miércoles, mayo 6 2026

Lo que queda en pie de la Belle Époque

 

Casi pidiendo a gritos que no lo olviden, el viejo hotel de Melincué se muestra otra vez en el medio de la laguna. Lo hace con la fuerza que le queda, porque entiende que más que ruinas, es parte de la historia del sur provincial. Y así resiste con 88 años, para seguir dando cuenta que hubo en esta parte de la bota, una época que fue belle.

A fines del 2020, salió a flote otra vez. Y para marzo, los más aventureros en camionetas tipo 4×4 o motos enduro (también hubo quienes iban a pie), podían llegar desde la costa hasta la isla atravesando una suerte de espigón de 1500 metros. Eso sí, el trayecto abundaba en piedras, escombros, fierros, alambres y todo tipo de recuerdos.

Fueron casi 8 años de ausencia, si tenemos en cuenta que la laguna empezó a subir en el 2013 y desde entonces se "tragó" la isla. Bajo de a poco, pero recién ahora permite la entrada a los curiosos que llegan de distintas partes del sur provincial, además de provincias vecinas.

Hoy se puede acceder a las ruinas desde la curva sobre la ruta 90 en cercanías del histórico motel. Hay que bajar y adentrarse por varios lotes secos, sortear guadales (tierra arenosa) y seguir las huellas a lo largo de casi 2 kilómetros. Nobleza obliga: no hay señalización que indique sobre esa entrada ni controles; tampoco que advierta sobre posible peligrosidad de realizar el trayecto.

No obstante, con el asomo de la primavera y los días menos frescos, los fines de semana se prestan para que Melincué sea epicentro de viajeros ocasionales y turistas que van en busca de su foto o un mate con el viejo hotel de fondo. Por eso, se cuentan por decenas los autos y motos que estacionan frente al Casino, para luego trepar el terraplén que protege al pueblo de las crecidas de la laguna y disfrutar de esos paisajes que empachan la vista.

De hecho, vale aclarar lo siguiente: al ser un espacio "desatendido" básicamente (por falta de controles, mantenimiento y señalización), la mano del hombre salvaje ya es evidente. Sobre el camino, la isla del hotel y alrededores (incluida la Escuela de Kitesurf) se ve la mugre que llega, pero no se va.

Una película con finales alternativos
Pasaron 88 años desde que los empresarios Bartolomé Tersano y Arístides Maghenzani, decidieron realizar una inversión considerable en Melincué, construyendo en una de las seis islas de la laguna, un complejo hotelero de alto nivel, según los parámetros de la época. Lo bautizaron Hotel Balneario Melincué y ya por su nombre se advertía la intensión de explotar las prácticas de baños termales, eoloterapia ("baños de brisa"), aguas mineralomedicinales, helioterapia ("baños de sol"), aislamiento, lejanía de los centros urbanos, reposo, balneoterapia y fangoterapia ("baños de barro"), muy en boga por aquellos días.

No era para menos: el agua salada de la laguna, según se decía entonces, tenía propiedades terapéuticas, lo que constituía un buen producto para ofertar a los ricos ganaderos de la región y provincias vecinas. Con sus exclusivas 34 habitaciones y toda una serie de comodidades sumamente atractivas (comedor con orquesta, playa con casillas de madera, estación de servicio, usina propia, muebles de origen italiano, un piano de cola para animar las veladas, bowling y, algo más tarde, pista de aterrizaje) el Hotel Balneario Melincué abrió sus puertas sólo seis años antes de que lo hiciera el Gran Hotel Viena, en Córdoba.

Pero, en ambos casos, aquellos ojos de agua que les dieron vida fueron, a la larga, los mismos que se la quitaron. Las terribles inundaciones de los años '70 produjeron desasosiego e incomprensión, tanto en el Viena como en Melincué. Parecía que las lagunas reclamaban sus tierras al hombre y en medio de tal desastre, no tardaron en asentarse historias de claro contenido animista y resurgieron las leyendas.

Figura repetida
El mismo año en que se inauguraba el Hotel Balneario Melincué (1933), una crecida anegó el pueblo, amenazó el emprendimiento y dio su primer aviso. Pero habría que esperar hasta 1941 para que el complejo isleño tuviera que ser abandonado, al sufrir la primera inundación seria.

Permaneció cerrado hasta 1967, año al partir del cual se inició su verdadera Edad Dorada, que se prolongó hasta 1975. Ese año, en marzo, una impresionante lluvia elevó el nivel de la laguna, anegó todo el hotel y parte el pueblo. Pero esta vez el agua no se detuvo. Avanzó hasta sumergir las islas y en 1980 el edificio fue tragado por el oleaje. Así permaneció por espacio de más de veinte años, antes de emerger en ruinas.

De bravos y salvajes

Melincué nació en 1775 como fortín. Su objetivo: proteger la ruta que comunicaba el puerto de Buenos Aires con la ciudad de Córdoba, es decir que, como zona de frontera, fue de suyo la violencia. Durante las campañas destinadas a erradicar a los "salvajes" de sus territorios no se escatimaron esfuerzos y en 1850 se produjo una fuerte avanzada militar contra la toldería mayor del cacique ranquel Melín. El ataque fue sorpresivo. Los ranqueles fueron emboscados a orillas de una laguna (hoy laguna Melincué) y pasados todos por las armas, incluso su pequeño hijo, Cué.

Según cuenta la tradición, sólo la esposa del cacique, Nube Azul, puso salir con vida, aunque con profundas heridas. Montada sobre su caballo alcanzó una de las islas y allí, con el último aliento en la punta de su boca, lanzó una furibunda maldición contra los blancos, en nombre de Melín y Cué, ya fallecidos. Sentenció a las aguas que crecieran hasta tapar todo; que no tuvieran contemplación y mantuvieran a los nuevos moradores del sitio en alerta permanente. Desde entonces, pausadamente, la maldición fue cobrando efecto.


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