Futsal
A Pablo Arriola le detectaron linfoma de burkitt a mediados del año pasado, por lo que debió someterse a un largo y riguroso tratamiento. En diciembre, un estudio reveló que todo había salido como lo esperaba ya que la enfermedad oncohematológica está en remisión completa, y contó a MIRADOR ENTRE RÍOS cómo vivió esos meses en los que estuvo cien por ciento abocado a su salud.
Víctor Ludi
redaccion-er@miradorprovincial.com
Pablo Manuel Arriola es un referente en el ambiente del futsal paranaense. Jugador, entrenador y dirigente del Club Atlético Bajada Grande, en la segunda mitad del año pasado debió afrontar el partido más duro y difícil de su vida, luego de que se le detectara linfoma de burkitt, una enfermedad oncohematológica que lo obligó a internarse para someterse a un tratamiento que arrojó los resultados esperados y, actualmente, la enfermedad está en remisión completa.
MIRADOR ENTRE RÍOS se comunicó con Pablo para conocer cómo se enteró de la dura noticia que recibió y cómo se aferró a la fe para afrontar su tratamiento.
“A nivel físico me cuesta porque estuve casi seis meses en los que pasé 20 horas por día acostado y las otras cuatro sentado. Entonces, cosas simples como ir a comprar el pan y volver a mi casa generan que necesite sentarme para recuperarme. Pero salvo eso y el hecho de extremar los cuidados sanitarios por la pandemia, después puedo hacer una vida totalmente normal”, respondió cuando se le preguntó cómo se sentía en la actualidad.
Aprendizaje
–¿Cómo te enteraste de la enfermedad?
–Fue tras varios días de tener una sintomatología similar a la del Covid. Me dolía el pecho, tenía una febrícula y rondaba los 37 grados que bajaba y subía. Me dolía mucho el cuerpo y sentía un dolor en el pecho cuando respiraba. Durante 10 días fui unas siete veces al médico hasta que un domingo, el 5 de julio del año pasado, me levanté bastante mal y tenía unas manchas en los pies. Me dirigí a una clínica privada, donde el viernes anterior había ido por unas erupciones en la piel, y me empezaron a hacer estudios. Me realizaron una tomografía para ver si había hecho una neumonía bilateral y, cuando los especialistas vieron los resultados, descubrieron unos linfomas. Tras estudios y biopsias me detectaron una enfermedad
–¿Qué sentiste en ese momento?
–El médico que estaba de turno en un primer momento me habló de leucemia. Uno siempre lo asocia con la muerte, con la posibilidad certera de que ocurra eso. Es bastante fuerte. Cuando se lo contaba a mis amigos y familiares, no sabía si al otro día me iba a despertar. Fui pensando que tenía una gripe o, a lo sumo, Covid y me dieron ese diagnóstico. Después, cuando uno va entendiendo cómo funciona el tratamiento, cómo responde su cuerpo, va aprendiendo que es algo para largo, en el que estás en manos de Dios y los profesionales.
–¿Te dijeron cómo estaba tu situación con respecto a la enfermedad?
–Yo no quise preguntar demasiadas cuestiones técnicas. Lo primero que consulté fue qué podía hacer yo y el médico me dijo tener fe, buen ánimo y confianza en los médicos. En ese esquema decidí no preguntar demasiado, sólo cuando me ponían una medicación si podía tener un efecto adverso para estar atento. No busqué en Google ni nada. Sólo me dijeron que tuve la suerte de que me detectaran la enfermedad en una etapa en la que suele no presentar síntomas y que generalmente se manifiesta cuando está más avanzada.
–¿Te sentiste acompañado?
–Una parte muy importante de esta victoria fue gracias a la gran familia que tengo. Mis tíos, tías, mis viejos, mi novia, mis hermanos. Todos estuvieron dándome una mano. Mi viejo estuvo 24/7 internado conmigo en la clínica; mi mamá iba y venía haciendo los trámites para que las drogas lleguen a tiempo. Un grupo de mi familia se dedicó a buscar los donantes de sangre para cuando lo necesitaban. Además tuve acompañamiento de la gente de mi trabajo, del futsal y un montón de conocidos míos y de mi familia. Las personas estuvieron en la medida que yo lo esperaba: los más amigos estuvieron más; los conocidos un poco menos pero justo… todos, de alguna u otra manera, me ayudaron mucho.
En pandemia
–¿Cómo sobrellevaste el tratamiento?
–Al inicio todos los días era algo nuevo, desde que me abrían una vía para pasar la medicación, controles de sangre y demás. Nunca había estado internado, por lo que el primer mes fue durísimo. Este tratamiento fue con una semana de quimioterapia, dos semanas de recuperación del cuerpo cuando las defensas empezaban a bajar, hasta que empezaban a repuntar alrededor de los 21 días, cuando estaba en condiciones de darme de alta y tenía una semana de vacaciones en casa. Al menos en mi caso, el desgaste fue más psicológico que físico.
–Te dijeron que debías estar bien de ánimo. ¿Cómo repercutió en vos que te descubrieran la enfermedad en medio de una pandemia?
–Valoro mucho que los doctores me fueran francos de cómo sería el tratamiento y desde un primer momento me mentalicé en que iba a estar seis meses sin ir a trabajar, ni estar con mis seres queridos. Mi familia tuvo un contacto estrecho con un caso de Covid, más o menos en la misma época en la que me internaban. Entonces estuve 15 días sin ver a mi familia, lo cual fue muy duro pero me preparó para los seis meses que se venían. Por suerte tuve algunos amigos que me pudieron acompañar. Eso ayuda a poner a esas personas en el lugar que realmente deben ocupar en la vida de uno.
–¿Cómo fue el momento cuando te dijeron que el tratamiento había funcionado?
–Yo había tenido un diagnóstico a mediados de tratamiento, en el que los médicos me dijeron que los linfomas se habían reducido. En diciembre, después de que me dieron el alta para la semana de descanso, me hice unos análisis en la médula que me dieron bien y debía ratificarlo con una tomografía por emisión de positrones. Me lo hice y recibí los resultados un viernes, pero recién tenía turno con el médico el lunes. Dejé los estudios en el baúl del auto hasta ver a los médicos el lunes. Fue un poco de cábala, ya que no me había adelantado en los estudios anteriores y no lo iba a hacer en el último, y otro de confianza. Fue un alivio enorme cuando los doctores me dijeron que la enfermedad está en remisión completa. Debo controlarla cada dos meses durante cinco años para que, en caso que vuelva, que es una de las posibilidades, poder reiniciar el tratamiento lo antes posible. Estoy en el mejor escenario que me podía imaginar cuando todo esto empezó.
Se aferró a la fe
Más allá de los tratamientos médicos, Pablo Arriola considera que fue muy importante para él tener fe, lo cual le permitió afrontar su tratamiento con optimismo: “Justo me descubrieron la enfermedad en un momento de mi vida en el me estaba acercando nuevamente a la iglesia. No perder la fe en Dios y la Virgen me hicieron pensar desde un primer momento que me iba a curar y encaré el tratamiento con esa predisposición. La fe me ayudó muchísimo, en un cien por ciento. Lo primero que pensé fue, ¿por qué no me podría haber tocado a mí, si hay un montón de personas en el mundo que lo están sufriendo? La fe me hizo pensar que está todo enmarcado en un plan de Dios y si me tocó fue porque podía cargar con esa cruz.
Por último, compartió una enseñanza que le dejó la vida a partir de lo que le tocó vivir: “Para esto no hay recetas. Lo que me sirvió a mí a otra persona a lo mejor no le sirve. El único lugar en el que somos indispensables es en nuestra casa. Es un reproche hacia mí mismo, porque un día dejé de estar en el club y siguió funcionando gracias al esfuerzo de un montón de gente. Lo mismo en la oficina. A veces uno posterga un montón de cosas relacionadas a la familia por dedicarle tiempo a otras cosas, que pueden funcionar sin uno. Es una enseñanza que me dejó todo esto”.




















