Fútbol y algo más
Días atrás, en las páginas de MIRADOR ENTRE RÍOS se describieron los pasos fundadores del Club Deportivo 25 de Mayo, de Victoria. Sin embargo, a diferencia del relato desarrollado durante aquella entrega inicial, en
el número de hoy se presentarán breves anécdotas que se pretenden futboleras, pero en realidad son el palpable recuerdo de cómo se vivía en tiempos pasados, aunque no lejanos.
Ignacio Etchart
redaccion-er@miradorprovincial.com
Un domingo 12 de mayo de 1910, 15 muchachos formalizaron la fundación del Club Deportivo 25 de Mayo de Victoria. Ya más de un siglo ha transcurrido desde aquella tarde. Y con el tiempo, la densidad institucional y deportiva del Mayense sólo fue creciendo cada vez más y más.
Sin embargo, el hito inicial no fue puramente futbolístico. Y como toda historia referida al balompié, lo que sucede entre los 22 jugadores en un campo de juego durante 90 minutos, suele ser lo menos trascendental con el paso del tiempo.
Corría el año 1900, cuando arribó a la ciudad de Victoria un inmigrante a trabajar como empleado en la estación local de los Ferrocarriles de Entre Ríos. Este extranjero provenía de Inglaterra, y como la gran mayoría de sus connacionales, era un fervoroso y entusiasta cultor del fútbol. No pasó mucho tiempo hasta que los vecinos de la playa de maniobras y de los terrenos adyacentes a la hoy Vieja Estación de Trenes pasaran tardes enteras mirando cómo un grupo de jóvenes se empeñaba en la infantil tarea de patear una pelota.
Aquellos peloteos fueron los ensayos iniciales que finalizaron en la fundación de la primera institución futbolística de Victoria: La Sociedad Atlética, la cual fue presidida por el abogado Dr. Desiderio Cabrera y que integraban, entre muchos otros, Rutilio Oneto, Abel Madariaga, Marcos González e Ignacio Hernández.
El campo de deportes de La Sociedad Atlética, por capricho histórico, era aquel donde 25 de Mayo comenzó sus prácticas y partidos oficiales años más tarde, en la Plaza Ramírez, antes Plaza Belgrano.
Ocho años duró solamente aquella institución, la cual se disolvió en 1908, incluso después de una campaña de muchísima actividad futbolística. Y como una suerte de hidra futbolera, de la cabeza original que portaba La Sociedad Atlética de Victoria, tres clubes más nacieron de ella: Belgrano, Agrícolas (que después se llamaron Benedictinos), y San Luis Gonzaga.
Belgrano se disolvió al año siguiente, y para 1909 la mayoría de sus jugadores ingresaron a San Luis Gonzaga, sociedad que exigía a sus afiliados el cumplimiento de ciertas disposiciones de carácter religioso. Era tal obligación impuesta por la institución, que ese año alrededor de 20 socios fueron desvinculados de ella.
Producto de la marginación, los excluidos presentaron al año siguiente, en 1910, Normalistas, un club deportivo cuya condición de afiliación era estudiar en la Escuela Normal de Victoria. Benedictinos también impuso sus restricciones a quienes no formaran parte de su escolástica. Y entre los postergados, allí en el fondo del barril, surgió la única institución futbolística que aún persiste, incluso después de un siglo: el Club Deportivo 25 de Mayo.
Un relato particular
Sucedió en septiembre de 1917. 25 de Mayo había concertado un encuentro con la Liga Nogoyá-Lucas González, pero tropezaba con la dificultad del transporte. ¿La razón? Una huelga por parte del personal ferroviario. Y obviamente, en aquellos tiempos, el tren era el único medio a mano para semejante travesía, pues los automóviles pendulaban entre la extravagancia y el lujo.
El tiempo urgía. La huelga continuaba sin perspectivas de arreglo y la muchachada veinticinquista deseaba cumplir su compromiso y jugar contra los equipos del departamento vecino. Por lo que la única solución posible, ya compleja hace un siglo, inimaginable hoy, fue trasladarse en vehículos de tracción sanguínea.
A las 6 de la mañana del domingo, desde la esquina conformada por las calles Las Piedras y Bartolomé Mitre, partió el grueso plantel de 25 de Mayo en cuatro coches de plaza, un sulky y dos jinetes que encabezaban la caravana. Oficiaba de “baqueano”, don Pedro Medrano.
El plantel llegó a las 11.30, y fue recibido en las afueras de la ciudad por delegados de los clubes locales, y por el maestro Amparo Caballero y el periodista Austerlitz Jara, ambos victorienses e hinchas del mayense.
El partido comenzó a las 14.30, y finalizó 0 a 0, con un gol anulado a uno de los cinco delanteros de 25 de Mayo, Regino Roma. A las 17.30 retornó la caravana y arribó a las puertas de la ciudad de las Siete Colinas a las 23 horas. Cinco pesos debieron pagar los viajantes.
Francisco Salvañal era, en ese entonces, un pibe de apenas ocho años de edad. Anheloso de presenciar el encuentro que disputaría su amado 25 de Mayo, Panchito no vaciló en trasladarse a Nogoyá, utilizando lo único que disponía a su alcance, además de su fervorosa pasión mayense: sus pies. Siguiendo las vías del ferrocarril, aquel niño llegó a Nogoyá a las 11 de la mañana, tras diez horas y media de ininterrumpido viaje.
La delegación de 25 de Mayo, admirada y enternecida por esa muestra de afecto y compromiso que superaba todo lo imaginable, subió a Salvañal en uno de los coches, como regalo, premio y agradecimiento por semejante travesía.
Así, el relato del traslado a carros tirados por caballos quedó pequeño, frente a la gigantesca hazaña de un pequeño de ocho años.
En movimiento
Y ya que la movilidad fue el eje central de los relatos previos, no habría porque alterar esta temática, ya en la última anécdota de hoy. Narraba un viejo veterano jugador de 25 a los editores de: “Fue así: 50 años atrás”, publicación que rescató las primeras décadas de la institución y fuente inspiradora de este escrito, que los primeros entrenamientos y partidos oficiales mayenses se realizaban en la costanera de Victoria.
Curiosa anécdota contaba este veterano jugador, cuando describía que antes utilizaban el “field” de la costanera, y que para ello colocaban los arcos minutos antes del “match”. Obviamente, ni bien finalizado el partido eran retirados y guardados en un viejo rancho que se levantaba entonces en las inmediaciones de la costa.
Entre las posibles razones, los historiadores destacan dos, las cuales serán transcriptas textualmente, con el fin de atisbar algo del espíritu victoriense de principios de siglo XX: “¿Temían acaso que una repentina creciente los sacara (a los arcos) de su sitio, llevándolos río adentro? ¿O temían por ventura que cortados en menudos trozos, hicieran chillar la pava en algún fogón de la vecindad?”.




















