Curiosos relatos
Ignacio Etchart
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Tiempo atrás, en las páginas de Mirador Entre Ríos, se publicó la historia del Dr. Joaquín Vivanco, primer médico victoriense en la historia, hoy nombre muy repetido pues las obras viales que conectan las provincias hermanadas por el río Paraná llevan su nombre. Sin embargo, no es la primera vez que algo (o alguien) se apropia de la identidad del histórico profesional de la salud.
Si bien don Joaquín se mudó a la ciudad a sus 19 años, por adopción es victoriense de cepa. Nació en 1928 en la ciudad de Buenos Aires y murió en 1898. Entre sus hitos, se destacan el primer hospital que existió en la ciudad, varios y exitosos emprendimientos comerciales e industriales, el trabajo ad honorem con los menos favorecidos del pueblo, y, por supuesto, sus años como amigo íntimo y médico personal del Gral. Justo José de Urquiza.
Este escrito no es otra cosa que una humilde adaptación de la publicación realizada en el portal de Facebook, "Historias de Victoria", página dedicada a la recuperación y divulgación de relatos antiguos de la ciudad y de la región.
El apellido
Pero este relato, no es sobre Vivanco padre, sino sobre su hijo, Carlos Vivanco, quien sostuvo la tradición clínica familiar. O mejor dicho, de quien se atrevió a pasarse por él.
Vivanco es un apellido que resuena en los doscientos años de Victoria. Por más que algunos no estén seguros de quien era, el fonema del nombre es tan familiar para los victorienses como el anaranjado atardecer sobre el riacho que bordea la ciudad. El sólo mencionarlo ya obvia cuestiones identitarias o de presentación. No obstante, la historia demostró que estas cuestiones de intensa familiaridad de no siempre devienen en buenas intenciones.
Resulta que existió un tal teniente coronel Lucas Córdoba, quien fue dos veces gobernador de Tucumán. Ambos mandatos (1895-98 y 1901-04) estuvieron marcados por muy importantes obras públicas y por atinadas leyes que se tradujeron en mejoras sociales y económicas.
A mediados de 1913, producto del avance del tiempo en su salud, Córdoba decidió mudarse a la villa de Quilino, un pueblito tranquilo del departamento cordobés de Ischilín, al noroeste de esa provincia y a una treintena de kilómetros de Deán Funes. Allí se instaló, acompañado por Delfina Córdoba Bravo, la menor de los once hijos.
El clima de Quilino parecía ideal para calmar las afecciones pulmonares del veterano fumador. Sin embargo, al poco de tiempo de haberse mudado, un martes 29 de julio, después de almorzar unas sardinas, se sintió descompuesto. Alarmada, su hija buscó la atención del médico del pueblo, el Dr. Carlos Vivanco.
Sin embargo, a pesar de la atención recibida por Vivanco, a las 5 de la tarde del día siguiente, el Teniente Coronel falleció producto de una "apoplejía cerebral", según lo dictó el médico.
Las sospechas
Aquel doctor Vivanco, presente en los últimos momentos de don Lucas, había llegado a Quilino a comienzos de 1913, con su esposa Julieta Touser Bellar.
Nadie lo conocía, pero pronto hizo amistades gracias a su buen aspecto y a su simpatía personal. En un momento dado confió a alguno de sus flamantes amigos que era doctor, pero que había abandonado la profesión. Como en el pueblo no había un médico estable, pronto empezaron a llamarlo para atender las enfermedades de los vecinos.
Vivanco casi siempre se negaba a los pedidos, pero a veces, si la situación era grave, aceptaba. Entonces, la Comisión Pro Médico Permanente de Quilino le propuso el cargo de galeno del pueblo, con sueldo. Rechazó varias veces la oferta hasta que finalmente la aceptó.
Pero capricho de la historia, al poco tiempo de establecerse en el poblado, doña Julieta falleció aparentemente a causa de un ataque cardíaco. Al velorio acudió angustiado el vecindario en masa. Vivanco había vestido el cadáver de Julieta con sus mejores galas y le colocó sobre el pecho un gran ramo de flores. Lloraba como desesperado junto a la cama donde yacía.
Sin embargo, según la narración del periódico "El Orden", en el pueblo comenzó a expandirse "como rumor infundado, la sospecha de que en aquella muerte había un misterio". Esto coincidió con algún tipo de "receta peligrosísima que el doctor Vivanco había suscripto para un enfermo y con otros despropósitos que habían llamado la atención del farmacéutico", cuenta la crónica.
Esto provocó que el pueblo comenzara "a dudar no solamente de la preparación de Vivanco y de la autenticidad de su título, sino hasta de su identidad personal".
Consecuentemente, el jefe político de Quilino, el comandante Bernardino Martínez, inició una investigación. Llamó a Vivanco y "lo interrogó por su falta de inscripción en el Consejo de Higiene", además de requerirle "la presentación de su libreta de enrolamiento". Pudo así descubrir que Carlos Vivanco se llamaba en realidad Valentín Benussi, y que no era médico. Hizo la denuncia al doctor Tagle, juez de Instrucción de Córdoba. Este ordenó exhumar el cadáver de Julieta para practicarle una autopsia.
El cadáver tenía el pecho cubierto por una toalla. Cuando el médico forense hundió el escalpelo en esa zona, "descubrió un orificio causado por una bala, perfectamente taponado y cubierta su superficie por una sustancia que imita la piel". Luego extrajo l proyectil. Fue inútil que Vivanco alegara que Julieta se había suicidado, y que lo único que él quiso fue esconder el hecho para no desacreditarla.
El juez del Crimen, doctor Ordóñez, lo halló culpable del asesinato y de estafa a la Comisión Pro Médico de Quilino. Lo condenó, en septiembre de 1914, a 18 años de prisión, con reclusión permanente durante 10 días, en cada aniversario del crimen.
Sobre un femicida más
En 2010, el periodista y escritor Víctor Retamoza publicó en Córdoba la novela "Las videncias de Irene", donde, entre otras historias, relata sobre el falso médico de Quilino.
El autor cuenta que la madre de Benussi se llamaba Irene, y era maestra en la localidad de El Chañar, departamento Sobremonte. Su marido la había abandonado. Valentín, el único hijo que tuvieron, creció, se hizo agraciado y de buen porte, y resolvió cambiarse de nombre por el de "Manuel". Estudió medicina en Buenos Aires, pero nunca se recibió, aunque mentía al respecto, alegando su profesionalismo en la salud.
Con el tiempo se mudó a Victoria, donde se casó con una rica heredera, a quien engañó y abandonó para fugarse con Julia ("Julieta"), una joven hija de franceses. Entre mentiras y escapadas, Benussi se volvió a cambiar el nombre por segunda vez, usurpando "el nombre de su benefactor, Carlos Vivanco".




















