Entre Ríos, patrimonios y paisajes culturales
A veces el patrimonio refiere a lo que no está, a lo que falta, a lo que alguna vez fue… Así, en ocasiones descubrimos un edificio que se diferencia de su entorno evidenciando que perteneció a otro del que no quedan huellas. Vivimos en ciudades construidas como palimpsestos donde las nuevas arquitecturas se yuxtaponen a las anteriores, pero dejan emerger la estructura de soporte.
Mariana Melhem
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Obras como la Capilla Norte de San Miguel o el Colegio del Huerto, en Paraná; la antigua capilla de Diamante, frente a la plaza; o la Casa Haedo, en Gualeguaychú presentan, a primera vista, una singularidad formal que remite a otro tiempo y, aunque el observador no cuente con datos precisos, por simple observación descubrirá las diferencias.
En principio, tanto el (hoy) Colegio del Huerto como la antigua capilla de Diamante y la Casa Haedo son obras ubicadas en esquina y sin ochavas. Este dato aporta una pauta respecto a la antigüedad de estas construcciones ya que la obligatoriedad de ochavas es de la década de 1870. En efecto, se trata de edificios realizados antes de esa fecha y en una segunda lectura, emergen otros datos.
Claves para lectura de casos
En Diamante, la austera fachada exhibe una espadaña en lugar de torre campanario, y los arcos de medio punto sobre puerta y ventana solo se encuentran “dibujados” sobre el revoque, mientras las aberturas son de dinteles rectos. Estas características invitan a descubrir que el artesanado de la construcción local tenía un cierto desarrollo en técnicas de albañilería que le permitían producir una espadaña de tres arcos, ornamentos sencillos, pero bien escuadrados tales como cornisas, guardapolvos en forma de arco, pilastras de capiteles sintéticos y basamento bien proporcionado. Mientras las aberturas de madera son de proporciones que acentúan la verticalidad. Ahora bien, si se cruzan los datos surgidos de la observación con la fecha de fundación del pueblo (1836), se puede entonces aproximar una fecha de realización posterior al trazado de la plaza y anterior a la legislación sobre ochavas, consultando datos de archivo se puede confirmar que las características que presenta corresponden a su fecha de construcción entre 1849 y 1851.
Para el caso de la vivienda Haedo, en Gualeguaychú, además de las evidencias de la falta de ochava, las gruesas paredes, las aberturas de madera sencilla, los guardapolvos curvos y la cornisa corrida; se cuenta con referencias de la familia que la construyó en 1808 (que entrelaza los apellidos Borrajo, Doello, Haedo) y que la habitó hasta 1986. Documentos gráficos como litografías de tiempos remotos y fotografías, evidencian su permanencia, aunque con algunas transformaciones de poca relevancia para el conjunto.
El actual Colegio Nuestra Señora del Huerto, fue construido como sede del primer Senado en tiempos de la Confederación Argentina cuando Paraná fue Capital Provisional. Esta circunstancia histórica favorece la aproximación a datos de origen (1858) y autoría, el proyecto estuvo a cargo del arquitecto Italiano Santiago Danuzio, quien formó parte de las transformaciones arquitectónicas y urbanas que necesitó desarrollar la ciudad para cumplir con su rol institucional. Aun con esta información disponible, la obra ha perdido su contexto y función original, pero es “puerta de entrada” a una historia que se desvanece en el tiempo, actuando como documento construido de una época.
De Senado a escuela
El edificio se habilitó con la inauguración del quinto período legislativo del Congreso Nacional. El Senado sesionó allí hasta 1861, cuando por la acefalía del Gobierno Nacional, Paraná deja de ser la Capital de la Confederación Argentina.
En 1864, el entonces gobernador de la provincia, Gral. J.J. Urquiza dictó un decreto creando una escuela pública de niñas a cargo de las Hermanas de la Caridad que por decisión del presidente Mitre ocupó el edificio y permanece hasta nuestros días.
La obra, de líneas clásicas y austeras, cuenta con un basamento liso tratado con rehundidos bajo las ventanas que da soporte al cuerpo del edificio, donde se planteó una sucesión de ventanas rectangulares dispuestas a intervalos regulares y enmarcadas por pilastras que imitan mampuestos y que a su vez sostienen la cornisa superior que corona el edificio.
Entre las ventanas del primer nivel y la cornisa se reconoce un segundo nivel de ventanas de menor tamaño correspondientes al balcón corrido que en el interior se desarrolla sobre el gran salón de doble altura.
El más antiguo
La más atípica de todas las obras es la Capilla Norte de San Miguel, de la que no se encuentran otros ejemplos. No en vano estamos ante el edificio religioso en pie más antiguo de la provincia y el más antiguo que se conserva en la ciudad. Su localización –mirando al río– es una de las pautas que sorprenden mientras su cúpula –por mucho tiempo disimulada– llama la atención en una obra tan antigua. Se sabe, aun con la escasa documentación obrante, que nació en 1822 momento en que la plaza Alvear no existía y en un lugar donde se asentaba el rancherío de los negros libertos. Aun sin tener datos de la autoría de proyecto se puede descubrir un avanzado conocimiento de las reglas del buen construir y las capacidades portantes del arco y la cúpula para cubrir un espacio de siete metros de lado con una tecnología tradicional de mampuesto de ladrillos con mortero de cal y sin ninguna otra componente adicional. A los lados de la nave central se yerguen dos salas complementarias y de menor altura.
Su ubicación –hoy central– no lo era en los primeros tiempos ya que se implantó en un sector periférico a la iglesia matriz, de camino al puerto. Era parte del cuarto cuartel que comprendía desde las tierras aledañas a la capilla hasta el caserío del Puerto, siguiendo la traza del viejo camino que los vinculaba y que hoy, luego de proyectarse su trazado definitivo en 1836 –junto al de plaza Alvear y el inicio de obras del nuevo templo– es Alameda de la Federación.




















