Opinión
El mexicano Juan Francisco Estrada y el nicaragüense Román González protagonizaron una batalla épica, que quedó en manos del peleador azteca. De todos modos, el que más ganó fue el deporte.
Víctor Ludi
Gracias Gallo Estrada. Gracias Chocolatito González. Muchas gracias ambos por el bien que le hicieron al boxeo en estos tiempos difíciles para el tradicional deporte de los puños. La épica batalla que protagonizaron en Dallas, Estados Unidos, revitaliza el honor del pugilismo.
Justo en la jornada en la que había fallecido el mítico Marvin Hagler, uno de los más grandes de todos los tiempos, el mexicano Estrada y el nicaragüense González realizaron el mejor homenaje que le podían rendir a Maravilla: teniendo una guerra sobre el ring.
En la época en la que las estrellas escasean, en la que los mejores evitan pelear con los mejores y en la que se prioriza el circo mediático antes que el espectáculo sobre el ring, estos dos pequeños guerreros (pequeños porque combatieron en la categoría Supermosca, entre 50,802 y 52,163 kilos) pusieron por delante el honor y brindaron una batalla para el recuerdo, en el que no se dieron respiro durante 12 apasionantes rounds.
Por esto, a quienes nos apasiona el boxeo, nos revitalizó. Nos dio esperanza de que la disciplina pueda volver a salir a flote y que no existan más empresas promotoras, cadenas de televisión y otras cuantas trabas que impidan que los número 1 se midan con los número 1.
Esto que sucedió el último sábado nos permite soñar con que vuelvan a vivirse noches como las de los ’80, cuando los mejores no rehuían a enfrentarse con los mejores –el claro ejemplo fue el que brindaron Ray Sugar Leonard, Tommy Hearns, Mano de Piedra Durán y el ya mencionado Hagler, a quienes poco le importó el riesgo que tomaban y se cruzaron uno con el otro-, cuando en las grandes carteleras del primer orden mundial no había halcones contra paloma, cuando ni por asomo a un boxeador se le ocurriría desafiar a un practicante de otro deporte de combate a que se suba al ring.
Por 36 minutos, los fervientes fanáticos del boxeo tuvieron un deja vu, sintiendo que eso que estaban viendo en esos momentos ya lo habían vivido tiempo atrás, disfrutando cada segundo de ese combate extraordinario.
Pero como nada en la vida es perfecto, un juez se encargó de opacar el espectáculo. Increíblemente, Carlos Sucre vio ganar 117-111 a Estrada en una diferencia más que exagerada por lo parejo que fue el pleito. Demás está decir que el triunfo del Gallo por fallo dividido está bien; pero también hubiese estado bien si la victoria iba para el lado del Chocolatito o si el jurado decretaba un empate, ya que muchos asaltos fueron tan cerrados que quedaron bajo la interpretación de cada juez.
De todas maneras que el árbol no tape el bosque. Que un fallo polémico no opaque la demostración de valentía, amor propio e impecable preparación que mostraron estos boxeadores, que en los tiempos en los que no existía el coronavirus hubiesen recibido una ovación de pie de todo el estadio. Por eso, nuevamente gracias Juan Francisco Estrada, gracias Román González. Gracias por dignificar al boxeo.




















