A 39 años de Malvinas
Tenía 20 años cuando peleó en Malvinas. Fue, como se dice vulgarmente, "carne de cañón", estuvo en la primera línea de combate, el sitio donde murieron los primeros argentinos, donde cayeron más de 300 proyectiles enemigos en un solo día. En diálogo con Mirador Entre Ríos confesó que desde entonces no ha pasado un solo día en el que algo no le haga recordar a las islas.
Sabina Melchiori
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El 2 de abril 1982, el gualeguaychuense Oscar Pérez se encontraba en Río Grande, Tierra del Fuego. Hacía pocos días había finalizado los 14 meses del servicio militar obligatorio y ya llevaba una semana vestido de civil. Cada tanto, se acercaba al batallón a preguntar si había vuelos hacia el continente pero la respuesta siempre fue negativa. Un día, a él y al resto de los integrantes del batallón de artillería les dijeron que había que recuperar las Islas Malvinas.
"El comandante nos formó y nos dijo que el que no quisiera ir podía dar un paso adelante, pero nadie lo dio", recordó en una entrevista con Mirador Entre Ríos. Les dieron la ropa, las armas y el 7 de abril desembarcaron en las islas para pelear por ellas contra el ejército inglés. Tenía 20 años recién cumplidos y una nula vocación militar.
Cuando pisó el suelo malvinense sintió orgullo. Era de tardecita, estaba oscureciendo y el clima le resulto similar al de Tierra del Fuego. "Pasamos por Puerto Argentino, sentíamos las miradas de los civiles ingleses a través de las ventanas y esa noche dormimos en un galpón. Había mucha incertidumbre, no sabíamos lo que iba a pasar".
Casi 40 años después, Oscar puede relatar lo que finalmente sucedió. Con gran indignación, habla de la traición de Chile: "Los aviones despegaban desde los aeropuertos de Río Grande, bombardeaban buques y regresaban. Los chilenos tenían observadores, porque Tierra del Fuego está dividida en dos por un alambrado, con larga vistas veían cuántos aviones salían y cuántos volvían. Prueba de esto es que cuando Pinochet cayó preso en Francia, Margaret Tatcher dijo que había que liberarlo porque gracias a Pinochet hay muchos ingleses vivos, traducido al castellano es que gracias a Pinochet nosotros tenemos muchos compañeros muertos. Es una traición que duele". Los ojos se le llenan de lágrimas y la voz se le anuda en la garganta.
"Que muera un compañero tuyo es tremendo, eso no se supera muy fácil. Al pasar el tiempo no sé si las heridas se van curando pero al menos se van alivianando, el dolor se aplaca. La rendición fue uno de los momentos más difíciles, una humillación, es muy difícil de olvidar y sanar; pero la muerte de un compañero es terrible. Por otro lado está la injusticia de las traiciones, si bien no es algo que duela de una forma insoportable, suponemos que de no haberse dado así, otro hubiera sido el cantar. No sé si Argentina hubiera ganado pero se les hubiera hecho más difícil".
Un rosario mordido y un reloj "de oro"
"El 1° de mayo hicimos dos posiciones, un pozo grande donde entrábamos los siete y otro personal, para cada uno. En ese lugar cayeron los primeros proyectiles, más de 300, tuvimos los primeros heridos y los primeros muertos. Ahí supimos lo que era la guerra, porque hasta ese momento era todo teoría. A los aviones que venían a baja altura le tirábamos con todo, a los que volaban a más de 7 mil metros de altura no podíamos, pero con los buques tirando bombas no te podes defender, solo te tenés que quedar bajo tierra para que no te alcancen las esquirlas, agarrar el casco y rezar que la bomba no caiga arriba del pozo y nada más", cuenta Oscar, quien conserva su rosario como uno de los objetos más preciados de aquellos terribles días.
"Del 7 de abril hasta el primer de mayo estuvimos preparándonos, en esos días teníamos misas de campaña, el cura hacía el altar entre las piedras. Y cuando empezó el bombardeo, cada vez que los ingleses bombardeaban yo me lo colgaba del cuello y le pedía a Dios que me salvara que las bombas no cayeran arriba. Tengo el rosario todo mordido de pedirle a Dios que no cayera la bomba arriba".
Otro objeto que Oscar atesora con fervor, es el reloj que usaba junto a sus siete compañeros. Era el único que tenían, Oscar se lo había comprado hacía poco. Se lo pasaban para hacer las guardias cada dos horas. "Era muy importante no dormirse, el reloj iba pasando de mano en mano cada dos horas para despertarnos y cumplir a rajatabla con la guardia porque era nuestra vida en juego", explicó Oscar Pérez, y recordó también que cuando cayeron prisioneros, los ingleses quisieron quitárselo, para llevárselo como trofeo de guerra, pero logró esconderlo lo suficientemente bien como para hoy tenerlo consigo.
Al volver
"Cuando veníamos pensábamos que nos iban a recibir bien, pero no había nadie, nos escondieron", cuenta Oscar, y el dolor otra vez se le nota en la cara. Inmediatamente, como quien quiere evitar malentendidos, asegura: "El pueblo no tuvo la culpa, nos trajeron de noche, nos metieron en un colectivo, nos dieron ropa nueva, nos bañaron, nos cortaron el pelo y nos llevaron a Río Grande y después en avión hasta aeroparque, nos subieron a camiones y nos dejaron en la plaza de Once, nos confundieron con la gente, la gente pasaba por al alado y no sabían lo que nosotros habíamos hecho".
Uno de los momentos más traumáticos para Oscar fue la rendición y, seguidamente, ver cómo reemplazaban la bandera argentina por la inglesa: "Perder la guerra, rendirnos, fue tremendo, lo he charlado con psicólogos, psiquiatras, tenemos muchos suicidios. La rendición es algo tremendo, te bajan tu bandera y te ponen la del otro país, fue una humillación, nos humillaron".
Es por eso que cada vez que tiene la oportunidad, ya sea en medio de una charla en un colegio o en la calle misma, le aconseja a los jóvenes no lucir la bandera inglesa en sus remeras o gorras, les pide que no se dejen llevar por las modas porque detrás hay algo más, que traten de no usarla "porque esa bandera flamea en territorio nuestro por patoterismo". El idioma, en cambio, no le afecta tanto, y las canciones tampoco "porque son cosas universales, pero a mí la bandera inglesa me irrita la vista, debe ser por el recuerdo de la rendición cuando bajaron nuestra bandera y pusieron la de ellos, hasta el día de hoy no lo he podido superar".
Tal es así, que hace algunos años, al terminar una charla en uno de los colegios de Gualeguaychú, notaron que una nena rompía algo. Estaba sacando el forro de su carpeta porque tenía banderas inglesas: "Nos pidió perdón y nos dijo que nunca más iba a hacer eso, quizás los padres se enojaron con nosotros, pero el mensaje había llegado, que es lo más importante".




















