De Rosario del Tala a La Cárcova
En el 2014, el Padre Andrés Benítez llegaba a Buenos Aires con la idea de conocer la labor de José “Pepe” Di Paola, el cura villero del que tanto se hablaba no sólo por su amistad con el papa Francisco sino también por sus acciones en la comunidad. Lo que comenzó como una simple visita terminó transformándose en un apostolado de amor y compromiso con el prójimo, que se mantiene hasta el día de hoy.
José Prinsich
redaccion-er@miradorprovincial.com
Nunca se imaginó Andrés Benítez (36) cómo iba a ser su presente una década después de haberse recibido de sacerdote, aquel 5 de noviembre de 2011. Quizás se imaginaba en alguna parroquia del interior, atendiendo confesiones, de sotana negra y esperando la llegada de los fieles para comenzar la Santa Misa. Pero, como bien reza el refrán, uno propone y Dios dispone.
Los planes del hombre nacido en Rosario del Tala cambiaron radicalmente y todo se remonta al año 2014 cuando, a raíz de un colega amigo, decide conocer a José “Pepe” Di Paola, el cura villero que se hizo conocido en todo el país no sólo por su gran relación con el papa Francisco (que por aquel entonces era Arzobispo de Buenos Aires) sino también por las grandes acciones que llevaba adelante en La Cárcova.
Con un bolso repleto de expectativas e ilusiones, el entrerriano marchó rumbo a José León Suárez. La experiencia lo había transformado por completo y una pequeña semilla evangelizadora había nacido en él. Volvió a su tierra natal para continuar su labor como presbítero, donde pasó por las ciudades de Nogoyá y Paraná.
A fines de 2018, el Padre Benítez le solicita permiso al Arzobispo Juan Alberto Puigari para poder ejercer el ministerio pastoral en el partido de San Martín y, de esta manera, poder acompañar a Pepe en su misión evangelizadora. El hincha de Racing de Avellaneda llegó en marzo del 2019 a la villa y desde esa fecha su vida tuvo un giro de 180 grados.
-Cumpliste 11 años de tu ordenación sacerdotal. ¿Te imaginabas este presente?
-La verdad que no. Soy nacido en Rosario del Tala. Ahí están mis padres, ahí me crie. Mi familia fue y es muy religiosa, católica desde mis abuelos y mis padres. Tengo dos tíos sacerdotes, uno falleció el año pasado. Me crie en la fe, en la familia, en Dios. Eso fue lo que uno fue recibiendo desde chico. Terminé la escuela primaria en Tala y, a los 13 años, me fui a estudiar a Paraná para hacer el secundario menor en el Seminario. Culminé el secundario y empecé a estudiar para cura en el 2003. Nunca, en mis años de formación ni de cura, había escuchado hablar sobre la existencia de curas que vivían en las villas o sobre el Padre Mujica. Como que el estilo era este y había que ser cura así, más formal o el cura que está siempre adentro del templo y ahí espera a que venga la gente o solamente el que hace la misa, confiesa y bendice el agua. Era la idea que uno tenía sobre lo que era ser cura.
-¿Cuánto te cambió este apostolado?
-Para mí fue realmente encontrar el lugar, pero sobre todo la forma y la manera en la que yo tenía que ser cura, un cura de la villa. Fue todo nuevo y volver a nacer en todo sentido. Acá me cambió la forma de creer, de rezar, de ser persona, de escuchar, de sentir, de compadecer y de acompañar. Esto fue un cambio de vida total. Encontré realmente que ser cura es el estar, el vivir codo a codo, día a día con la gente que más sufre. Esto fue y es increíble descubrirlo. Soy un agradecido a mi familia por la educación y la fe. Siempre dije que soy un agradecido también a Dios porque me la hizo muy fácil en cuanto al discernimiento vocacional porque desde chiquito ya sabía que quería ser cura y eso nunca cambió. “Me la hiciste muy fácil, flaco”, le decía a Jesús. Pero cuando Dios te la hace tan fácil por otro lado te la va a pedir. Nunca me imaginé en la vida que iba a estar acá.
-¿Cómo es la situación actual en La Cárcova?
-Es un combo bastante interesante. En muchos casos, la gente vive en una situación de mucho hacinamiento, o sea, son lugares pequeños para mucha gente viviendo. Hay casas donde tenés tres o cuatro generaciones juntas con abuelos, padres, hijos, nietos y bisnietos. Es poco el lugar que ellos tienen para vivir como así también son muy precarias las construcciones de sus casas. Pero ese es el lugar que ellos van encontrando y descubriendo. Ahí empieza el tema de las changas para ganar el pan. Hay calles con mucho barro o que no tienen cloacas, o el agua no es tan potable. Hay cortes de luz a cada rato.
-¿Cuáles son las preocupaciones más importantes?
-Ahora, en tiempo de pandemia, se agudizó mucho el consumo de drogas y obviamente la violencia y la delincuencia. Muchas veces los pibes no van a estudiar porque se quedan en sus casas a cuidar a sus hermanos o salen a trabajar con sus familias porque hace falta o el papá no se quiere ir de la casa para dejar solos a los hijos y los lleva en el carro. Es otra vida, otra historia. Nosotros tenemos un lugar que se llama el Hogar de Cristo donde recibimos a los pibes y pibas con problemas de adicciones. Durante la pandemia pudimos hacer que 40 pibes se recuperaran de las adicciones. Hoy están estudiando, laburando y volvieron con sus familias. Es un laburo increíble sobre todo el que hace Pepe como referencia y guía espiritual de todo esto. Pero es la comunidad que él ha formado durante tanto tiempo y que acompaña semejante laburo.
-¿Cómo es un día común en La Cárcova?
-Generalmente arrancamos a las 6.30. Tengo un ratito de oración personal, que a veces lo comparto con el Padre Pepe. A las 7 desayunamos y tomamos unos mates. De a poquito, la gente llega a los comedores para empezar a cocinar. Hay que abrir la iglesia. Acá parece que somos San Pedro porque hay como 150 puertas (risas). Acá todo está cerrado con llaves por el tema de la seguridad, más que nada por las cosas de valor que tenemos. También vemos que no falte nada para cocinar y hacemos una recorrida por las otras capillas que tienen comedores, preguntamos si tienen gas o si se les rompió algo. Las demás capillas están relativamente cerca. A la tarde-siesta hacemos la inscripción de los chicos a la escuela. Tenemos un club parroquial, que no tiene una sede física, sino que cada capilla tiene una disciplina específica. También aprovechamos para visitar a alguna que otra familia. Hay muchas familias que no tienen posibilidad de ir a la salita o al hospital, así que los acompañamos. A las 12.30 estamos terminando de cenar y compartir. Luego tratamos de ir a descansar, así es de lunes a lunes.
-¿Cómo se organizan con la celebración de las misas?
-Acá tenemos misas todos los días. Por lo general, son en la capilla central que se llama “Virgen del Milagro”, que está en la entrada de Villa La Cárcova. Después los fines de semana hacemos misas en todas las capillas. Nos dividimos con el Padre Pepe y vamos visitando todas las capillas. Ese día nos encontramos con la comunidad. La gente del barrio participa. Los domingos hacemos la misa en la capilla y viene más gente de la zona, después la gente se queda a almorzar acá. Es la misa y la mesa como decimos. Es compartir la espiritualidad, a Dios pero después, el que quiera quedarse se queda. Tiramos mesas, tablones y a veces estamos comiendo 60 o 70 personas. Es hermoso y tiene esa vivencia linda de comunidad.
-¿Cómo describirías al Padre Pepe?
-Es un ser humano con un corazón increíble. Un tipo que constantemente está pensando y diagramando para poder llegar a más personas. Es un tipo que tiene la autoridad de la vida y la experiencia. Es un padre realmente y lo ves en el trato con las personas. Es el padre que recibe y se hace tiempo para todos. Pepe tiene una agenda detonada, sin embargo, vos pasas y decís: ‘Padre, ¿puedo hablar dos minutos con usted?’ y te dice bancame un segundo y se hace un tiempo para vos. Eso habla de su generosidad, de su laburo. Para mí, es un honor y un placer estar a su lado. Para nosotros es el Diego de los curas. Uno aprende de él todos los días ya sea por su vida, su historia, experiencia o su carácter. Tiene una visión muy clara hace muchos años que trabaja en villas. A veces, uno ve el problema que tiene adelante y como que se nubla con eso. Él tiene ese don de poder ver el problema y la solución con una proyección a futuro. Ayuda, delega y respeta los tiempos del otro.
-En cierta manera rompiste esa idea tradicional de sacerdote
-Descubrí en la villa la humanidad y la fragilidad de la gente, que es humanidad y fragilidad mía también. Uno necesita acercarse a la gente y así me fui amoldando. Me preguntan por la forma de vestir y eso lo aprendí acá. La gente andaba así y para mí fue automático: calzarme la visera y andar con la camisa desprendida o de jeans. Ahora, por ejemplo, estoy de alpargatas porque hace calor. Acá salimos de procesión y esto es fiesta. Sacamos la imagen de la Virgen y va la gente bailando adelante, tirando cohetes, aparecen bengalas.
-¿Es creyente la gente en la villa?
-Tienen una devoción muy linda. Una fe sencilla, simple, pero muy importante. Por ahí uno piensa que la fe es algo complicado, difícil, de mucho estudio o con normas. Acá la gente te demuestra que cree y siempre te dicen ‘creemos que Dios nos va a ayudar’. Siempre está la presencia divina. Algunos con la imagen de la Virgen, otros con la imagen de algún santo o con la presencia de Dios. La gente tiene una fe intachable e inquebrantable. Acá muere una persona y antes de llamar a cualquiera, llama al cura para que le dé la bendición y eso es muy fuerte.
-¿Extrañas Entre Ríos?
-Sí y no, por así decirlo. Son sentimientos encontrados. En Tala, están mis viejos, mi familia y gracias a Dios pude hacer muchos amigos en mi tiempo en Nogoyá y Paraná. Los amigos se extrañan, pero este es mi lugar, es mi casa. La verdad que mi familia está acá, mi casa está acá, mi vida y mi laburo. Hace poco estuve en Tala, fui a ver a mis viejos. Me encanta porque con ellos descanso y los acompaño en su vida. Pero, son tres o cuatro días y el corazón tira. Se extraña la gente, la comunidad. Rescato la amistad de tantas personas que me siguen acompañando y que, desde el 2014, sabían de esta locura mía y me bancaron en todo.
-¿Tuviste alguna experiencia que te haya marcado?
-En estos tres años, uno ha vivido de todo, buenas y malas. Cuando vine en el 2014 a verlo a Pepe, él vivía en el fondo de la villa en una casilla de madera y chapa. Era una casita de dos por dos, entraba él, una mesa y alguien más. Era el único lugarcito que había conseguido para vivir. Recuerdo que habíamos recorrido el lugar y cuando llega la noche me dice que teníamos que ir a descansar. Yo pensé que íbamos a dormir en la capilla. Era la primera vez que yo me metía en una villa, así que imagínate cómo iba: escuchando los ruidos y viendo las casas, los cables, las calles. Pepe bajó como pancho por su casa y yo pegado al lado. Cuando llegamos a la casilla fue un golpazo al corazón, pensando que el Padre Pepe vivía ahí. Al otro día nos dirigimos a la capilla para desayunar. Cuando salimos de la casilla nos cruzamos con un vecino que venía de laburar y que había estado toda la noche de sereno. El hombre nos preguntó si habíamos desayunado, a lo que el Padre Pepe le respondió que no. El hombre metió la mano en la mochila que llevaba y sacó un pedazo de pan y lo partió a la mitad. Después me enteré que tenía señora, seis hijos y una pequeña casilla. Ese gesto, para mí, fue detonante y no hay mayor signo que eso. A parte, partió el pan y me hizo acordar a Jesús en la última cena. Siempre cuento esta experiencia porque el que menos tiene, es el que más da porque te da de corazón y no hay nada más valioso que el corazón. Lo material va y viene.




















