Coronavirus
La segunda ola de contagios de Covid-19 llegó junto con el cansancio del personal de salud, que está poniéndole el pecho a la pandemia desde hace más de un año y también con la falta de empatía de gran parte de la población. Mientras tanto, los dirigentes y los comités de emergencia sanitaria analizan si es conveniente endurecer las medidas restrictivas.
Sabina Melchiori
redaccion-er@miradorprovincial.com
Inés Molina es la kinesióloga del área UTI Covid del Hospital Centenario, de Gualeguaychú, desde marzo de 2020. Como tal, tiene a cargo el seguimiento de la capacidad respiratoria de los pacientes en estado más delicado. Más de una vez, los familiares de quienes están en esa terapia le han enviado audios para que en alguna oportunidad ella se los reproduzca al oído. Son voces de hijos pequeños, de hijos grandes, de hermanos, de amigos, de madres…
Desde hace un año, Inés llora ante cada muerte: “Estoy física y emocionalmente cansada. Es muy triste, yo perdí dos hijos y esto me afecta mucho, y a medida que pasa el tiempo me afecta más”. Sin embargo, las fuerzas están. Vienen de su pequeña hija, de su marido, de sus amigos y del grupo de trabajo. “Eso es lo que me levanta todos los días”, confía a MIRADOR ENTRE RÍOS.
Además, junto con la jefa de Enfermería, con quien comparte la fe, ante cada fallecimiento se toman un tiempo de oración junto al paciente para despedirlo.
Emilce Morales es licenciada en Enfermería y tiene a cargo la jefatura de la Terapia Covid del Centenario. En diálogo con MIRADOR ENTRE RÍOS expresó: “Estamos trabajando arduamente desde que comenzamos, al principio teníamos miedo de contagiarnos, tuve la desgracia de contagiarme y contagiar a mi familia cuando recién comenzaban los casos críticos. Ahora, si bien estoy vacunada, tengo miedo de volver a contagiarnos porque este virus día a día nos sorprende”.
Cansancio
“Hay cansancio. Es difícil estar adentro y ver el dolor de los demás. Hacemos todo por los pacientes y la fatalidad del virus lleva a la muerte”, relata Emilce Morales, quien lamenta especialmente el fallecimiento de un compañero de trabajo. “Vemos cuando el paciente llega a un punto límite y sabemos que el promedio de los que salen del respirador es bajísimo. Además, en ese momento están lúcidos y ellos también saben que son muy pocos los que sobreviven al respirador, saben cuál va a ser su destino. Y para nosotras, saber que la última cara que van a ver es la tuya es muy fuerte”, explica Emilce, quien se apoya en sus amigos, sus hijos y su mamá: “Son mi pilar y mi sostén”.
Además, junto al resto de los compañeros del sector, armaron un grupo de reflexión. Solo ellos saben lo que viven ahí dentro. “Tener que preparar los cuerpos es muy difícil, nos pega ese momento, es muy complicado, pero hay que seguir trabajando y luchando. Tenemos que seguir apoyándonos entre todos porque creemos que hay Covid para rato”, asegura.
La vocación, a prueba
Liliana Gamarra es médica especialista en Medicina Interna. Luego de trabajar en un hospital de Capital Federal, se sumó en medio de la pandemia al equipo de la Terapia Covid del Hospital Centenario de Gualeguaychú. “Si no fuera por vocación no estaríamos acá. Eso nos mantiene en pie. Es muy duro ver morir a los pacientes. Es duro ver que muchos no toman consciencia y que hacen fiestas clandestinas, que a pesar de la muerte y del dolor no haya conciencia colectiva para cuidarse”, expresó a MIRADOR ENTRE RÍOS, y agregó: “Desde lo personal la fuerza la sacamos del grupo humano que tenemos y generamos. Nos apoyamos mutuamente”.
Una de sus experiencias más fuertes durante esta pandemia fue la primera vez que debió comunicarle a una mamá que su hija de 22 años había fallecido. “Me quebré porque soy mamá y me pongo en el lugar de ella. Tuve Covid y también tuve familiares que fallecieron por Covid”.
Coincide con sus compañeras que el momento de intubar a un paciente es de los más difíciles de sobrellevar: “Hay pacientes que te piden por favor que no los intuben porque saben que muchas veces del tubo no se vuelve. Dar los partes y llamar a las familias para que se vengan a despedir es tristísimo. El protocolo es estricto porque lo tienen que velar a cajón cerrado. Se quedan con la imagen de una persona toda conectada a un montón de tubos y es traumático para las familias y para nosotros”. Y en relación a su trabajo en Buenos Aires, destacó que “la mortalidad es la misma, no es que allá se salvan más. Es exactamente igual”.
Nerea Zapattini trabaja en Terapia Covid desde septiembre de 2020. Al principio estaba en la guardia de adultos y cuando la cambiaron de sector le costó adaptarse, principalmente, al protocolo de despedida: “Es chocante porque nunca me prepararon para eso. Hemos despedido a familiares, hermanos de amigos, se nos han muerto personas menores de 30 años y pienso en mí, en mi hermano, mis amigas. Una de mis peores guardias fue cuando me tocó reanimar a un profesor, amigo, colega y eso nos pegó a todos. Nada te prepara para esto. Psicológicamente y físicamente estamos agotadas pero lo peor es lo emocional. Hacemos lo mejor que podemos con las herramientas que tenemos y no siempre se nos dan las cosas como quisiéramos”.
También destaca el grupo de trabajo como sostén: “El grupo que formamos es hermoso y si no fuese por eso no podríamos seguir. Nosotros somos nuestro apoyo porque solo nosotras sabemos lo que pasamos ahí dentro”.
“Si vieran lo que vivimos”
Respecto de la falta de cuidados de parte de la población, Nerea, al igual que el resto de las entrevistadas, asegura que “si vieran lo que vivimos nosotros no harían eso”, en referencia a las fiestas clandestinas, sin protocolos ni medidas preventivas. “Hay falta de empatía de parte de la sociedad que no se pone en nuestro lugar”, definieron.




















