sábado, abril 18 2026

Espíritu crítico

 La lengua más mordaz de literatura rosarina, en entrevista con Mirador Provincial. Hablamos de su próxima novela ucrónica llamada "Cielito para Fray Tuerto".

 ¿Por qué nos gustan tanto la escritura de Pablo Crash Solomonoff? Es una pregunta muy interesante, porque, él que la pueda resolver, es el mismísimo escritor, pero hay varias razones por las que yo creo que nos gusta su escritura y música y es su forma de concebir la vida.

En diálogo con Mirador Provincial, Solomonoff habló sobre sus comienzos en la escritura, de su próxima novela ucrónica llamada "Cielito para Fray Tuerto", y dio algunas definiciones acerca del oficio de escritor.

Pablo Crash Solomonoff nació en Rosario el 23 de enero de 1972. Es escritor, músico y docente. Participa en ciclos de lecturas y encuentros literarios como organizador, coordinador y expositor desde 1988. Ha publicado poesía, cuento, ensayo y crítica literaria y musical en periódicos, revistas y antologías de Rosario y del interior del país desde 1991. Dirigió la Revista y Editorial Viajeros de la Underwood entre 1995 y 2001, junto a Mercedes Gómez de la Cruz y Diego G. Martínez. Haciendo radio, participe de los programas El canto del viento (Marcelo Noceti) y El estuche (Omar Pogonza). Actualmente participa del programa El Barco Ebrio, por Radio Universidad, FM 103.3, y practica Tai Chi Chuan.

– ¿Qué es lo que te distingue como escritor?

-La multiplicidad. El humor. La gambeta… El instinto de buscar lo musical en la poesía; lo onírico, lo surreal dentro de la prosa. La expresividad poética cuando hago percusión. Dentro de cada registro, el desvío de la norma, forzar los géneros… Que todo sea un gran collage de elementos disímiles.


– ¿Cuál fue el primer libro que tuviste en tus manos?

-Empecé con historietas, enciclopedias, atlas (geográficos y del cuerpo humano), sin entender las palabras todavía, con maravilla y horror. Después puede haber sido “Un elefante ocupa mucho espacio” de Elsa Bornemann, la primera autora que recuerdo de la que fui seguidor. Años 70, ¿no? Después, mi primera lectura “inmersivas”, de no querer soltar el libro, fueron “Tom Sawyer” (de Mark Twain) “Viaje al centro de la Tierra” (de Verne), “La máquina del tiempo” (de Wells) “El mundo perdido”, de Arthur C. Doyle… “Las minas del rey Salomón” (de H R. Haggard), cuya bruja vuelve todavía a mis pesadillas cada tanto.

– ¿Cómo reaccionamos los seres humanos a lo extrasensorial?

-En general, con temor, o prejuicios (no me incluyo). Yo tiendo al entusiasmo, y a cierta tranquilidad de confirmar mis presunciones, o algunas cosas sobre las que escribo, pensando “no estoy tan loco”.

 

– ¿Cuándo te visitó el espíritu burlón de la escritura?

-En séptimo grado, 1981. Aburridos de jugar, un compañero me propuso escribir cartas de amor a un par de chicas. Él se aburrió enseguida, mientras yo me di cuenta que ya no podía parar. Sonó el recreo y me quedé escribiendo. Y no paré.


– ¿Qué les dirías a los que piensan que el arte es un gasto?

-En principio, que, si piensan así, ¡que no se gasten! En segundo lugar, que tienen razón: hay que gastar, o, mejor, invertir mucho tiempo de lectura y de escritura; de estudio, de análisis y de trabajo creativo, para el arte que sea, sin garantía alguna de reconocimiento, o siquiera de haber logrado algo: nada es gratis. En tercer lugar, tomémoslo como inversión, palabra que gusta a alguna gente: estás “comprando” calidad de vida, salud, experiencia, entendimiento, iluminación (espiritual, no de led).

-En los márgenes del lenguaje, ¿qué es para vos el escribir?

-Justamente, es buscar qué hay en los márgenes, ya que no busco ser un escritor “masivo” o “comercial”, ni una estrella de rock. Prefiero ser auténtico, correrme siempre de la “centralidad” de la moda. Me armé una lista (excéntrica) de precursores, desde Bowie hasta Arthur Koestler, pasando por el I Ching, Dalí, Spinetta, Jodorowsky y Philip Dick, entre otros tantos. Me hicieron falta; en principio escribo por necesidad, buscando fijar imágenes o situaciones, fragmentos de diálogos que debo rellenar, que se me presentan como pequeños misterios, y en diálogo con ellos. Escribir es también abandonarse a ese misterio: indagar los silencios de un otro imaginario, o de la gente en la calle, o de la naturaleza. Después vienen la estructura, la forma…

– ¿Cuántas copas se consume en una noche de inspiración para una obra literaria?

-Vuelvo al entusiasmo, a la fascinación. No confío en ninguna sustancia externa al cuerpo que promueva eso mejor que la adrenalina, o las endorfinas para estimular la imaginación. El arte mismo, en todo caso. Música ambiente, o de rock. Y tomar agua, como decía Tristan Tzará. En mi caso, la inspiración generalmente es un rapto momentáneo que no dura más de dos o tres segundos. Después viene el trabajo, que puede durar entre dos horas o veinte años.

– ¿A qué le tiene miedo en la vida un escritor?

-En un tiempo, temía dejar de escribir. Temía ser el único que escribía en la Tierra. Después fue a la “hoja en negro”. A tachonear, a no entenderme la letra. A perder una buena idea, pero si la idea es buena, permanece. A algunos colegas les encanta, pero yo le escapo al lugar de importancia de ser “el Autor” como personaje público que termina hablando más de sí mismo que de lo que hace, o de lo que ha parido como obra. La obra siempre es más importante que el autor.

– ¿Qué experiencias de vida te marcaron?

-Mi familia, mi educación (estatal, pública y gratuita). La enfermedad, la muerte de mis seres queridos. Practicar Tai Chi Chuan. Tocar la batería. Enamorarme. Desenamorarme…

– ¿Cuál fue el momento decisivo en tu vida cuando te decidiste a dar el paso a la publicación?

-Fue un proceso, consecuencia natural de lo que venía acumulando, no tomé “La decisión” de publicar, pero un día me encontré con una pila dispersa de escritos, los agrupé en una carpeta y me dije “esto ya es algo”, hay que hacer algo con esto, compartir. Empecé a corregir, a mandar a concursos… Ya venían los 90, ¿no? Surgió una oleada de revistas “under”, “artesanales” o auto editadas y yo me dije: “eso quiero hacer”. Quiero que lo que escribo circule por ahí. Después vino el primer libro, que salió premiado en un concurso: “A espaldas del arúspice”. Así salió. Nunca busqué auto editarme, mi primer libro de poemas (“Fiestas a lo lejos”, también de 2003) resultó del impulso cooperativo de un grupo de poetas. Tampoco creo en escribir para el mercado, o para lo que se supone que la gente espera de uno, eso no resulta. Cuando el libro está listo, el momento llega solo.

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