Intensa actividad en Entre Ríos
El embajador del Chamamé en el mundo estará de gira en la provincia, compartiendo su amplio repertorio con el público. La recorrida comprenderá Concepción del Uruguay, Colón, Villa Elisa, Paraná y Federal. En un mano a mano exclusivo con Mirador Entre Ríos, el acordeonista habló de su llegada a Francia, de sus inicios y de este género musical, que ya es considerado patrimonio inmaterial de la humanidad.
José Prinsich
redaccion-er@miradorprovincial.com
Desde el vientre de su madre, Raúl Barboza daba indicio de lo que iba a ser su carrera profesional. Con sólo escuchar música en guaraní, el futuro compositor se inquietaba tanto que su mamá tenía que retirarse del lugar para que el pequeño se relajara. Lo raro de esta situación es que no sucedía con cualquier género. Sólo el chamamé tenía la fuerza para hacerlo mover en la panza. No lo logró ni el tango, el jazz u otro estilo.
Con tan sólo siete años, Raulito comenzó a incursionar en el mundo del acordeón, el instrumento que lo iba a acompañar para toda la vida. Dos años más tarde, escoltaba a su papá a la radio para compartir el repertorio con los oyentes. Así fue mamando experiencia y nuevos conocimientos, claves para la maduración de cara a los años venideros.
El acordeón se convirtió en el traductor de las emociones de “El Mago”, apodo que le asignaron al hombre de las teclas a temprana edad. Con el paso del tiempo se transformó en un rebelde dentro de este arte, tomando un género marginal para convertirlo en algo valorado internacionalmente. Luego de mucho esfuerzo y dedicación, logró crear un chamamé propio, sacándolo de las pistas de baile y llevándolo a los grandes teatros del mundo, un hecho sin precedentes para el entorno.
La música de la Mesopotamia era conocida en diversos puntos del planeta y por eso lo llamaron “El Embajador del Chamamé”. Tuvo el placer de compartir escenario con referentes de la talla de Paco de Lucía, B.B. King o Peter Gabriel. En 1985 recibió el premio Konex a una de las cinco mejores figuras en la historia de la música popular argentina. Fue nombrado “Caballero de las Artes y de las Letras” por el Ministerio de Cultura y Comunicación de Francia. No quedan dudas de que Raúl Barboza, a los 83 años, sigue más vigente que nunca y Entre Ríos, durante el mes de febrero, tendrá la dicha de deleitarse con su concierto.
De gira por la provincia
Después de haber deslumbrado al público del Festival Nacional de Jineteada y Folclore en Diamante, el mago del acordeón volverá a Entre Ríos para compartir su vasto repertorio. La agenda de actividades comenzará el sábado 5 de febrero en Colón con la apertura de la Fiesta Nacional de la Artesanía.
Ese mismo día, Raúl también estará presente en Concepción del Uruguay, donde tendrá lugar el Encuentro y Festival “De Costa a Costa” en el marco de los 10 años del reconocido movimiento de música entrerriana. En La histórica, Barboza no sólo brindará su espectáculo en el escenario “José Castro” sino que también llevará adelante una charla para quienes deseen escucharlo.
El domingo 6, la ruta tomará rumbo hacia el norte. El músico hará 60 kilómetros para desembarcar en Villa Elisa, donde en el Centro Cultural “La Fragua” presentará Universo Chamamé: un recorrido por su música y el rescate de viejas glorias de la nación chamamecera.
El sábado 12 de febrero, el embajador del chamamé regresará a la capital provincial para ser parte de la grilla del ciclo “Música en el Anfiteatro”. La jornada – con entrada libre y gratuita, pero con reserva previa – se llevará a cabo en el Anfiteatro Héctor Santágelo. La gira por la tierra panza verde culminará el domingo 13 en Federal, donde se desarrollará el Festival Nacional del Chamamé en el emblemático escenario Ernesto Montiel.
-¿Qué recuerdos tiene de nuestra provincia?
-He participado en varios festivales en Entre Ríos. A veces íbamos a dormir a casas de familia. En una oportunidad estuvimos en la casa de una señora mayor, pero con una vitalidad enorme. Nosotros éramos sus hijos y por ahí nos retaba o nos decía algo. Era una maravilla la ternura de esa señora. Pasé varias veces por Entre Ríos, muchas sin detenerme porque no tenía conciertos en la zona sino más bien Corrientes, Misiones, Chaco. Pero he hecho conciertos en Paraná con la orquesta sinfónica en tres o cuatro ocasiones. Tengo recuerdos muy lindos de la provincia. Tengo parientes que viven allí, que son primos hermanos porque son hermanos de mi papá. Mi papá cuando salió de Curuzú Cuatiá siguió camino largo hasta Buenos Aires y ellos se quedaron en Entre Ríos. No los puedo ver porque mis caminos a veces no pasan por ahí, pero nos llamamos por teléfono, nos saludamos y, al menos, estamos cerca espiritualmente.
-¿Cómo es un día en la vida de Raúl Barboza?
-Es simple. Soy un hombre como cualquier otro. Nos levantamos, preparamos el mate, veo con mi señora qué es lo que hace falta para el día o la noche. Por ahí agarro el acordeón o la guitarra y toco un rato porque esto es como el boxeador, que va y le pega unos golpes a la bolsa, o el jugador de fútbol que va y juega media hora para no perder el ritmo. Hago eso todos los días, tratando de mantenerme contento, tranquilo y sobre todo con buena salud.
-¿Cómo fue esto de llevar el chamamé al mundo?
-Lo hablé en su momento con mi señora porque había que dejar el país, había que irse con la posibilidad de no volver o de volver en meses o en años. Me fui a Francia en el año 1987, yo no tenía trabajo acá en Argentina. No me llamaban los pisteros de baile. Siempre tuve un hermoso contacto con el pueblo entrerriano, correntino, de Santa Fe, de Misiones, del sur de Brasil, los paraguayos, uruguayos. Pero, a veces el comercio, hace que determinados músicos no sean potables para determinados lugares. Y yo era uno de esos a quienes no lo llamaban. Por lo tanto, tuve que amanearme para hacer otros trabajos para poder llevar el pan a mi casa. Un día mi señora me preguntó si no queríamos ir a otro país. Yo ya había estado en Rusia, había hecho tres viajes a Japón, pero quería intentar otra cosa.
-¿Qué pasó cuando llegó a Francia?
-No conocía el idioma, no tenía amigos. Había que zarpar en un barco e íbamos a descender en un país sin tener casa, techo, amigos, trabajo, seguridad social. Pero lo hicimos y lo hicimos como lo hicieron tantos músicos. Era dejar la familia. La suerte nos fue generosa. Alguien me conoció y me ofreció tocar. Como era argentino algunos grupos de bailes querían que yo tocara tango, pero les dije: “Muchachos, yo no vengo a tocar tango. Yo toco chamamé”, y me preguntaban qué era el chamamé. Nadie sabía lo que era el chamamé. Era totalmente incierto todo. Pero yo lo hice y tuve a mí señora que me acompañó. Yo no acepté tocar tango en ningún momento.
-¿Costó la inserción del chamamé al primer mundo?
-El chamamé se conoció pero todavía es una música muy joven. Cuando yo llegué a Francia, nadie conocía el chamamé porque no había ido ningún entrerriano ni correntino, santafesino, misionero o santiagueño a tocar chamamé a Francia, ni a Europa. Caí como peludo de regalo y no me fue mal. Me ofrecieron trabajo, me ofrecieron grabar. Grabé dos discos. Recibí los premios más altos para una música totalmente desconocida. Tenía que explicar todo. Ahora, con el tiempo, me fueron conociendo a través de los discos. Tuve los mejores premios para los dos primeros discos de chamamé en Francia. Grabé como seis discos en Argentina y nada.
-¿Cuánto sirvió todo este aporte que usted realizó?
-Al chamamé, la gente lo tiene incorporado. No he enseñado nada a nadie, al contrario, yo aprendí del mencho que zapatea cuando le gusta un chamamé o del mencho que emite un sapucai cuando le gusta tal o cual cosa. A él yo no le he enseñado nada. Aprendí de Mario Cocomarola, de Isaco Abitbol, de Ernesto Montiel. Ellos aprendieron, a su vez, de sus maestros. Yo simplemente toco la música que me gusta y que le gusta a un determinado público.
-Hace 50 años, usted y un grupo importante de artistas formaban parte del primer Festival de Jineteada de Diamante.
-Tuve la suerte en aquella oportunidad de conocer a gente como Ariel Ramírez, que me ayudó mucho cuando el chamamé no era aceptado en salones o teatros. Ariel me convocó para tocar chamamé en el teatro Odeón de Buenos Aires. Fue la primera vez que toqué Chamamé en un teatro y yo me sentí muy feliz. Era muy joven en aquel entonces. Estoy hablando del año 63. Para mí, fue un aprendizaje enorme estar con estos colegas. Hemos hecho giras enteras y lo hacíamos en ómnibus. Nada de aviones ni de autos con refrigeración porque no había. Nuestra climatización cuando viajábamos era el tereré.
-¿Ahí conoció a Carlos Santa María?
-En ese lapso de tiempo conocí al querido amigo Santa María, con quien he tenido una hermosa amistad a lo largo de los años. La vida hizo que él partiera de Argentina y yo también. Ahí dejamos de vernos. Pero ese dejar de vernos no fue un olvido en ningún momento porque yo lo volví a encontrar medio siglo después para tocar en el Festival de Jineteada y Folclore, en el escenario que lleva su nombre con justa razón, ya que fue un hombre que ha hecho tanto por la música entrerriana, difundiéndola por todos lados y hablando con respeto y cariño de sus colegas, de la gente humilde y de cada uno de los lugares por dónde él anduvo. Para mí, Carlos Santa María es una persona digna de todo respeto y tengo los mejores recuerdos.



















