Veterano de guerra
A 40 años de la guerra de Malvinas, un veterano de guerra paceño dialogó con MIRADOR ENTRE RÍOS. Desde el Grupo de Artillería 121 a las islas: sus recuerdos, el reconocimiento y su amor por La Paz y por el país.
Conrado Berón
redaccion-er@miradorprovincial.com
Hipólito Enrique Castella fue soldado conscripto en el conflicto bélico del Atlántico Sur. “Polo”, como se lo conoce en La Paz, habló con MIRADOR ENTRE RÍOS y dejó frases que conmueven.
–¿Qué significa ser excombatiente?
–Es un honor ser veterano de guerra. Esto me lo dio Dios y la vida. Pude volver y siento que tengo una misión y es la de contar nuestra gesta. Fue muy importante vivir con 19 años cómo el pueblo se manifestó por esa causa. Donaron todo lo que tenían para ayudarnos. Participar de eso fue un gran honor porque fui elegido para eso. Me enorgullece poder contar todo lo que nos pasó y lo que nos pasa.
–Pasaron 40 años. ¿Cómo están en general tus compañeros?
–Siempre tengo contacto con varios de ellos, desde el año 89 que nos empezamos a juntar los entrerrianos, desde ese año gestamos el Centro de Veteranos y empezamos a notar que cada reunión que teníamos nos ayudaba a ir curando heridas que teníamos. No teníamos ninguna atención ni asistencia de nadie. Sólo podíamos pedir trabajo en las instituciones estatales, donde a veces nos rechazaban o no llegamos a ser atendidos como creemos que correspondía. Muchas veces sentimos el rechazo ya que se nos llamaba “los loquitos de la guerra”. En mi caso me atendieron muy bien en el Correo de La Paz y en menos de 20 días ya estaba trabajando muy bien.
Pero hay muchos que la siguen pasando mal por varias razones. En el 91 salió una pensión vitalicia que hoy es menos de una pensión mínima. Desde los centros de veteranos salimos a ayudarlos porque estaban muy solos. Creemos que no se nos ha tratado a todos como nos deberían haber tratado.
Reconocimiento
–¿Pensás que las nuevas generaciones valoran lo que hicieron?
–Desde lo educativo y en cuanto a los medios que son los que llegan a los jóvenes, creo que sí. Encuentro muchas personas jóvenes que reconocen lo que hicimos. Lamentablemente, a veces vamos a las escuelas sólo en esta semana y después se olvidan. Pero algo es algo. Creo que para que los gurises tengan conocimiento de lo que se hizo en Malvinas es muy importante que se apruebe un proyecto de la Universidad de Lanús donde se exige que toda la historia de las islas sean una materia en los colegios y en las universidades. Eso haría que los chicos valoren lo nuestro como nosotros valoramos cuando éramos chicos las gestas de nuestros patriotas que lucharon por la libertad. Esto fue parecido, pero se lo ve diferente. Yo siento que el sentimiento con el que yo combatí nació en el patriotismo que me inculcaron mis maestras para hablar de esas luchas.
–¿Fueron reconocidos como se debía?
–Al reconocimiento te lo da el pueblo. Hay muchas maneras de reconocer. Cuando llegué ese año a La Paz, tuve que ir con dos compañeros al acto del 9 de Julio a izar la bandera y allí sentí que el pueblo me fue conociendo. Hay quienes se acercan y te dan la mano y hay otros que se quedan quietos mirándote. Ese respeto es el mejor reconocimiento que podemos tener. Después, desde lo gubernamental ya sabemos cómo es. Es sólo cuando hay tiempo, cuando hay plata o cuando hay elecciones o en estas fechas. Igual, el mejor reconocimiento para nosotros es que se concrete el motivo de nuestra lucha, nosotros fuimos a Malvinas sin la soberanía de nuestra tierra. En 40 años no hubo un gobierno que estuvo ni cerca de plantársele al mundo y decirles que esta tierra es nuestra. No puede ser que no se nos devuelva lo que es nuestro. Nunca nadie se plantó. Sin sangre y sin guerra tenemos que recuperar eso y con ese acto, vamos a saber que no fue en vano el hecho de que nuestros camaradas hayan dejado su vida allá. Solo queremos que esté nuestra bandera ahí adentro.
En el frente
–¿Cómo fue tu experiencia en las islas?
–Yo llegué en las últimas 36 horas de combate, era el peor momento de la guerra, Puerto Argentino estaba siendo rodeado. Esa capital está rodeada por zonas altas, allí estaban nuestras defensas. Mi experiencia solo era lo que había aprendido en el servicio militar. Nosotros tirábamos con un cañón que pesaba 8.000 kilos y lanzaba una munición que pesaba 50 kg, que hacía una explosión considerable y causaba un gran daño donde llegaba. Había un observador adelantado que miraba al enemigo y nos pasaba las coordenadas para tirar. Vos solo tirás, no ves dónde cae la munición. Estuvimos todas esas horas hasta el mediodía del 14 de junio, que fue el último día de guerra. En esas horas habremos tenido unos “alto el fuego” de 10 o 15 minutos nada más. Parábamos, nos acomodábamos y seguíamos tirando. En cuanto a la camaradería fue espectacular, todos sabíamos lo que teníamos que hacer, esos cañones tiran de promedio cuatro tiros por minuto y nosotros llegamos a tirar seis. El cabo primero que nos dirigía a nosotros tenía un año más que nosotros y el oficial, tres años más.
–Estuviste 36 horas ininterrumpidas combatiendo. ¿En qué pensabas?
–No se pensaba, se reaccionaba; yo hacía lo que había aprendido en instrucción. Sabía que tenía que trabajar con el cañón. No me acordé absolutamente de nadie, sólo sabía que tenía que cargar el proyectil y cerrar el block de cierre del tubo y percutar el cañón. Era constante, siempre lo mismo, no se me vino a la cabeza otra cosa, no hay tiempo. Podías corregir algo sobre la marcha, pero solo eso.
–¿Quiénes te apoyaron en estos 40 años?
–Mi familia antes que nadie, desde el primer día. Mi novia, sin dudas, fue muy importante. A los seis meses de regresar ella queda embarazada, nos casamos siendo menores de edad (21 y 18 años) y desde ahí empezamos a construir nuestra familia. Mis suegros fueron como unos padres para mí también. Éramos dos familias humildes y eso nos ayudó a compartir todo. Pero mi mujer siempre fue la que más me bancó diciéndome las cosas justas en el momento justo, ella me calmó siempre. Hoy tenemos dos hijos y seis nietos. Todos son mi orgullo. Siempre buena gente y relacionados al deporte por sobre todas las cosas.
Hermanos de la vida
–¿Volverías a pelear esa guerra?
–Lógicamente sí, sin dudarlo. Si Argentina tiene que ir a un conflicto armado para recuperar Malvinas, yo tengo que estar ahí. En las condiciones que sea, como sea. Así llegue con bastón o muletas yo quiero estar ahí. No soportaría no estar.
–¿Que necesitan hoy los ex combatientes?
–Necesitamos el reconocimiento final, que en Malvinas flamee nuestra bandera y tengamos la soberanía absoluta. Después no hay asistencia de salud correcta y justa para veteranos, a veces vas al PAMI y hay médicos que no te atienden y nosotros tenemos ya 60 años y a esta edad necesitamos esa tranquilidad en salud. Hay acuerdos internacionales donde al veterano se le debe dar una buena asistencia médica y una ayuda económica que muchas veces nos ayuda a vivir mejor, porque el veterano que puede trabajar, trabaja. Pero lo importante es la atención médica.
–¿En qué te cambiaron esos días en Malvinas, a vos, cómo persona?
–Quizás me cambiaron en el sentimiento de ser veterano y no serlo. Posguerra uno se da cuenta que se pone a pensar donde estuve, lo que hicimos y los que se quedaron allá. Ahí te das cuenta de que hubo muchos hermanos que dejaron lo más valioso que tenían que era su vida. Yo hoy me encuentro con un veterano y me encuentro con un hermano de la vida.




















