Haciendo cuentas
Este gobierno instaló el “segundo semestre” como una suerte de primera meta, un espacio casi mítico en el que comenzaría a avizorarse un futuro promisorio.
Emerio Agretti
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Más valen en cualquier tierra
(Mirad si es harto sagaz)
Sus escudos en la paz
Que rodelas en la guerra.
Pues al natural destierra
Y hace propio al forastero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Francisco de Quevedo
El balance de los seis primeros meses de gestión de Mauricio Macri resultaba inevitable por varias razones. Más allá de la consabida “redondez” del número que jalona el medio aniversario, este gobierno instaló el “segundo semestre” como una suerte de primera meta, un espacio casi mítico en el que comenzaría a avizorarse un futuro promisorio, luego de soportar las penurias obligadas para reencaminar el país.
Con tarifazos que aún no se terminan de asimilar -y sacudidos entre planteos judiciales y medidas correctivas de parcial atenuación-, aumentos de precios que empiezan a frenarse al influjo de la caída del consumo, trabajosas negociaciones paritarias, un dólar inesperadamente quieto y con tendencia a la baja, reacciones voluntariosas pero tardías o insuficientes para atender los efectos de la emergencia hídrica, tironeos entre promesas electorales y necesidades financieras sobre la cuestión tributaria, y marcada agitación asistencial, la recapitulación quedó signada por el dinero. El dinero de los sufridos ciudadanos, el que el país espera bajo la forma de inversiones que comienzan tímidamente a materializarse, y el que de alguna manera es necesario recuperar, tanto de las cuentas abiertas en otros países, como de las bóvedas y subsuelos aparentemente diseminados por el territorio.
Y, balance o no balance, el dinero ocupó las primeras planas de los diarios en los últimos días: mientras en el Congreso se discutía -y se votaba- el proyecto de ley de blanqueo que propicia, a la vez, la repatriación de capitales dispensando a sus propietarios de dar explicaciones, y el pago de las deudas previsionales, un estratégico ex funcionario de la gestión kirchnerista fue descubierto ocultando un escandaloso volumen de billetes, nada menos que en un monasterio. Fue la misma semana en la que, además, otra cuestión monetaria sumó tirantez a la compleja relación del gobierno de Macri con el papa Francisco, tras el rechazo del pontífice al aporte destinado -y previamente solicitado por ella- a la fundación Scholas.
Como en un pastiche de intrigas baratas (es una forma de decir), se mezclan y entrecruzan rutas de dinero -algunas de las cuales incluso van a Roma-, botines escondidos, maniobras financieras, juegos de ambición, traiciones y hasta alegaciones de locura. Por no hablar del desfile de personajes pintorescos que, del otro lado de la barrera del grotesco, exhiben curvilíneos expedientes o golpean, metafórica y literalmente, su cabeza contra las paredes.
Según la previsión del gobierno, las medidas oportunamente tomadas -y padecidas- comenzarán a dar sus frutos, y aunque la promesa del segundo semestre quizá no deba ser tomada al pie de la letra en cuanto a una corporización apreciable de ello, sí estarán sentadas las bases para direccionar la economía nacional hacia el crecimiento, y necesariamente establecer los cursos para que ello se traduzca en el bienestar de la población. En tanto, las piezas de la denunciada corrupción estructural de la gestión anterior se siguen sumando, y eventualmente formarán una imagen lo suficientemente nítida como para que la Justicia esté en condiciones de establecer responsabilidades, y con ellas los castigos y reparaciones que cuadren.
A esta altura, el proyecto de “país normal” que el gobierno de Macri estableció como norte sigue siendo un loable proyecto, pero nada indica que vaya a ser sencillo. Ni mucho menos barato.



















