viernes, mayo 15 2026

Paseo jardín ‘Marcelino Román’ y bajada Güemes

Para ir o volver del Puerto Nuevo puede que no haya camino más frecuentado que calle Güemes. Es una vía donde conviven el nervio urbano del emprendimiento inmobiliario, individual o colectivo, que amenaza con cambiar los perfiles constructivos, y el de la pobreza, digna e indigna, que se percibe sobre los bordes del barrio Maccarone.

Mirador Entre Ríos
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Güemes arranca en una proletaria Laurencena, inicio de la costanera baja. Hay allí un nudo de tránsito caótico que los fines de semana conviene esquivar, situación de la que es mudo testigo un semáforo que está permanentemente envuelto en amarillas intermitencias. Desde el río, Güemes es un zigzag asfaltado que, mientras recubre el empedrado y los rieles de tranvía, amordaza la rica historia que sin duda ostenta.

Téngase en cuenta que por años fue la única conexión de la parte alta de la ciudad con la zona portuaria. Por suerte, han quedado registros de memoriosos (en las obras de Ofelia Sors, por ejemplo) que dan cuenta del trabajo de hormiga de carros de dos y cuatro ruedas que unían las estaciones fluvioportuaria y ferroviaria, con sus cargas de productos frescos y mercadería en general por un circuito que incluía a las actuales Salta-Belgrano y San Juan-9 de Julio.

Para tener una idea de la preponderancia de ese sector, alcanza con citar que el busto de Martín Miguel de Güemes, obra del escultor Antonio Sibellino, fue colocado en 1925 sobre un pedestal de grandes dimensiones de granito natural en un sitio “muy significativo, visible y singular de la ciudad”, en una ceremonia de la que participaron los por entonces gobernadores de Entre Ríos, Enrique Mihura, y de Salta, Adolfo Güemes, nieto del prócer.

Pero hoy –signo de los tiempos– el solar en el que se emplaza el monumento luce lamido por un descuido de años, sin referencia alguna al personaje que se honra ni a los motivos que justifican semejante emplazamiento; el perímetro de cadenas que lo cerca está incompleto y la bandera en el mástil vecino, desteñida, flamea el dolor mudo de haber sido herida por vientos iracundos: ondula la celeste y blanco, por un lado, y el tercio restante parece seguirle el paso, fuera de sintonía.

El tránsito peatonal por la vereda este es infrecuente. Desde Moreno, hay un sendero de baldosas que por momentos se interrumpe; las lluvias han erosionado el terreno y, a un costado, puede encontrarse pastando algún equino, tal vez el que hasta hace un rato tiró el carro de más allá, que quedó recostado sobre la parte trasera, simulando un mortero, con sus lanzas de madera apuntando a un cielo al que de todos modos no puede disparar.

Escondido

Por el sentido de circulación dispuesto, no hay forma de bajar o subir esa serpenteante cuesta sin rozar al Paseo Parque “Marcelino Román” que, pese a su riqueza geológica, desde cuya apreciación se pueden formular asociaciones que nos conduzcan hasta los tiempos de la colonia, permanece invisible para los ciudadanos y, lo que es peor aún, para los gobiernos.

Acceder a él, desde Güemes, desde Moreno o desde De la Torre y Vera (que hacia el centro se convierte en San Juan) es una aventura casi cinematográfica: literalmente, se trata de sumergirse en una realidad donde la naturaleza agreste es dueña y señora. El canto de los pájaros y la frescura del ambiente completan la noción de microclima: un paraíso nativo en estado puro en medio de una ciudad que pena, desbordada de cemento y ruido.

Pero el espacio no está apropiado por la comunidad, fenómeno que por cierto lleva ya muchos años. El miedo a pasar un mal momento a mano de arrebatadores o asaltantes parece ser una de las razones que aleja a los paranaenses de estos pasadizos que atraviesan saltos de agua pluvial y que confluyen en una especie de plazoleta central, con juegos infantiles, pérgola y área libre para reuniones. La infraestructura instalada, marca de la calidad de la intervención humana que ha tenido lugar, no está en malas condiciones pero –para ser amables– son postales de lo que el paso del tiempo y el uso hizo de la Paraná que fue hace décadas.

La reposición de luminarias es un objetivo primario. El servicio sanitario, una deuda. Es probable que el destacamento policial de la plazoleta Pocho Vírgala (en Güemes y Moreno) pueda complementarse con la presencia de uniformados que recorran el Parque por dentro. Por cierto, además deben regularizarse situaciones de vecindad, como el hecho de que unas cuantas propiedades utilizan al Parque para deshacerse de sus líquidos pluviales: los caños de plástico, en distintas alturas, apuntando al corazón del espacio verde rompen, por cierto, la idea de entorno natural, innecesariamente.

De la mano de una cartelería adecuada (los senderos habilitan esa idea de recorrido) se podría llamar la atención sobre marcas geológicas de relevancia que allí se encuentran, especies arbóreas y aves silvestres y, de paso, pueden ilustrar sobre quién ha sido Marcelino Román, buen periodista, delicado poeta, agudo ensayista, preciso crítico literario y productivo folclorólogo.

Pero, sobre todo, hay que pensar en actividades que llenen de presencia humana ese enclave, como parte de una recuperación integral de todo el sector.

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