Historias del pasado
La historia no es más que una elaborada y fundada interpretación de lo que pudo haber sido y también de lo que no pudo ser. Estas interpretaciones siempre radicaron en personalidades destacadas que hicieron asumieron relatos y vidas pasadas como propias. Seres que priorizaron lo descartable como imprescindible y que transformaron en inolvidable aquello que rozaba las orillas del olvido.
Ignacio Etchart
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La ciudad de Victoria encarna vívidamente los múltiples pasados que posee esta parte del territorio argentino. Desde las riberas sureñas del Paraná se puede apreciar en el horizonte las crónicas de las primeras oleadas inmigratorias, las historias de tiempos coloniales y, si se presta un poquito más de atención, también se escuchan tímidamente los relatos de los pueblos precolombinos que habitaron estas tierras.
Pero frente a esos recónditos relatos se requieren oídos no sólo atentos sino curiosos, hambrientos y voraces de verdades ocultas. Son historias que no se presentan en formas acabadas como puede ser un escrito, una narración oral o una expresión arqueológica de aquellos tiempos.
Para percibir y alojar dichas historias se debe colocar ante todo la pasión por la verdad, por el descubrimiento de eso que nunca dejó de ser, pero hace tiempo que ya no está.
Sobre una eminencia
La historia del investigador y antropólogo Juan Bautista Ambrosetti es por demás conocida. Pionero en el campo etnográfico, sus obras lo colocaron junto con su discípulo Salvador Debenedetti como los iniciadores de la antropología social en el país junto.
Gualeyo por nacimiento, los trabajos de Ambrosetti le permitieron recorrer gran parte del territorio nacional teniendo como única iniciativa sus deseos de conocimiento, de desterrar saberes olvidados y traer al presente relatos pasados.
Lo que pocos saben es que sus primeros descubrimientos sucedieron en las orillas del Paraná que recorre la ciudad de Victoria cuando apenas tenía 18 años, mientras visitaba familiares en la zona.
Antes de comenzar el breve repaso sobre los comienzos de Ambrosetti, también se debe destacar a sus vástagos indirectos. Seres de igual pasión y curiosidad que ahondan en las aguas del pasado para recuperar esas historias al borde el olvido y traerlas nuevamente al presente. Historiadores e investigadores victorienses que publican sus hallazgos en la página de Facebook “Historias de Victoria” y que son la fuente de este escrito.
Un joven curioso
En la década de 1880, siendo apenas un muchacho, Ambrosetti, aprovechaba la suspensión de sus estudios para visitar en Victoria a sus primos hermanos, los hijos de Francisco Cúneo y de Luisa Antola. En aquel tiempo, el naturalista incipiente desenterró en las islas de Victoria los primeros restos de alfarería indígena en la costa del Paranacito. Este mero acontecer dio inicio a la renombrada carrera científica de Ambrosetti.
Transcurridos los años, Ambrosetti completó su labor de investigador, arqueólogo e impulsor de diversos estudios etnográficos que lo llevaron a representar a la Argentina en diversos congresos científicos del mundo. Sin embargo, no se debe olvidar ese bautismo antropológico que habilitó todo un mundo de saberes sobre las poblaciones antiguas que habitaron estas tierras.
Como evidencia de aquel primer encuentro a orillas del Paranacito, Ambrosetti redactó lo siguiente:
“En el año 1882 hice un primer viaje al departamento Victoria en la provincia de Entre Ríos y a pesar de muchas pesquisas que llevé a cabo en el Cerro de la Matanza que se encuentra al lado del pueblo, no hallé nada que pudiera revelar la existencia de los antiguos minuanes, habiendo sido ese el último baluarte en donde se resistieron y fueron diezmados por los españoles legándole este hecho su nombre sangriento. Razones que no son del caso me obligaron a regresar a Buenos Aires sin haber podido llevar a cabo alguna excursión provechosa. Inútiles también fueron los repetidos encargos que hice a varias personas para que buscasen y me enviasen objetos arqueológicos de allí”.
“En 1885 volví nuevamente a Victoria visitando varias veces el famoso Cerro de la Matanza sin resultado, lo que me hizo suponer que todos los trabajos hechos en ese sentido eran inútiles y que debía dirigir mis pesquisas en otro”.
“Dado el carácter de los minuanes como tribu nómade, era de suponer que tuvieran sus paraderos en las costas de los ríos, abundantes en elementos de vida y ofreciéndolos con más facilidad que en el interior, así es que resolví investigar por allí. Algunos datos recogidos y unas muestras de alfarería lisa que me regalaron unos isleros, concluyeron por convencerme”.
“Poco tiempo después acompañado por mis amigos don Paulino Robledo, su hijo Manuel y don Francisco Jáuregui, tuve ocasión de reconocer la costa del río Victoria, en dirección oeste recogiendo en esta excursión más de 500 trozos de alfarería, en su mayor parte lisa, que hallábamos enterrados sobre la barranca a 20 cm. debajo de la capa vegetal”.
“Mucho cavamos y revolvimos en varios puntos sin hallar más que alfarerías fragmentadas. La ausencia completa de otros objetos me hizo suponer que no se tratase allí sino de simples paraderos transitorios”.
“Días después seguimos costeando el río en el monte del señor don Nicodemus Atencio, a 15 cm. bajo la capa vegetal, volvimos a hallar una cantidad enorme de fragmentos todos lisos”.
“En vista de esto resolví aceptar una invitación para visitar una pesquería situada en las islas frente a la Victoria, de propiedad del capitán Ballesteros. Allí también hallamos grandes depósitos de fragmentos, muchos de ellos con dibujos grabados que recogimos con el Sr. Luis Cúneo que me acompañaba”.
“Mientras tanto, de la isla del Ceibal me llegaba una gran bolsa llena de fragmentos en su mayor parte lisos, que el señor don Paulino Robledo había mandado recoger allí. Simultáneamente, el señor Toribio E. Ortiz, director de la sección paleontológica del Museo del Paraná, llevaba a cabo una excursión por el punto llamado ‘Paracao’, cerca de la ciudad del Paraná y recogía muchos fragmentos de alfarería junto con una bola perdida y huesos fragmentados”.
“Al mismo tiempo el joven José Sors que donó al Museo del Paraná todas sus colecciones con el laudable propósito de coadyuvar a su adelanto, recogía también otra serie de fragmentos en un arenal situado cerca de la ciudad donde el agua, al desprenderlos de las barrancas, los depositaba allí. Terminada mi visita las islas, la que espero volver a emprender con mayores datos y elementos en breve, regresé al Paraná abandonando a Victoria, tumba no sólo de los minuanes en 1701 sino también del esforzado Juan de Garay, el valiente fundador de Buenos Aires, a quien exterminaron junto con sus 40 compañeros en una noche del año 1584 mientras habían bajado a tierra para buscar en el tranquilo sueño el reparo de sus fuerzas esos terribles guerreros que nunca dieron ni pidieron cuartel”.




















