Reconvertido en espacio de levante para la comunidad gay en Rosario
Inaugurado en 1988 por una familia cordobesa, el local ubicado en Ricardone al 1.200 es el único en la ciudad que reproduce exclusivamente películas condicionadas.
Juan Chiummiento
redaccion@miradorprovincial.com
Hay un lugar en la ciudad que pocos rosarinos conocen por dentro, aunque casi nadie pueda negar advertirlo por fuera. Se trata del microcine “La Cortada”, espacio que resiste desde hace 27 años como el único destinado exclusivamente a la reproducción de películas pornográficas. Aquejado por la proliferación de los sitios web XXX, acoge hoy un reducido público que se divide entre adultos afectados por la brecha digital y homosexuales que lo toman como un lugar de encuentro.
El local se expone a la sociedad sin tapujos: un gran cartel con la leyenda PELÍCULAS XXX anticipa lo que puede encontrarse dentro de este local ubicado en el 1.244 de la cortada Ricardone -entre Sarmiento y Mitre-.
El costo por ingresar al cine es de 65 pesos. Con el ticket en mano, se puede entrar y salir del lugar las veces que uno desee: las funciones van en continuado desde las 10 de la mañana hasta las 2 de la madrugada del día siguiente. En la ventana de la boletería, atendida por un muchacho cuyas ortodoncias delatan su juventud, un cartel informa que los miércoles a las 18 hay funciones de cine gay. También se exhibe toda la documentación relativa a la habilitación e inscripción en los organismos oficiales, incluso ante el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa).
Unos pasos más adelante funciona un pequeño bar, donde uno puede sentarse a tomar un café o una gaseosa con un particular sonido de fondo: los gemidos de una mujer le recuerdan a uno que está dentro de un cine porno. Las 4 mesas dispuestas allí no están ocupadas por nadie, porque la acción se ubica detrás del telón que separa el hall de la sala.
Detrás de la cortina
Cuando la cortina se corre, la imagen comienza a acompañar el sonido de hace un momento. La exuberante mujer no para de saltar sobre el fornido muchacho. La escena podría ser igual a cualquiera de las millones que se encuentran en la web, pero la diferencia no está sólo en el tamaño de la pantalla, sino también porque aquí el espectáculo se comparte con otros tantos que siguen viendo a la mujer saltando sobre el muchacho (y así seguirá por unos cuantos minutos).
La sala tiene capacidad para 72 espectadores pero el público -exclusivamente masculino- no supera las 15 o 20 personas. El tránsito es intenso. No todos están sentados: algunos se ubican detrás de la última fila y otros deambulan por el cine, tal vez buscando una mirada cómplice. Este es también un espacio de levante, un lugar donde se deambula a la luz de una pantalla en busca de un roce erótico.
Los espectadores suelen estar solos en sus butacas, aunque algunos se les acercan para intentar llevar la situación un poco más allá. El “más allá” puede ser allí mismo, o también en los baños (ubicados en el interior de la sala), que son frecuentados con asiduidad. A veces ingresan de a uno, otras acompañados.
Dos clases de visitantes
Aunque reducido y escueto, el lugar sigue teniendo su público. ¿Por qué alguien acudiría a un cine porno, con la disponibilidad de sitios web que existe actualmente? Para la sexóloga Silvana Savoini hay dos tipos de espectadores en estos lugares: “Por una parte el cine puede llegar a tener otra intencionalidad que no tiene que ver simplemente con ver una película, sino que se transformó en un lugar de encuentro. Por otro lado, hay muchos hombres que hoy son adultos mayores de 50 años que por ahí no tienen el acceso o la habilidad para manejar internet, porque si bien se presume que la tecnología está al alcance de todos hay muchos que no lo han logrado incorporar”, explicó en diálogo con Mirador Provincial.
Amén de existir funciones para el público gay, la gran mayoría de las películas contienen escenas heterosexuales. Esto se explica por la presencia de público con comportamientos sexuales del tipo “heteroflexible”, es decir ubicado en los extremos de la heterosexualidad y homosexualidad. No se trata de ninguna tendencia actual: ya en 1948 el biólogo Alfred Kinsey hablaba de este tipo de actitudes en su libro “Conducta sexual en el varón”.
Para Savoini, la poca convocatoria en este tipo de espacios se explica pura y exclusivamente por el auge del mercado pornográfico en internet. “Es el único factor que influye, y pasa lo mismo que con las revistas. Se ha modificado todo como se desdibujan tantas formas tradicionales de comunicación”, afirma la presidente de la Asociación Rosarina de Educación Sexual y Sexología, quien brinda como ejemplo que su último libro (“Adicción al sexo”) fue publicado en versión electrónica, porque “ya se consume todo en otros formatos”.
Las estadísticas avalan los dichos de la especialista: el 37 por ciento de la web está compuesto por material pornográfico, según un informe de la firma Optenet. La competencia frente a estos contenidos es poco menos que desleal para las humildes salas que sobreviven actualmente.
Viejos tiempos
En otro momento, este tipo de espacios representaban una de las pocas oportunidades para la juventud de ver cuerpos desnudos al por mayor. Hoy Rosario cuenta con un único espacio dedicado a la reproducción de películas condicionadas, pero supo tener varios.
Lo mismo en Buenos Aires, donde la cantidad hoy se reduce a 3, aunque llegaron a funcionar más de 10. Así lo describe el periodista rosarino Osvaldo Bazán en su libro “La historia de la homosexualidad en la Argentina”, donde recrea el aire que se respiraba en Capital Federal a mediados del siglo pasado. “Hacia el año 1959, Lavalle, entre Carlos Pellegrini y San Martín, era un Suburra al revés. Todo el mundo giraba alrededor de los centros de diversión ubicados entonces en las salas cinematográficas”, relata.
Internet ha revolucionado todos los aspectos de la vida, y los modos de mirar pornografía también han cambiado. Los cines porno ya no son lo que eran, pero continúan cautivando un público por reducido no deja de perder importancia. Mientras tanto, en el 1.244 de la calle Ricardone, la pantalla sigue mostrando el cuerpo de una esbelta mujer saltando sobre un muchacho que para esta altura ya debe estar algo cansado. El microcine “La Cortada” sigue resistiendo el inexorable paso del tiempo.
Presente en las crónicas policiales
El microcine “La Cortada” no ha sido protagonista de grandes títulos en los medios locales en sus 27 años de historia. Ninguna película taquillera se estrenó allí, ni tampoco desfiló por su alfombra roja algún actor de renombre. Eso sí: en los últimos años ha sido protagonista de las crónicas policiales.
En mayo de 2011, un ladrón asaltó una farmacia y luego huyó por las calles aledañas. En un momento, divisó la puerta del cine y entró para esconderse. Rápidamente fue detenido pero los editores no dudaron en titular el hecho como “El robo triple X”.
Más allá en el tiempo, en agosto de 2005, un hombre de 69 años falleció en el interior de la sala a causa de un síncope cardíaco. Fuentes policiales señalaron que, en momentos en que se pasaba la película “Camino al 13”, el sexagenario se levantó para dirigirse al baño del lugar pero antes de entrar perdió el conocimiento y cayó al piso.
Un poco de historia
Los orígenes del espacio ubicado en la cortada Ricardone se remontan a finales de la década de 1980. Según explicó Daniel Grecco, autor del libro “Proyectando Ilusiones” -que recorre la historia de los cines de la ciudad-, el microcine porno fue inaugurado en 1988.
“Comenzar a proyectar películas en 35 milímetros, pero a los 3 o 4 meses dejaron de hacerlo porque no había copias. Así que al poco tiempo se pasaron al VHS”, explica Grecco, quien también recuerda otros años, cuando la gente entraba al lugar con caretas por la resistencia que suponían estos espacios en las ciudades. “Si alguien te veía ahí te iban a gastar”, dice.
Los primeros dueños eran de la vecina provincia de Córdoba, aunque al poco tiempo dejaron de gerenciar el lugar. Por estos días la sala está a cargo de una familia rosarina con tradición en la industria cinematográfica local.
Los primeros dueños eran de la vecina provincia de Córdoba, aunque al poco tiempo dejaron de gerenciar el lugar. Por estos días la sala está a cargo de una familia rosarina con tradición en la industria cinematográfica local.
Las estadísticas dicen que el 37 por ciento de la web está compuesto por material pornográfico, según un informe de la firma Optenet. La competencia frente a estos contenidos es poco menos que desleal para las humildes salas que sobreviven actualmente.


















