Literatura
El amor y la literatura siempre han ido, van e irán de la mano. Pero hay ocasiones en que se miran al espejo y se muestran el uno al otro. En esta ocasión, la escritora santafesina demuestra que ante todas las adversidades su espíritu creador ha trascendido a través del tiempo. Su poesía explora desde diferentes matices.
Gisela Mesa redaccion@miradorprovincial.com
Rosario Yzary es una es escritora de tan solo 19 años, santafesina, lectora voraz y amante de un buen libro. Detrás de esta joven se esconde un amor inmensurable por la escritura y la poesía.
Hay muchos artículos de escritores; pero no tantos sobre escritoras. Y es que es un hecho que a lo largo de la historia, como en tantos otros aspectos, las escritoras han sido desechadas y maltratadas.
Las librerías están llenas de autores en masculino, y son muchas las literatas que pelean por encontrar un reconocimiento justo por un talento que se les niega. Este reportaje es un homenaje a todas las escritoras de antes, ahora, y por las que vendrán, para que su energía creadora nunca decline. Mirador dialogó con la santafesina Rosario para conocer su mundo literario y su intimidad diaria.
– ¿Recordás el primer libro que leíste?
– Sí, recuerdo perfectamente la primera vez que me enfrenté a un libro fuera de los parámetros escolares. Ese libro era "El caballero de la armadura oxidada" de Robert Fisher, lo encontré en la casa de mi abuela sin saber realmente a quién le pertenecía. Yo tenía aproximadamente diez años y para mí fue una experiencia sin vuelta atrás, no tenía a nadie que me diga: "leé esto", por obligación o "tenés que leer esto", fue descubrir que las palabras me fabricaban una película en la cabeza según mi imaginación, una experiencia transformadora sobre todo porque me despertaba mucha intriga, quería saber más y me apuraba a leer las palabras para llegar al final. Ese sentimiento es inolvidable por ser la primera vez que lo experimentaba frente a un libro.
– ¿Quién es tu escritor favorito?
– Esta pregunta es difícil de responder, porque nombrar a una persona es olvidarme de otras tantas que me han maravillado. De todas formas siento una especial atracción por Roberto Arlt, más que nada porque era un lector que devoraba lo que encontraba sin poder darse el lujo de elegir qué leer o a quién leer y eso se refleja en sus textos, creo que en eso me siento identificada con él. Recuerdo que lo primero que leí fueron las "Aguafuertes porteñas" y de ahí no paré. Yo pensaba "este tipo quiere decir algo y no importa cómo", le debo mucho el animarme a escribir. Saer también, me hipnotizó totalmente con un cuento que se llama "A medio borrar", fue la puerta de entrada para no dejar de leer y releer su obra. Además era santafesino, dato que me encantaba.
– ¿Un truco para enfrentarse a la hoja en blanco?
– No sé si hay un truco, yo aparto el miedo a un lado y escribo. Es frustrante al principio pero cuando descubrís que escribir es ir hasta tu interior y poner en palabras eso que te pasa, que sentís o que pensás, es muy satisfactorio. Nada me ayudó a sanar tanto como escribir poemas, yo lo tomo como un diálogo con uno mismo; es también ver eso que tenés adentro pero en otro lado, en este caso escrito en un papel, lo cual me ayuda a poder delimitarlo, poder manipularlo y que no sea al revés. Crecí mucho con la lectura literaria, pero crecí aún más con la escritura.
– Hablanos de tus poemas. ¿Cómo surgen?
– Mis poemas surgen desde una necesidad de querer decir algo. Me suele pasar que quiero escribir y no encuentro cómo poner en palabras aquello, entonces leo durante horas o durante días hasta que en un momento, como una extensión de lo que estoy leyendo, me surge una idea vaga al principio pero que toma forma después. Encuentro en los autores pequeñas pistas de lo que quiero decir y ahí aparece la cara de lo que posteriormente escribo yo, lo cual te hace sentir no tan solo, porque leés en el otro lo que te pasa a vos en este momento.
– ¿A qué escritor, vivo o muerto, retarías a duelo de espada en un molino al amanecer?
– Retaría a cualquiera, porque de todas formas sé que empezaría con mi verborragia a molestarla o molestarlo tanto que de duelo de espadas, pasaríamos rápidamente a una conversación amistosa. Igual como puedo elegir, pediría que sea el grandísimo Leopoldo Marechal.
– ¿El peor fracaso amoroso?
– El peor fracaso amoroso creo que siempre es el último. Cuando uno fracasa en el amor, piensa: no voy a superar esto nunca más, por más de que me enamore de nuevo. Y eso es mentira, pasa el tiempo, te volvés a enamorar, fracasás nuevamente y lo mismo: nunca voy a superar esto, y te olvidás que decías eso antes de conocer a esta nueva persona con la que acabás de terminar. El amor dolería menos si dejáramos de inflarlo de ilusiones, pero es inevitable que sea así.
– Lo mejor y lo peor de ser escritor.
– Lo mejor de ser escritor es la posibilidad que te dan las palabras para conocerte y crecer, esto no depende de que te lean o no. Creo que la mejor parte de escribir es el tiempo que uno se dedica a sí mismo, y más aún en un ritmo como en el que vivimos donde pareciera que agarrar un libro o escribir en soledad es tomado como una pérdida de tiempo. Eso le agradezco a mis padres, ellos nunca me pusieron un libro en frente pero me felicitaban por leer, nunca me molestaban si me veían leyendo, todo lo contrario: me dejaban hacer y eso es importante. Lo peor de ser escritor es que la gran mayoría no vive de lo que escribe, son pocos los que sí pueden hacerlo. Todo esto deja a mucha gente que escribe cosas tremendas en el camino, hay mucha gente talentosa poco conocida. La otra parte de lo malo de escribir es el miedo a ser leído porque va atado a la aprobación, vivimos en un mundo con miedo al fracaso y con esa postura del qué dirán, con la duda constante de mostrar o no mostrar nuestras creaciones porque sabemos que las que vendrán seguramente serán mejores, pero es como cualquier actividad que uno desarrolla progresivamente, lo que haga mañana es muy probable que sea mejor que lo que hice hoy. Necesité mucho tiempo para entenderlo, para sacarme la capa de miedo y largar al mundo lo que hacía, y cuando lo hice me llevé la sorpresa de que les gustaba. Eso no lo hubiese descubierto si me quedaba en la posición que me dejaba el miedo.
– ¿Qué te permite la escritura como medio de expresión?
– La escritura como medio de expresión me permite múltiples cosas, por un lado es un proceso de conocimiento de uno mismo, de interiorizarse. Pero eso no queda ahí, después se refleja en la sociabilidad, en las relaciones, en los distintos ámbitos de la vida, sobre todo en cómo decir las cosas, cuándo, etc. Por otro lado, poder escribir personalmente me ayuda a encontrar cosas maravillosas en la vida diaria, entiendo que puedo crear algo satisfactorio con sólo mirar las manos del señor que viaja a mi lado en el colectivo, y de hecho fue así y por eso le escribí un poema. Escribir me pone en alerta de todo aquello que me moviliza a escribir, me siento más consciente de la vida en general cuando sé que cualquier día de mi semana me regala momentos que después escribiré. Es una linda experiencia, yo me pregunto cuántas cosas se me escaparían si no las mirase con el objetivo de escribirlas.
– Con tan solo 19 años, ¿cómo surge ese amor por Los Abuelos de la Nada?
– Mi amor por los Abuelos de la Nada, qué tema. Para mí llegar a Miguel Abuelo fue como subir una escalera que no sabía que estaba subiendo, desconocía con lo que me iba a encontrar. El rock me gusta desde siempre, Calamaro fue mi primer peldaño en esta gran historia y lo escuchaba desde muy chica, a una edad donde se supone que un niño o niña esté escuchando otras cosas yo ponía a mil el volumen cuando sonaba "Flaca" o "Te quiero igual". Después lo mismo pero con Los Rodríguez, obvio que en el medio escuchaba a otros pero siempre me tiraba por el rock. Hasta que un día me encuentro con la melena inquieta de Miguel Abuelo, me deslumbró completamente. En ese momento yo era más grande y veía a ese petiso totalmente desencajado con su época, con sus calzas de colores y sus bailes saltarines, y yo decía para mí: este tipo está loco o entendió todo, y claramente fue lo último. De ahí no paré, mi amor no paró, investigué a fondo su vida y me encontré con historias demoledoras sobre él pero que paradójicamente alimentaban aún más mi cariño; porque veía su pasado y no lograba entender cómo una persona con una historia tremenda, se paraba en un escenario y regalaba luz y alegría. Me dejé llevar por esa gran ola que es Miguel y me encontré no solo con un artista deslumbrante sino también con un tipo de la calle, sin alardes de serlo. Y entendí mucho después que Miguel es más que una parte importante del rock nacional, Miguel es poesía pura, el arte a flor de piel. La gente se sorprende por mi gusto hacia los Abuelos de la Nada o hacia mi amor por Miguel sobre todo por mi edad, es verdad. No sé cómo explicarlo, solo lo siento así y a Miguel le debo entre muchísimas cosas el animarme a escribir. Concuerdo con la postura de Calamaro de que a Miguel hay que leerlo en las escuelas. Cuanto nos enseñó Mike sobre la libertad, su legado más importante. Así deberíamos recordarlo, como le hubiese gustado, libre. Libre como el mar donde descansa, como el viento que movía sus rulos, como sus pies cuando sonaba "Cosas Mías", como su verborragia y su humor, libre como su poesía y su alma. Eso es Miguel, lo demás sobra.
– ¿Cómo describirías tus primeras experiencias con el universo artístico?
– Fueron experiencias solitarias, pero por elección. Recuerdo la biblioteca de mi escuela como un lugar donde íbamos menos del diez por ciento de los alumnos, y me sentía cómoda. Era mi lugar, un espacio donde me encontraba con todos aquellos libros que tenían algo para mí. Generé una relación muy importante con la bibliotecaria que me ayudó muchísimo, fue mi guía Parecía que ella sabía más que yo lo que necesitaba y quería leer, agradezco que me apoyaron siempre las personas más cercanas, si de arte hablamos. Con la música me pasó lo mismo, no tenía con quien compartir gustos musicales, cuando era más chica mi papá me acompañaba a escuchar esas bandas donde en el lugar, la que no encajaba era yo por mi edad y no él. Recuerdo la vuelta de los Abuelos en el Ópera, era en plena pandemia y estábamos bastante apartados cada uno de los espectadores, a un costado, ví a una señora mayor con el que pienso que era su esposo, medio de el show me señalaban y hablaban de mí, seguramente se preguntaban qué hacía yo con diecinueve años ahí, una anécdota graciosa que nunca me voy a olvidar.
– ¿Tu verdadera vocación se encuentra en el mundo de la Literatura o tenés otras inquietudes e intereses?
– Sí, mi vocación es escribir, sé que seguiré escribiendo de todas formas. Escribo más allá de que alguien me lea y dudo de que eso cambie. Es lo que amo y me encanta, no puedo pensarme lejos de los libros ni imaginarme una vida a futuro sin poder escribir. Entendés con el tiempo que no fueron en vano todos los años dedicados a la literatura, y ahí se encuentra un fundamento, o varios, para seguir leyendo y escribiendo.
– ¿Cómo considerás que es la relación entre los medios de comunicación y el mundo literario?
– La relación entre los medios de comunicación y el mundo literario es una relación de poder, y no sólo poder económico. Los medios mejor que nadie conocen el peso que tiene el lenguaje sobre el control y la regulación de la sociedad, y sobre todo lo que significa el estar excluido de la lengua. No es una relación inocente, tiene por objetivo dominar a la mayor parte del conjunto. Esto no quiere decir que uno vaya a leer solo libros y a no mirar nunca más televisión, se trata de saber reflexionar sobre aquello que te ponen frente a los ojos sin permiso en una pantalla de televisión, mirar más allá, saber que nada de eso es inocente o aislado. Solo así se puede revertir esta situación, si dimensionamos el poder de los medios profundamente, podríamos ver que son herramientas de lujo. A mí personalmente me sorprende ver que muchas personas endiosan ciegamente a la televisión, como si por el solo hecho de estar en televisión aquello es verdad indiscutida, y así sucede lo mismo con los demás medios. Si nos quedamos sentados a esperar que otro venga a llenarnos la cabeza con lo que quiera, difícilmente nos conozcamos a nosotros mismos, a nuestros gustos, a nuestras ideas. La literatura tiene eso de dejar un espacio a la imaginación, un pedazo del camino que le toca dibujar al lector, un tiempo de reflexión, un encuentro con uno mismo. Y como toda palabra escrita, la literatura es símbolo de poder, pero cierta parte del poder se le escapa al autor y al texto, esa parte que se le escapa es el espacio que ocupa el lector.
– Contanos de tu ciudad natal, Santa Fe. ¿Qué te gusta de ser santafesina?
– Santa Fe es una ciudad hermosa y como decimos los santafesinos, es un pañuelo. No hay santafesino que permanezca tan oculto al resto, llega un punto donde las relaciones y conexiones son tantas que de seguro algo te une al de al lado, a alguien que vos conoces, y ése otro de ahí en frente también lo conoce. Todavía conservamos esa actitud de saludar, el hábito de decir gracias, el paso al peatón, los almacenes de barrio con sus máquinas de cortar fiambre que no descansan en el verano y sus pizarrones que nadie lee, los chicos y chicas jugando a las escondidas en las esquinas y las calles cortadas por un improvisado partido de pelota, los santafesinos también podemos tomar mates en la vereda todavía y yo lo agradezco, sumado a todo lo anterior. Santa Fe todavía guarda un profundo respeto al vecino y a los mayores, sobre todo a los vecinos mayores. Si hablamos de pasiones en la ciudad, creo que empezaría y terminaría hablando del fútbol. Colón y Unión, Unión y Colón. No sé si entiendo de fútbol, pero entiendo de pasiones. Veo a esa gente que se desvive por su club, que lo llora y que abandona en él sus más grandes ilusiones, eso también me encanta de mi ciudad. La cumbia santafesina que se hace presente en todas las fiestas y en más de un fin de semana, que sabe regalarnos alegrías y por qué no, también poesía. No quiero concluir sin nombrar a muchos autores que de mi ciudad salieron, de la capital o más lejos; Juan José Saer, Carlos Antognazzi, Ana Maria Pedroni, Luis Pescetti, Carlos Schlaen, Alicia Barberis, Patricia Severín, Alcides Greca, Raquel Robles y el resto que se me escapa del registro de la memoria. Agradezco a la literatura y a quienes se han dedicado a ella en todo el mundo, incluso a aquellos que nunca fueron leídos.
Sus poemas
El señor de la línea dos
Las arrugas de sus manos imitan laberintos naturales
Y me cuentan entre silencios, historias que decoro con la imaginación
Sus ojos aunque cansados, todavía se esfuerzan por reglarme algún brillo
Y yo le pregunto qué hora es
Me responde muy seguro algún número que carece de importancia frente a tanta rapidez por contestar
Lo observo paciente mientras mira ansioso su reloj, tan viejo y desgastado como él.
Palabras de una niña que lloraba a un tal Miguel Abuelo
Se me escapó un ave entre vuelos de libertad
Que supo cantar la melodía más hermosa
Y revolcarse en el polvo por destino y rebeldía
Nunca posó aquella ave sobre las palmas de mis manos
Nunca pudo escuchar mis palabras que desde mi alma, viajaban hasta mi boca para hablarle de amor
Mi ave no entiende de jaulas
Mi ave es todas las aves que me ven transitar tarareando su canción
Mi ave vuela sobre un día que alguna vez saludó
Mi ave supo pedir en su vuelo irreversible que no la lloren
A veces la veo queriendo abrazar la luna
Y a su vestido
Sé que mi ave no es mía
Era de la vida y de ella también partió
Sé que el ave sabe que la espero
Que anhelo con ilusión su vuelo de libertad.




















