Usos productivos del espacio rural
Originalmente, buena parte de la provincia de Entre Ríos fue un territorio proyectual de los cabildos coloniales (mayoritariamente el de Santa Fe). En esos momentos la principal importancia de estas tierras residía en sus cualidades naturales para crianza (espontánea) del ganado en la estancia, cuya modalidad de tipo absentista, es decir, que el dueño no residía allí sino en la ciudad, no requirió de construcciones permanentes.
Mariana Melhem
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La estancia era una unidad de propiedad extensa, otorgada por merced a un vecino destacado de la ciudad o a una orden religiosa, en cuyo interior se desarrollaban actividades económicas mixtas de explotación para el comercio interregional, esencialmente faena de ganado “alzado” y de producción agraria con fines de autoabastecimiento o comercialización local. La población efectiva estaba constituida por la peonada (criollos y esclavos), que se estableció conformando pequeños rancheríos. Ejemplo de estas explotaciones son las estancias de los padres jesuitas y las de García de Zúñiga y Wright.
La producción como estrategia
Durante la primera mitad del siglo XIX, con el reconocimiento y dominio definitivo del territorio por parte de las Gobernaciones e Intendencias de Santa Fe, Buenos Aires y Yapeyú, dio comienzo el poblamiento del interior provincial mediante la subdivisión de las concesiones coloniales en unidades más pequeñas e incrementando así el número de propietarios a los que se sumó el Estado provincial. Con mayor número de habitantes resultaba más sencillo el cuidado ante posibles invasiones externas mientras iniciaba el proceso de “poner a producir el territorio” que se completaría en las décadas subsiguientes.
Colonia agrícola y saladeros
Hacia la década de 1850, con el establecimiento del Gobierno Confederal, se propició el desarrollo equilibrado del territorio, a través de políticas de ocupación que hicieron hincapié en la producción agrícola a través de la colonia de extranjeros, como modelo de poblamiento y configuración definitiva. Las colonias fueron la contrapartida espacial de las estancias con parcelamientos a pequeña escala. Funcionaron como unidades productivas familiares y comunitarias constituidas a partir de un contrato entre las empresas colonizadoras y colonos europeos.
La chacra de Forclaz, ubicada en el límite del ejido de Colón, es un claro ejemplo de cómo se estructuraba el espacio productivo y de residencia. Implantado sobre una parcela de cinco hectáreas, las construcciones realizadas por la familia conformaban un conjunto arquitectónico compuesto por: vivienda con su aljibe para provisión de agua, galpones para depósito de herramientas de labranza y demás enseres, un molino de viento y un molino de malacate. Estas construcciones fueron dispuestas por su propietario, el señor Juan Bautista Forclaz, en la parte más alta del predio, destinando el resto de la superficie para labranza en sus diferentes opciones: huertas, plantación de frutales, pastoreo, sembradíos, etc. Los límites de la chacra estaban materializados por alambrados conformados por postes, varillas y horcones de ñandubay e hilos de alambre liso o de púas, según las necesidades.
Las construcciones fueron realizadas con materiales de la zona y sistema constructivo tradicional, se presentan como volúmenes puros, simples, destacándose el molino a viento en forma de cono truncado. Las fachadas son muy sencillas, sin ornamentos y se destacan por el trabajo del ladrillo sin revocar.
La organización espacial tiene como centro a la vivienda, alrededor de la cual se ubican el resto de las dependencias: molino de viento y galpón para molino de malacate, patio con emparrado, antepatio y aljibe. La estancia, si bien no experimentó grandes cambios, incorporó infraestructura y especialización. El saladero tributario de la materia prima aportada por la estancia fue una próspera industria que permitía comercializar la carne vacuna hacia otras latitudes a través de los puertos. Demandó la construcción de infraestructura portuaria y oficinas para administración.
Son ejemplo de estas unidades el Naranjal de Pereda, en Concordia; y el Saladero Santa Cándida, en Concepción del Uruguay.
El Naranjal de Pereda fue un importante paraje jesuítico a principios del siglo XVIII que integró la ruta de la yerba mate. Hacia 1867 se instaló uno de los primeros saladeros de la ciudad, momento en el que fue levantada la construcción que aún se encuentra en pie y que se distingue por su partido arquitectónico organizado en forma de patio central, cuyo pabellón principal, orientado hacia el río, se encuentra articulado por una sucesión de aberturas con arcos de medio punto y en el módulo central se destaca una torre mirador.
El saladero Santa Cándida inició sus actividades en el año 1847, propiedad del General Urquiza, que dispuso la industria para faenar de su propio ganado. Las instalaciones estaban compuestas por un sector de oficinas y el área de producción propiamente dicha que, de acuerdo a un inventario general, constaba de seis galpones, dos de tamaño mediano; el principal, (124 x 15 varas) “galpón saladero y playa, con dos piletas”; otro destinado a la salazón de la carne, del cuero y lavado; un depósito de sal y otro para depósito de grasa; el sexto era “tonelería y carpintería” dedicado a la construcción de pipas y toneles. Existían dos corrales, y las dependencias accesorias (ranchos para vivienda, cocina y panadería).
Su localización junto al río, con instalaciones portuarias, favoreció la transformación en Palacio compuesto por diversas dependencias, cuyo proyecto perteneció al arquitecto Pedro Fossati. La actividad industrial se extendió hasta 1858, momento en el que pasó a ser residencia.
Integración productiva en un modelo mixto
El modelo agroexportador hundió sus raíces en la estancia agrícola ganadera, unidad productiva fundamental que favoreció una estructura de acumulación nacional. El sector social terrateniente se hizo propietario de los medios de producción y se autoproclamó representante de los intereses de la Nación. En su doble rol de productores y de ciudadanos dirigentes, los miembros de la oligarquía necesitaron espacios tanto en el ámbito rural como en el urbano, bajo la concepción estilística europea: el casco de estancia fue la contrapartida del petit hotel y el palacio del ámbito urbano.




















