina Eléctrica de Victoria, compañía denominada La Primitiva, cuyo propietario fue el Sr. Manuel Leiva.
Mientras corría el Siglo XIX, momento por el cual Victoria vivía un esplendor económico e industrial inimaginable, el alumbrado de las calles todavía se hacía con faroles a kerosén.
Pero gracias a la gestión realizada por el intendente Luis Bilbao y el grupo de concejales, un 23 de junio de 1902, se recibió la propuesta de instalar un servicio de luz eléctrica, aprobada el 11 de julio siguiente, e inaugurado en 1903. En la licitación presentada por don Leiva, se señaló que la energía sería continua, con un voltaje no superior a los 500 volts y con lámparas de arco voltaico. También se establecía que la duración del alumbrado público sería desde la puesta del Sol hasta las 12 de la noche.
Lo curioso, pues revivir el pasado no provoca otra cosa más que eso, curiosidad, es que Leiva estipuló que en los días patrios, el consumo energético se brindaría gratuito para la iluminación de edificios relevantes como la Municipalidad y la Jefatura. Su propuesta fue aceptada por ambos poderes del gobierno, colocándose 110 lámparas de arco voltaico y otorgándosele una concesión de 10 años.
Hoy, luego de más de cien años, en el viejo edificio de la usina aún se puede apreciar, en la parte superior de su fachada, una cavidad en la que, durante un tiempo, estuvo instalado el tradicional reloj del diario Crisol. Pero originalmente, esa hendidura era una especie de ventana circular por donde la cual salía, de manera poco convencional pero eficiente, el cableado que transportaba la electricidad hacia las pocas manzanas privilegiadas del pueblo que gozaban del servicio.
La vieja capilla San Miguel de Antelo
Hacia principios del Siglo XX, el sacerdote benedictino Gerardo Harán deseaba para su congregación edificar en el actual poblado rural de Antelo, ubicado a pocos kilómetros de la ciudad de Victoria, un oratorio que invocara la protección de San Miguel Arcángel. Capricho mediante de la historia, como siempre, las familias más opulentas de la antigua Victoria, como eran los Faccendini, Maggioni, Trotti, ejercían sobre la población una particular influencia, producto de sus estatus como comerciantes e industriales. Fervientes católicos, además, respondieron al deseo del padre Harán, construyendo en aquella zona la primera capilla benedictina rural, habilitada para el culto un 29 de septiembre de 1908.
La edificación del monasterio fue llevada a término por el constructor Ángel Bernabé Balbi, histórico ingeniero victoriense. Los trabajos de carpintería y aberturas fueron realizados por la casa Fernández Hnos. Por su parte, el horneado y transporte de los ladrillos estuvo a cargo de Miguel Azcárate, quien además, junto a don Ángel Faccendini, adquirió para el altar de la capilla una imagen de San José, mientras que las esposas de éstos gestionaron una estatua de San Miguel.
Según cuentan las crónicas de la época, tiempo después de su donación, la figura fue arrebatada de los monjes por los Azcárate, quienes consideraron inaceptable que los recorridos procesionales fueran tan intermitentes, a lo cual adjudicaban una expresión de holgazanería frente al santo patrono, quien no era debidamente venerado.
Hoy, la original figura San Miguel Arcángel descansa en los hogares de los descendientes de la familia Azcárate.
Religión vs. ciencia
En un bello cofre finamente tallado a mano, resguardado actualmente en la rectoría de la Escuela Normal de Victoria, descansa la primera enseña patria confeccionada para la institución académica, entregada el 25 de Mayo de 1912.
Sin embargo, las crónicas de la época recuperan viejos pleitos y desencuentros en torno a la vieja insignia, a cual titulan como “La bandera de la Discordia”.
Cuenta la historia que esta bandera, sin pretenderlo, desencadenó uno de los más notorios conflictos que tuvieron lugar en Victoria a principios del Siglo XX, entre los académicos normalistas y los monjes benedictinos.
Como motivo de celebración por el segundo aniversario de la inauguración de la escuela Normal Superior “Osvaldo Magnasco”, en la ciudad se organizó una colecta de fondos por parte de algunas damas para la elaboración de esta bandera. Pero este bienintencionado gesto generó una serie de disputas entre un grupo particular de sacerdotes y esas distinguidas mujeres victorienses, quienes, según citan sus propios testimonios, “fueron tratadas con desdén por ser adeptas a los ideales del normalismo; enemigo al que los curas calificaban de inmoral, porque sus planes y programas respondían a orientaciones científicas y a lo que, señalaban, un abominable laicismo propio de la época”.
Contrario a lo que se podría prejuzgar, dado el contexto temporal y hecho de que las protagonistas de la discordia eran mujeres, un importante sector de la comunidad se alzó en protesta contra los argumentos benedictinos. Tal fue la reacción social que, en un acto celebrado en el actual Cine Teatro Victoria y luego trasladado al monumento del Gral. San Martín, se buscó desagraviar mediante argumentos las ofensas proferidas por los monjes, quienes muchas veces fueron señalados como “hostiles”, no sólo por sus anacrónicas opiniones sobre el normalismo, sino también por sus resistencias a las conmemoraciones patrias, a las cuales nunca asistían con su alumnado.




















