El desafío de hablar
Desde pequeño tuvo que convivir con la tartamudez, pero fue gracias al teatro que pudo salir adelante y alcanzar sus metas personales. En un mano a mano con Mirador Entre Ríos, el director y titiritero de María Grande habló sobre este trastorno, sus inicios en los escenarios y su destacada participación artística con la Asociación Peruana de Tartamudez.
José Prinsich
redaccion-er@miradorprovincial.com
El celular suena tres veces y al cuarto tono, desde el otro lado de la línea, se escucha por el parlante la voz de Marcelo Amorosi, quien con mucha soltura se dispuso para charlar unos minutos con Mirador Entre Ríos sobre su agitada agenda cultural.
Desde pequeño, el hombre de María Grande tuvo que convivir con la tartamudez. Este trastorno le generó grandes dificultades no sólo para hablar frente a un público sino también para desenvolverse ante situaciones cotidianas como comprar un pasaje de colectivo o pagar la boleta de la luz. La disfluencia lo marcó por completo y por momentos llegó a sentirse sólo, bajoneado, con vergüenza y nervios, miedos e incertidumbres. Pero aquel joven apasionado por las artes escénicas nunca dio el brazo a torcer. Se planteó objetivos personales y superó todas las adversidades que se le presentaron en el camino. “Yo todavía soy disfluente, aunque no se me note”, comenta el entrerriano mientras continúa la entrevista.
Su desembarco en los escenarios, gracias al teatro, fue el trampolín para dejar atrás gran parte de los problemas. Allí, sobre las tablas, descubrió sus cualidades artísticas, las cuales perfeccionó día a día. Hoy, el reconocido actor, dramaturgo, director y titiritero de 43 años es un ejemplo de superación constante y es considerado como uno de los trabajadores de las artes escénicas más fervientes e incansables de la provincia.
Sus más de 30 años de trayectoria lo avalan. Todo comenzó de la mano de Judit Diment en 1992. Amorosi daba sus primeros pasos en la actividad teatral y se hacía de las herramientas necesarias para poder interpretar cualquier papel. Luego siguió con referentes de la talla de Rubén Clavenzani, Gerardo Dayub, Augusto Carballal, Favio Vides, Yolanda Cairo, Silvina Fontelles y Pola Ortiz. Pero la historia no termina ahí. El mariagrandense también estudió en la Escuela Itinerante de Teatro con Emilio Garcia Webbi (Buenos Aires), Norberto Laino (Buenos Aires), Marcelo Cuervo (Rosario), Marcelo Alasino (Rosario) y Paco Gimenez (Córdoba). Como titiritero se formó con Guillermo Atue y Rafael Curcci.
Actualmente, en su ciudad natal, está a cargo del Área de Cultura, donde trabaja con cientos de niños, adolescentes y adultos. Asimismo, brinda clases de teatro en las escuelas y talleres municipales. La pasión por la cultura se reflejó además en el séptimo arte: Marcelo incursionó como director y guionista. En su currículum profesional figuran tres largometrajes y varios cortometrajes, con su productora audiovisual Portal Producciones.
A su vez, con el grupo Patatas Patas están llevando adelante las presentaciones de “Las Aventuras del Capitan Pier Zubiet”, con la actuación de Marcelo Amorosi, Pola Ortiz y Walter Fontana, bajo la dirección de Silvina Fontelles. Esta obra de títeres narra la historia del capitán Pier Zubiet, que navega en su barco de altamar con una inquieta tripulación que desafía sus órdenes. La falta de víveres complica el viaje y pone nerviosos hasta los habitantes de la bodega. La adversidad, como las olas, va y viene hasta que una ayuda inesperada trae alivio, risa y diversión a bordo.
Los medios de comunicación también forman parte de la activa vida del talentoso artista de Entre Ríos. Los lunes, de 21.30 a 23, su voz está al frente de “Noche en Estéreo”, un programa radial que difunde el quehacer diario del mundo artístico de la región, con notas en vivo, música y buena onda.
Una participación internacional
Desde el año pasado, Marcelo Amorosi colabora con la Asociación Peruana de Tartamudez. Dicha organización sin fines de lucro se dedica a promover actividades para el empoderamiento de la persona con tartamudez, así como informar, concientizar y capacitar a los profesionales y sociedad en general.
Su acercamiento a la mencionada ONG se produjo gracias a la invitación de otras dos entrerrianas que ya formaban parte del grupo: Danisa Álvarez de Concepción del Uruguay y Laura Brest de Paraná. El desafío fue llevar adelante — por primera vez — una obra de teatro online realizada íntegramente por personas con tartamudez en el marco del Día Internacional de Concientización de la Tartamudez, que se celebra el 22 de octubre.
El elenco estuvo compuesto por actores de Chile, Perú y Argentina, dos de cada país. La obra “El Viaje”, que tuvo al entrerriano como director general y a Nicolás Palomino como guionista, superó todas las expectativas. “La idea era trabajar en forma virtual, a través de la plataforma Zoom. Fueron dos meses de intenso trabajo entre estudio y ensayo. Se estrenó el sábado 17 de octubre en vivo. Fue una experiencia muy linda, especialmente poder encontrarnos. Debemos saber que la disfluencia existe, que no es algo raro ni una enfermedad. Esto es una condición que tenemos”, dejó en claro el representante de la localidad termal.
En este sentido, a fines de abril de este 2021, el titiritero albiceleste participó de un Taller de Cuentacuentos con valores para niños con tartamudez. El actor presentó dos obras: una denominada “Tragame tierra”, de Pedro Pablo Sacristán y “La historia de Ana”, de su propia autoría. Esta última fue la que se robó todas las miradas ya que fue desarrollada a través de la técnica Kamishibai (teatro de papel). Dicho cuento fue seleccionado por la Asociación para utilizarlo en otras ocasiones, lo que despertó alegría en Marcelo.
-¿Cómo fueron tus inicios en el teatro?
-En mi adolescencia yo quería ser actor, pero pensaba siempre en cómo hacerlo si no podía hablar. En la actuación, en el canto, en la lectura uno se traba menos. Será porque nos metemos en otro personaje y dejamos que eso fluya. Nos sentimos más cómodos. Al descubrir el teatro, voy tranquilamente a hacer mi parte de actuación porque sé que no me va a pasar. Mi primera obra la dirigió Judit Diment, una referente de Paraná. En el año ‘92 fue a María Grande a dar clases de teatro, a través de unos programas de provincia. Ella tiene un don especial: detectar lo que uno tiene adentro antes de que uno lo detecte. Me daba mucha tranquilidad. Pero a mí me costaba horrores ir a los talleres, especialmente con el tema de la improvisación. Era muy tímido y eso me jugaba en contra. Creo que por ahí viene mi disfluencia. Era una guerra conmigo mismo de querer ir los sábados, pero al estar ahí, pensando en tener que subir al escenario, sabía que no lo iba a poder hacer. El teatro a mí me dio la rapidez de poder improvisar, es decir, poder cambiar una palabra por otra.
-¿Cuándo comenzó este trastorno?
-En mi niñez, que fue muy marcada por la difluencia. Tuve una madre, a quien adoro muchísimo y amo con todo mi corazón, que era muy dura con el tema de la disfluencia. Ella me lo hacía notar y me decía: “Callate y hablá bien”. Ese tipo de frases me ponían muy mal y no era que no quería hablar bien sino que no podía. Ella no entendía eso que me estaba pasando.
-¿Alguna situación en particular en torno a la disfluencia?
-Estar en la cola y ver que quedan dos personas delante de mí. Cuando me toca el turno me viene una transpiración en las manos. Es un momento donde me puedo trabar y sé que hay palabras que no puedo decir. O ir a sacar un pasaje de colectivo. Cuando yo conozco a mi pareja, Nicolás, que es de Villaguay y a donde viajábamos mucho, optaba por mentir. Le decía: “Nicolás, sacá los pasajes que voy hasta el baño”. Todo era para no afrontar eso, pero aunque me trabe voy y pago la luz o saco los pasajes.
-¿Haces ejercicios para trabajar la pronunciación?
-Sí, todo el tiempo. Eso me ayudó a trabajar la disfluencia, a poder manejarla. Sabemos que es una condición que la voy a tener conmigo por siempre. Gracias a Dios he hecho muy pocos castings en teatro y los pocos castings que he hecho los he sufrido horrores porque es un examen que uno tiene que dar. La semana pasada me llamaron para hacer un video sobre Artigas. Me pasan la letra de lo que tenía que decir. Estudié la letra y fui a Diamante a grabar. Cuando voy, me encuentro con que había un libreto armado y que no me habían pasado. En el mismo decía que la escena era a caballo y tenía que mostrar un mapa. Yo andar a caballo se pero hacía mucho tiempo que no andaba. Había ido confiado de que esa escena no era a caballo y cuando me subí al caballo tuve que pedirle a una chica que me tire la primera palabra del texto porque no me iba a salir. Estaba muy nervioso.
-¿Un consejo?
-Esta es una condición del cerebro. Como no es una enfermedad, no se puede curar. Hay que tomarlo con calma. No enojarnos. Si una palabra no sale, no sale. Hay que dejarla y reemplazarla por otra. O decirla hasta que nos salga. El consejo creo que no es para el disfluente sino para la otra persona, la que está enfrente al disfluente. Tiene que dejar que el disfluente diga la palabra, no completársela. Es una frustración para él cuando le completan una palabra. Pensamos que así estamos ayudando a esa persona, pero en realidad no porque cada persona va a su tiempo y ritmo.
-¿Te cuesta pronunciar alguna letra en particular?
-Personalmente, la “t” y la “p” son las letras que me cuestan siempre. Cuando era chico mi mamá me mandaba a comprar tres kilos de pan. No sé porqué esa cantidad. Nunca llegaba a los tres kilos, siempre eran dos kilos y medio. En mi casa, nunca se daban cuenta de que había menos. Nunca pude decirle al almacenero ‘tres kilos de pan’. Empiezan a florecer distintos sentimientos cuando uno ve que se está trabando. Las demás personas no entienden, no saben o directamente no conocen. Yo lo escondí siempre a esto. También lo sufría de estar frente a alguien y tener que empezar a reemplazar una palabra por la otra. Es algo desgastante.



















