viernes, junio 12 2026

Literatura

 En su flamante novela, el reconocido cineasta cordobés retrata los entresijos vinculares de una madre mayor y su hija adulta. Cada capítulo-deriva funciona como un fotograma de la distancia entre ellas, separadas materialmente por seis pisos.

 El cineasta, dramaturgo y escritor Santiago Loza publicó su última novela, "Un espíritu modesto" (Tusquets, 2024), iniciada con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes. En comunicación con El Litoral, el autor reconstruyó el proceso creativo, remarcando sus vectores: locación, derivas, fragmentos, personajes, fantasía.

Esquirlas

Es un día lluvioso en Buenos Aires. Santiago Loza disipa el clima, rompe-hielos, y expande su "espíritu modesto". Se entrega a la conversa, acomoda la cámara mental. "La historia se me apareció como esquirlas", dice. "Como si se hubiese astillado el objeto y lo que uno está leyendo son pequeños fragmentos".

El realizador premiado en Cannes, Berlín, Rotterdam y Bafici, entre otros festivales de cine, avanza en el proceso: "Yo soy un poco vago, tengo la posibilidad de armar capítulos como cuentos. Sabía, en mi poca experiencia, que si los juntaba algo iban a formar. Me gustaba que la novela también pudiese ser sobre esos personajes secundarios que aparecen. Que pudiese tener derivas".

Santiago es "de provincia" pero se vino "a la ciudad", y su tonada no piensa discutirlo. Vive en un edificio desde hace unos años. "Creo que conozco a esos personajes, tengo algo de esa vida y la siento muy propia. El anonimato que proveen ciertos espacios me generó el deseo de escribirlo. También me gustaba hablar del erotismo en la religión, en la creencia. Me divertía que, por momentos, pudiera ser una novelita erótica y al mismo tiempo dejar de serlo". En ese origen rige, desglosa Loza, la pandemia. Se filtra cual gotera invisible, omnipresente. "Siento que hay algo travesti en la escritura: uno toma prestadas ciertas voces para poder ser aún con más fuerza que en la propia vida. En ese momento, la vida estaba bastante limitada y me daba plenitud escribir la novela".

Chocar

Héctor me manda una foto. Es un fragmento de un libro. Dice: "Entro. La casa es y no es la misma (…) En los años que pasaron, cada vez que nombré la palabra 'casa', aparecía en el recuerdo la primera casa, insistiendo, amenazante, molesta, temida". La cita corresponde a "La primera casa", novela de Loza publicada en 2019. Héctor es arquitecto y es mi padre.

Aquí y allá, la operación de Loza es museológica, patrimonial. Para hablar de las corporalidades, tiende primero el espacio, un edificio, hasta llegar a la gota de sangre del obrero "estallado" en su construcción. Una vez dispuesto el lugar, y su hechizo de drama, nos avisa de dos mujeres adultas que "se independizan juntas", cambiando el eje horizontal de una misma casa por el vertical de una misma torre. Vilma ha de ser una mujer de 70 años, si se calcula su edad, inversamente, a partir de la de su hija, Laura de 47. Opuestos complementarios tallados por el mismo sino: la necesidad litúrgica de creer en algo.

Allí se forja la chance. Se lamina el metal de la conflictividad. "Como si cada una de ellas tuviera su pequeña gran aventura", asume Santiago. "El perímetro que corre Laura es mayor. Vilma tiene el tiempo acotado, está viviendo su despedida. Pero aún con su limitación, empieza a descubrir un vínculo con la sensualidad en un momento inesperado. Es como si estuviese anestesiado en ese vínculo, pero al mismo tiempo algo se modifica sin querer, inclusive distanciándose. Yo escribí lo que conocía de los personajes, hay una zona más opaca o eclipsada que no conozco".

Laura va hacia adelante, Vilma hacia abajo. Perpendiculares, madre e hija confluyen. Al ojo documentalista de Santiago Loza no se le pierde ningún desplazamiento. Laura representa al flâneur y, paradójicamente, el templo la libera. "En esos paseos", cuenta el autor distinguido con el Premio Konex y el Premio Nacional de Cultura 2021, "fue conquistando terrenos y encontrándose con sorpresas. Una amiga me dijo que en el templo se arma una creencia un poco pagana. En el lugar más inesperado aparece una posibilidad de contacto, el cuerpo deja de estar tan solo. Ese es su accidente o gran acontecimiento: su ser se empieza a chocar con otros y otras".

Inquietante

"Siento que fui habitado por lo que narra el libro", confiesa Santiago Loza casi en tiempo de descuento. Habitado, en términos sensoriales, por el olor a agobio, por el agua sabrosa de la canilla, por la explosión de colores en el supermercado, por el sojuzgamiento atávico del fervor callejero sobre la tranquilidad de los departamentos, por el óxido en las tuberías y las manchas en la pared. Etcétera.

"Quizá el origen de la novela tuvo que ver con escuchar voces de vecinos detrás de las paredes", continúa reconociendo el creador de la obra. "Cuando uno hace una toma, la toma es lo que es. Después se puede trabajar el color. El sonido sugiere algo que la cámara no termina de sugerir. Es inquietante no entender de dónde viene el sonido. Es algo que no se puede elegir, atrapar ni obturar del todo".

En otro desplazamiento, Santiago vuelve a hablar de uno de los ejes de la obra. "Estos personajes están bastante solos. Y en la soledad se tiene cierta labilidad hacia esas percepciones. Sobre todo, a lo que sucede en el silencio".

Más despierto

En la página 126, Santiago se duplica. La figura que elige lo nombra y objetualiza: jarrones de loza. Ejercicio poético, eco sonoro o pura casualidad. Antes de "Un espíritu modesto", su expedición literaria fue un poemario llamado "Noventa y nueve naturalezas muertas".

El entrevistado habla de un "vínculo lateral" con la poesía. "Cuando comenzó la pandemia", recuerda, "empecé a ir al taller de Laura Wittner. Como si necesitara entender los engranajes más pequeños del lenguaje. Estar en relación con la poesía me sirve y me ordena, calibra mi escritura. Yo no sé si escribo mejor después de este acercamiento mayor con el género, pero estoy más atento, más despierto".

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