Mujer y memoria
Fue testigo del nacimiento del peronismo en Entre Ríos, por ser taquígrafa de la legislatura y por haberse enamorado de quien presidía la cámara de Diputados provincial antes del '55. Tuvo siete hijos. Enrique está desaparecido desde febrero de 1976 y, en diciembre de ese mismo año, las fuerzas conjuntas asesinaron a Patricia en La Plata. A pesar del dolor, se mantuvo en pie y sostuvo a todos a su alrededor.
Sabina Melchiori
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Noemí Matilde Díaz Urrutibéhéty nació el 5 de abril de 1926 y falleció el 21 de abril de 2016. Durante sus 90 años de vida vivió situaciones que parecen imposibles de soportar, sin embargo, ella sí pudo y lo logró sin alimentar rencores que endurecieran su rictus ni le quitaran las ganas de reír. Se sostuvo en su fe y en el amor hacia sus hijos, por quienes se levantaba cada mañana luego de que la dictadura le partiera la vida en dos.
Dulce y portadora de una elegancia cautivadora. Mujer generosa y católica practicante. Le gustaba muchísimo la matemática y llevaba una vida social activa. Por su entrega apasionada a la difusión y conservación de la cultura francesa, en diciembre de 1985 recibió de parte del gobierno de Francia, la condecoración de las Palmas Académicas, un premio creado en 1801 y que le fue otorgado por proposición del entonces embajador Antoine Blanca "en testimonio de vuestra alta contribución en el dominio de la educación y de vuestra eminente participación y difusión de la cultura francesa".
Su infancia en Seguí, su juventud en Paraná
Mimí creció junto a su madre, una hermana, y dos hermanos en una escuela de Seguí. Su padre pasaba con ellos temporadas que nunca eran suficientes, y falleció cuando todavía eran pequeños. Pocos años más tarde, también murió su mamá, producto de un accidente cerebro vascular (ACV) del que Mimí fue testigo y que la marcó para siempre por el temor a morir de igual manera.
A partir de entonces, cada hermano fue criado por una tía distinta y a Mimí le tocó mudarse a Paraná, con Margot y Coty. Allí, mientras cursaba el profesorado de Matemática, trabajó como taquígrafa en la Legislatura y fue entonces que se enamoró de quien años más tarde se convertiría en su marido: un hombre 20 años mayor, gualeguaychuense, legislador, peronista de la primera hora: Esteban Guastavino.
Antes de encontrarse en el recinto, se cruzaron en la plaza 1ero de Mayo. Por ese entonces, se usaba que las señoritas den vueltas en un sentido y los caballeros, en el sentido contrario. De esa manera podían verse mientras desde la retreta, los músicos lanzaban melodías al aire. Juntos tuvieron siete hijos. El mayor, Enrique, se encuentra desaparecido desde el 17 de febrero de 1976.
Enrique Guastavino
Tras terminar el colegio secundario se inscribió en la carrera de Medicina, en Buenos Aires; luego, insatisfecho, se sintió llamado por el sacerdocio, entonces ingresó al seminario de los Hermanos Palotinos. Finalmente, encontró en la militancia política el lugar donde canalizar su necesidad de mejorar la vida de los más necesitados. Fue parte de la conducción de la Juventud Peronista e integrante de Montoneros.
Su hermano, Pemo Guastavino, se encontraba con él en Santa Fue cuando Enrique fue "chupado". Según ha relatado, fueron a la plaza De las Banderas a cubrir una cita que estaba "cantada". Allí se encontraron con un compañero que venía huyendo de Corrientes y empezaron a caminar los tres. Fue entonces que vieron que pasaba un Falcon verde. "Rajemos, esa es la patota", dijo Enrique, y empezaron a correr, pero cada uno por un camino diferente. Pemo llegó a la pieza que alquilaban juntos pero Enrique no.
Patricia Guastavino
Patricia nació en 1955, uno de los años más trágicos de la historia argentina, y murió en uno aún peor, 1976, tras ser acribillada por las Fuerzas Conjuntas en una esquina de La Plata, ciudad donde estudiaba Bioquímica y Farmacia. El hecho fue publicado en el diario La Nación del 23 de diciembre del '76. Bajo el título "Diez extremistas muertos", se daba cuenta de todas las "operaciones contrasubversivas" que se habían realizado el día anterior.
Mimí pudo recuperar el cuerpo de su hija, se lo entregaron en la morgue de La Plata y desde allí la trajo a Gualeguaychú para velarla en el living de la casa. Solo unos pocos vecinos y amigos pudieron acompañar a la familia, mientras los militares daban vueltas por el barrio.
Entre tanto dolor, también debió soportar la incomunicación absoluta durante los tres primeros años que Pemo, estuvo preso en Coronda (Santa Fe) y viajar luego por las diferentes cárceles del país para tener contacto con él. Los tres hijos más chicos, Andrea, Adriana y Martín ?quienes por aquellos años todavía eran niños?, la mantuvieron en pie.
Muchos años después, cuando Mimí ya era mayor, falleció su hijo Patricio, quien se había mudado poco antes a la casa de ella para cuidarla.
En pie, a pesar de todo
Mimí fue una madre, una abuela y bisabuela amorosa, le gustaba pasear, tomar helado, comer tortas y comprarse saquitos. Todos los días leía los dos diarios que se imprimen en Gualeguaychú y tomaba mate de té con azúcar a las 5 de la tarde.
Quienes la conocieron, la recuerdan por su andar erguido, su risa, su elegancia y generosidad. "Qué pecados podés tener vos", le preguntaban sus hijos cada vez que se confesaba. A lo que ella respondía: "Hay que tener humildad, siempre pecamos".
Carta de Adolfo Pérez Esquivel a las Madres de Plaza de Mayo
Entre los recuerdos, fotos y textos que Mimí conservaba, se destaca esta carta que Adolfo Pérez Esquivel les escribió, el 25 de septiembre de 1979, a las madres de Plaza de Mayo:
"Madre Coraje: hoy al partir no quería hacerlo sin poner en tus manos un poco de esperanza y decirte que rogaré mucho al Señor por ti y todas las madres del mundo, para que los ausentes estén presentes, para que no ocurra nunca más el inmenso dolor que vivimos.
Madre coraje, cuántas veces he sentido tu debilidad, tus lágrimas y también tu fuerza de amar. Sé que tus manos no están vacías, sino llenas de ese inmenso amor que trasciende todas las pequeñeces humanas. Así lo he vivido en el diario compartir tus angustias y esperanzas.
María, la madre de nuestro Señor, sufrió tu dolor de ver a su hijo calumniado, torturado y crucificado, su profundo dolor de Madre Universal se hizo amor que redimió por su hijo a todos los hijos del mundo, y tú, Madre Coraje, sabes que tu hijo no está ausente, sino presente en todos los hijos de esta tierra.
Sé que mis palabras no pueden mitigar tu dolor, pero también sé que comprendes lo que quiero expresarte y que lo meditas en tu corazón. Sabes que el camino es largo y siento que tú, Madre Coraje, estás dispuesta a caminarlo a pesar de todas las dificultades, de puertas que se cierran, de noches sin estrellas, pero estás firme y decidida porque vives la Esperanza para construir por el Amor un mundo más justo y humano para todos. Que Dios te bendiga y fortalezca en su paz por el amor", concluye la carta con la firma de Adolfo Pérez Esquivel.




















