Opinión
Colón jugó otra vez como local en Paraná y el público Sabalero volvió a dejar en claro que existe una diferencia abismal en la manera de vivir el fútbol en Santa Fe con respecto a la capital entrerriana.
VÍCTOR LUDI
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A pesar de que son apenas 30 kilómetros aproximadamente los que separan Santa Fe y Paraná, en materia fútbol parece que la capital entrerriana está a años luz de distancia. Esto quedó en evidencia, una vez más, con los partidos que Colón hizo de local en el estadio Presbítero Bartolomé Grella, por la Copa de la Liga Profesional –ante Godoy Cruz y Barracas Central-.
En ambas ocasiones, más de 10 mil hinchas Sabaleros cruzaron el charco para alentar al equipo de sus amores, generando un clima de cancha difícil de igualar en esta ciudad. Caravanas multitudinarias, previas esquineras y una ciudad que se tiñó de rojinegra por los fanáticos santafesinos que acompañaron al elenco dirigido por Julio César Falcioni. En síntesis, Paraná fue, por unas horas, una ciudad futbolera.
También sucedió cuando Colón y Unión tuvieron que venir en 2003, como consecuencia de la terrible inundación que castigó a Santa Fe; o cuando el Tatengue se midió con Juventud Unida de Gualeguaychú por la Copa Argentina del 2018.
Si bien es insoslayable recordar que hubo un caso inverso relativamente cercano en el tiempo, que fue cuando Patronato se mudó al estadio Brigadier López para ser anfitrión de Rosario Central y River Plate en la Primera B Nacional. En esa ocasión, vale destacar, el paranaense acompañó masivamente al equipo en esos partidos históricos, a lo mejor porque muchos se imaginaron que no volverían a repetirse. Fue, quizá, una excepción a la regla.
Pero más allá de la cantidad de personas que se registraron en cada cotejo, es incomparable la forma de vivir y sentir el fútbol en cada ciudad. Quizá es lo más lógico teniendo en cuenta que el fútbol profesional llegó a Santa Fe en 1965, con el primer ascenso del Sabalero a Primera División -luego se sumó Unión, que estuvo cerca de ser campeón en la década del 70-; mientras que en Paraná recién conoció el fútbol profesional en 2010, tras el ascenso de Patrón a la Primera B Nacional.
Lo cierto es que, tantos años codeándose con los mejores del país, generaron que las personas vayan mamando el sentido de pertenencia por los clubes de su ciudad, sin importarles lo que ocurra con los equipos grandes. Es decir, en Santa Fe la gente es de Colón o de Unión, no Sabalero y de River o Tatengue y de Boca, por mencionar algún que otro ejemplo.
Esto en Paraná no ocurre. Al contrario, salvo algunos integrantes de las nuevas generaciones que crecieron viendo a su equipo entre los mejores, la gran mayoría de los hinchas de los equipos de la ciudad, independientemente de cuál se tratase, también simpatizan por alguno más grande –hay quienes lo disimulan más y otros lo hacen más evidente-.
Para que los más chicos continúen alentando al club de la ciudad, es indispensable que nuestros representantes se mantengan en una categoría competitiva, que seduzca a la gente, y que los clubes realicen un trabajo con el fin de atraer y capitalizar a las nuevas generaciones futboleras. El tiempo dirá si lograrán o no que, en un futuro, existan hinchas del equipo de nuestra ciudad que no sean “doble camisetas”.
De todos modos, esa forma fría de vivir el fútbol es uno de los tantos ítems que conforma la idiosincrasia paranaense, la cual es muy difícil de cambiar y la que nos separa mucho más que 30 kilómetros.




















