Reminiscencias
Los relatos e historias del pasado narran la cotidianidad actual. Casi imperceptibles, esas antiguas anécdotas de quienes nos precedieron están mucho más vigentes de lo que se dimensiona. Traerlas a colación y exponerlas como un pasado constituyente del lo cotidiano no representa más que el hoy mismo.
Ignacio Etchart
redaccion-er@miradorprovincial.com
La ciudad de Victoria comprende en su existir una infinidad de historias que constituyen la identidad tradicional de su gente, de sus paisajes y de sus arquitecturas. Marcas del pasado que refieren siempre a situaciones de un presente, como una suerte de eco eterno que trasciende todo menos el olvido. Por estas razones a continuación se expondrán una serie de breves relatos que habitan en la localidad provincial, pero cuyas fronteras narrativas no tienen fin alguno.
Antes de comenzar se debe destacar el comprometido y altruista trabajo de historiadores, investigadores y siempre insatisfechos hambrientos de saberes ocultos en las hojas del ayer. Saberes hoy desocultados y plasmados en las publicaciones de la página de Facebook, “Historias de Victoria”, las cuales son la fuente de esta nota.
Una pequeña introducción
Los procesos de urbanización no constan simplemente de la construcción de viviendas, caminos o la fertilización y cultivo de los campos. Las personas no se alojan solamente en casas ni se alimentan solamente de un plato de comida tradicional. Siempre el ser humano necesitó alojarse y alimentarse espiritualmente, mamar lo místico de la vida para así darle sentido a lo cotidiano y transitar la vida terrenal gozosamente.
Los vecinos y vecinas de La Matanza -población hoy conocida como Victoria tras la publicación de un decreto formal, firmado por el entonces el gobernador de Entre Ríos Juan León Sola en 1829- comenzaron a instalarse en estos territorios hacia finales del siglo XVIII y principio del XIX.
Caminos, viviendas, industrias y cultivos comenzaron poco a levantarse para conformar el paisaje urbano que hoy constituye la zona suroeste de la provincia. Sin embargo, como se recordó anteriormente, no sólo del pan vive el hombre y la mujer.
Sobre una necesidad
Las poblaciones de La Matanza y demás parajes aledaños, diseminados en lo que luego se convirtió en el actual Departamento Victoria, debían visitar la ciudad vecina de Nogoyá o Paraná para poder asistir y participar de los servicios religiosos tradicionales y constituyentes del alimento anímico que tanto anhelaban, además de la función burocrática que ejercían estas instituciones. El propio Joaquín Salvador Ezpeleta, fundador espiritual del a ciudad, debió registrar el nacimiento de dos de sus hijos en Nogoyá a falta de una organismo cristiano en la zona.
Ante la imperiosa necesidad de disponer de dicho servicios se le solicitó al entonces Obispo Benito Lué y Riega, quien estaba realizando una visita pastoral por la zona, la construcción de un Oratorio en La Matanza. Así fue como un 8 de marzo de 1808 comenzaron las presentaciones para formalizar por expediente el pedido.
Una vez concretada la solicitud, los vecinos y vecinas de Pajonal, Chilcas, Manantiales y Seivas, en coordinación con los habitantes de La Matanza, le otorgaron a don Joaquín el poder de “levantar un oratorio enfrente del Puerto de La Matanza y a la distancia de un cuarto de legua de dicho puerto”. Por su parte, los pobladores de la zona se comprometieron a mantener el culto divino y pagar una renta anual de doscientos pesos al Capellán.
Con el tiempo se fueron generando y reproduciendo una serie de escritos para que el Obispo autorizara la creación del Oratorio, ya que él representaba al Virrey como autoridad civil en ejercicio del patronato. Finalmente, ante el Juez Pedáneo Juan Ventura Zapata, se firmó el documento final de compromiso donde Ezpeleta se constituyó como “fiador de los vecinos”.
El oratorio
El primitivo santuario era un simple rancho. Apenas medía 25 de metro de largo y 7 de ancho. Era un simple rectángulo que contenía en su interior una sacristía que se conectaba con la capilla principal.
Tenía una puerta principal en el frente del edificio, otra al costado y apenas tres ventanas. El presbiterio estaba construido en adobe y el resto de estanteo (una mezcla de barro con paja, armado sobre un encañado mezclado con paja y colocado sobre un encañado de varillas y horcones).
Poseía un techo de dos aguas de paja cosida con tientos, con cumbrera de troncos de paja y tijeras o tirantillos de caña tacuara. El piso era de tierra apisonada y las paredes revocadas con cal y arena y blanqueadas.
Rebelión
No todo gesto revolucionario se encarna en grandes hazañas ni en trascendentales aconteceres. A veces un humilde pero organizado gesto comunitario puede hacer temblar las bases de lo ya establecido como no se imagina.
Como ya se ha relatado en varias oportunidades, el histórico Oratorio de La Matanza celebró su misa inaugural, presidida por el Cura Vicario de Paraná Dr. Antolín Gil Obligado, un 13 de mayo de 1810. Hoy esta fecha es reconocida como la fundacional de la ciudad de Victoria. Sin embargo existe un detalle a veces escurridizo a la historia oficial.
La tradición indicaba que era el Obispado, apéndice del Virreinato, quien instituía qué Virgen iba a patrocinar las edificaciones religiosas. Pero Victoria, comunidad que durante su pasado se destacó como progresiva, osada y trascendente, tenía otros planes para su folclore constituyente.
Por aquél entonces el territorio de La Matanza estaba habitado mayormente por pobladores vascos. Y fueron ellos y ellas, vecinos y vecinas de la zona, quienes tomaron la decisión de asumir a Aránzazu, la Virgen Vasca, como la Patrona del primitivo Oratorio. Se rompió una regla por voluntad popular.
Hoy, 200 años después, la primitiva capilla se transformó en la actual Basílica de Aránzazu, título concedido por el venerable Papa Francisco en mayo de 2020 para “intensificar el vínculo de esa iglesia con la Iglesia de Roma y con el Santo Padre, además de promover su ejemplaridad como centro de particular acción litúrgica y pastoral en la Diócesis”, según lo informó en su momento el obispo Héctor Zordán, titular de la Santa Sede de Gualeguaychú.




















