María de los Ángeles ‘Chiqui’ González
Una mujer pionera, una creadora de mundos posibles, donde la infancia cobra su espacio real. “Chiqui” González nos da el derecho de conocer su vida personal, su destacada trayectoria a través de la palabra, de su palabra, para Mirador Provincial.
Gisela Mesa
redacción@miradorprovincial.com
María de los Ángeles conocida como “Chiqui” González, es una mujer pionera, una mujer vanguardista, curiosa, habladora que ama las palabras, los símbolos. Es una mujer que no se dedica a permanecer y transcurrir sino que honra la vida creando, imaginando que dio identidad a nuestra cultura, como ministra del área a nivel provincial.
Ha dedicado su vida a trabajar en diferentes espacios y ámbitos de la cultura. Mayormente en la ciudad de Rosario, donde nació y se crió en el barrio Saladillo, para luego comenzar una extensa producción teatral como actriz, directora y dramaturga dentro y fuera del país.
Habiendo estudiado Derecho de Familia con Posgrado de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la UNR, ejerció muy poco tiempo para luego dedicarse de lleno junto a grandes artistas a proyectos como “Desnuda de terciopelo”, (1993-2002 – Ganadora del premio Estrella de mar), “Bajo el ala del sombrero”, (1989-1993 – Agrupación Filodramática “Te quisimos con locura”), y “Orquesta de señoritas” (1998 – En el marco del Primer Encuentro Internacional de Escritoras), entre muchas otras que perduran en el acervo cultural de la ciudad.
En plena pandemia, donde la incertidumbre nos invade diariamente es urgente que le demos la bienvenida a la visión vanguardista y revolucionaria que “Chiqui” González nos plantea.
– La pandemia ha golpeado enormemente todos los frentes artísticos, pero hay uno particularmente que nos cuesta visualizar y es el impacto en la niñez. ¿Cómo creés que impactó la pandemia en la infancia de los niños?
– La pandemia es un antes y un después, es un intervalo en la vida de todos donde se ha revolucionado el sentido de nuestras propias vidas donde se ha puesto en juego la economía la política, la educación, el propio capitalismo está en juego. La pandemia no va a ser olvidada va a dejar huella. Es el momento de mi vida de mayor incertidumbre que he vivido, ¡cuidado! que yo he vivido la dictadura pero eso es otra incertidumbre, que te apresen, que te torturen y te mueras Esto es una incertidumbre personal: no saber cuál es tu futuro, cuál fue el significado de tu vida y el encierro permanente es una depresión flotante.
En cuanto a los grupos que han sufrido la mayor parte se la ha llevado la gente grande, han sufrido las enfermedades y han muerto masivamente en Argentina. Aclaro que yo no estoy haciendo crítica a los sistemas sanitarios porque no llegó la hora de evaluarlos y porque hay que estar gobernando en un momento así.
En cuanto a la pregunta concreta sobre los niños, es el grupo que más invisible ha sido, el que más ha sufrido, el que está confinado en contra de todo lo que significa crecer. Que en todo hay contradicciones es cierto, el niño puede haber tenido más tiempo para estar con los padres, más período para jugar con los hermanos pero también hay un tiempo para rivalidad, más espacio para el aburrimiento, para estar más con la tecnología y donde se repite a través de estos dispositivos la noticia pandemia día a día.
El niño ha perdido su lugar de juego que no es la casa. En la casa también juega con la madre pero en realidad su lugar es el espacio público, la ciudad, el campito del barrio, la vereda, y todo cerrado con rejas, las plazas cerradas. Los niños han perdido la escuela como hábito y las clases virtuales no han sido exitosas aunque reconozco el esfuerzo de las maestras. Y también es impresionante la fortaleza de las madres que viven en los barrios más pobres y de las educadoras que han ido en bicicleta a llevarles las fotocopias a estas familias.
La pandemia sin dudas va a dejar huellas en la infancia, va a ser el año en que no fuimos niños sino que fuimos sujetos encerrados en un sistema que no tiene nada que ver con nuestras características de vida, que es ir creciendo.
El grupo de los niños, de la infancia ha demostrado un compromiso absoluto, ya sé, mandado por los adultos, pero un compromiso ciudadano absoluto como ninguno otro sector lo cumplió y justo los sujetos de derechos, los que son ciudadanos tuvieron una larga suspensión de su ciudadanía que es el juego. La convención de los derechos del niño lo dijo claramente. Nadie los consultó durante la pandemia: qué quieren los niños.
– Has creado espacios perdurables excepcionales donde la gente puede visitar, conocer y crear; donde el adulto puede volver a ser niño y el niño disfrutar con el niño interior del adulto. Por ejemplo la Ciudad de los niños es un nombre muy significativo…¿Cómo surgió ese espacio?
– Empiezo por el final, la ciudad de los niños le ha quedado a Rosario por la cantidad de infraestructuras del uso del espacio público y de programas itinerantes que tiene entre chicos y grandes rompiendo esa cultura para niños con payasos, globos y chocolatadas. La ciudad de los niños: su nombre proviene del libro del pedagogo Francesco Tonucci que ha sido llevado adelante en Rosario como en otros lugares del mundo. Ciudad de los niños es un proyecto político del pedagogo italiano donde el propone, crear consejos de niños mezclando a los niños aunque generalmente se eligen niños de nueve y diez años. Rosario ha tenido 20 años de consejos de niños donde, ellos producen proyectos para la ciudad y se reúnen con el intendente y también se reúnen con el Concejo Deliberante para llevar adelante los proyectos.
En muchos casos Tonucci los restringió a la autonomía de solo ir a la escuela a tener lugares en los restaurantes, a no tener tareas, a muchas cosas que les interesan a los niños. Pero en Rosario logramos la dupla entre niños y grandes y los proyectos de los niños tuvieron que ver con la línea verde, con plantar árboles en medio de las villas, tuvieron que ver con el día de la convivencia y ahora en pandemia se mantuvo lo que es cultura viva con preguntas a todo el mundo, preguntas a los niños que se han difundido por todas las redes. Y hay niños de Canarias, niños de Suecia, niños de Cuba, que han contestado esas preguntas filosóficas que tienen que ver con la desigualdad, con la pandemia y la muerte, etc.
Rosario no es la ciudad de los niños solamente por eso, Rosario comenzó una tarea cultural. Se levanta la convención de los derechos del niño y se busca que el niño sea sujeto de derecho y pueda ser consultado en todos los asuntos que lo tienen como sujeto, como las innovaciones en la ciudad, como el cambio en la escuela, como el divorcio en los padres y por supuesto la pandemia. En cuanto vos me hablás de espacios de por qué llega a Rosario la ciudad de los niños es porque en Rosario, gracias a la decisión política de Hermes Juan Binner , y después de los intendentes que lo siguieron que han sostenido y sostienen el tríptico de la infancia, la isla de los inventos, el jardín de niños y la granja de la infancia, espacios colectivos que hicimos nosotros que no están basados en la filosofía de Tonucci. Sino en un paradigma colectivo porque algunos venimos del teatro, otros de las artes plásticas, otros vienen de la educación y hay mucha gente sin título y toda esa mezcla -donde nos importaban muchísimo los saberes populares- ha logrado que la granja de la infancia sea un lugar donde haya laberintos, donde haya casas en los árboles y demás cuestiones.
– Gianni Rodari asegura: “No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”. ¿Qué significa esta frase para usted?
– Gianni Rodari es un maestro de vida. Fue un hombre que se dedicó a conocer las operaciones creativas que hace la primera infancia para inventar historias Pero yo lo he llevado al guión al cine, a los objetos, a los collages, lo he llevado a todos los lugares posibles y he hecho toda la metodología del trabajo del actor, del guionista, del direccionista en la UBA de Buenos Aires y el libro primero es Gianni Rodari, porque es un cuentista y periodista pero es un ingeniero de las operaciones creativas que cubre el proceso creativo. Y yo lo que más ganas tengo es de saber cómo se crea y cómo se puede impulsar, no enseñar, por favor, sino impulsar a los otros a que crean o por los menos a poder ver cómo los otros puedan crear sin que yo los obstaculice. Por eso siempre me dediqué a capacitar grupos y a tener como una idea global del sentido.
Amo a Gianni Rodari (porque yo lo siento como si lo escribiera para mí y eso no es ningún tipo de soberbia) porque al igual que en mi vida, él se ha preguntado cómo se hace para crear, cómo se hace para inventar, porque esta sociedad es más utilitaria que inventora, porque la innovación tiene que estar hecha de ideas y no de narraciones, cuentos, poesías. Entonces creo que es un hombre y compañero de rutas, es un hombre iluminador de caminos. Es un hombre que me espera en las estaciones y me da la mano para que yo me baje y siga camino.
¿Y por qué dice esto? Está claro, lo dice porque yo tampoco creo que todo el arte sea la cultura, el arte es una parte de la cultura maravillosa, sensorial, emocional, sensible que cuenta la vida de otro modo. Pero la cultura es mucho más que todo eso, la cultura es toda la intención, toda la palabra entonces es gran parte del andamiaje de sentido lo que él quiere decir es que enseñamos el lenguaje y yo digo los lenguajes, porque no hay lenguaje de la palabra, el lenguaje del sonido tampoco es un lenguaje artístico. Hay lenguajes matemáticos. Es un horror decir el lenguaje es expresivo. Si fue creado un lenguaje y articulado para tener sentido es expresivo…¡déjense de embromar con los lenguajes expresivos y el lenguaje científico separado! El lenguaje es un mundo simbólico articulado de donde se saca sentido, donde se sacan conclusiones, razones para vivir.
Entonces está muy claro lo que dice Rodari: enseñamos los lenguajes, no para que todo el mundo se convierta en artista sino para que todo el mundo pueda tener una vida digna, digna de ser vivida, emancipada y libre y no dominada por el capitalismo.
– Los niños expresan sus estados de ánimos a través del arte: enojo, felicidad, tristeza, secretos pero el adulto ha perdido esa herramienta. Nos enojamos, no dialogamos, no pronunciamos…
– Los niños pequeños se guían por campos. Primero el campo de las sensaciones: frío, calor, árido, seco, lluvioso, grasoso, agrio, el gusto de la vista, mirada dura, dulce, lejanía, oído de la voz. Luego, el campo de las percepciones: el niño percibe si la madre está molesta, si la madre está harta de él o de la teta o de lo que fuera; el niño percibe si la madre o el padre están mal, el niño percibe si los otros niños no lo quieren, el niño percibe si está cambiando el día por la noche, el niño percibe la luz, el sonido, ve la actitud de los demás y percibe la violencia como una energía tensa que tiene alrededor y percibe que está acorralado. Y vamos al tercer campo, al de las emociones: el niño tiene miedo, el niño muestra tristeza y nos preguntamos cómo lo muestra en el arte, más bien en el juego, haciendo un arcoíris y lo tacha y esas tachaduras son quejas del niño, le duele y grita, se revuelca. El niño tiene su campo de emociones que es su resistencia, es la imaginación.
En cambio los adultos vivimos en el mundo de la razón, el cuerpo, lo que cargamos como consecuencia: la imaginación, los sueños, las emociones y las percepciones se van con los gusanos, por lo tanto somos dueños del mundo de la razón y de las ideas y vamos a la escuela para pensar, no para jugar ni para convivir, ni para imaginar, ni para inventar, solamente a pensar.
¿Qué pasa con los adultos? Los mayores tienen dos condenas. Una, que se van a morir; y la otra, es que no recuerdan sus dos o tres primeros años de vida. ¿A vos no te llama la atención que no la recuerdan? Es la condena del maduro: no entienden cómo piensan los niños pequeños, cómo hacen para llegar a actuar, cómo hacen para crear.
Eso es lo que yo he investigado toda mi vida y es lo que da lugar a otro tipo de pensamiento: un pensamiento creativo, un pensamiento que se rebela ante la injusticia, un pensamiento altruista. Los adultos no nos pronunciamos porque estamos encerrados en una cápsula de narcisismo, porque todos los días perdemos algo.
El capitalismo cada vez nos separa más, aparta el entre vos y tu cuerpo, aleja ciencia y arte. Los separa para hacer el individuo consumista. Por eso en realidad hay que generar una sociedad que piense como los niños pequeños y que difunda las formas de creación de los procesos emocionales, los procesos fraternales de ayuda mutua, donde no seamos asistencialistas pobres, sino seamos pobres seres humanos que se convierten en fuertes humanos, que no son tan fuertes para dañar al otro sino para protegerlo protegiéndolos.
Esperanzadora venganza contra la gallina roja
– Hablame de tu infancia, de tu barrio Saladillo…
– Nací en Saladillo, de las palabras y las imágenes, fue un barrio fraternal cerca del Frigorífico Swift, con mucha gente trabajadora. Estudiaba el piano, estaba en la casa de mis tías, aborrecía la escuela donde vomitaba todo el día. Entonces mi madre, que no tenía plata, me mandó al colegio del Huerto en el centro, para que pudiera quedarme allí sin vomitar, con lo cual me pasó al turno tarde. Yo comía a las once y vomitaba a las once y media y a las doce volvía a comer y a las doce y media me iba para la escuela a la salida me iba a buscar mi tía Amanda, querida, ya que yo tenía miedo de volverme en el transporte escolar.
De chiquita, desde el año y medio hasta los dos años y medio y tres, tuve un sueño recurrente que recuerdo perfectamente: me despertaba siempre a la dos o tres de la mañana gritando desesperadamente porque veía una gallina con plumas rojas gritando como un humano torturado sobre los cables de alta tensión.
Mi padre, que era doble maestro carcelario, a la tarde era maestro del reformatorio y le hacía hacer a mi mama pulóveres de retazos de lana para sus 30 alumnos y festejábamos su cumpleaños con los alumnos del reformatorio. Y a la noche era maestro de la cárcel de encausados, maestro de todos los grados de los delincuentes varones; ese padre me sacaba en medio del grito del sueño me envolvía con las sábanas en verano y una colcha en invierno. Mi madre le decía por qué la envolvés si no hace frio y él decía porque envuelta se siente más protegida y me hacía mirar el cielo en el patio de tierra con árboles que teníamos en mi casa. Me hacía elegir una estrella y si no me acordaba la inventaba entonces le decía: estrellita, estrellón. Y empezábamos a cantar “tiremos el miedo a la estrella tiremos el miedo a la estrella y ya se me pasó”, cantábamos hasta que me quedaba dormida y ahí me reintegraba a la cama.
Los psiquiatras y psicólogos que consulte durante mi vida dijeron que ese había sido mi comienzo más importante en la cultura, porque mi padre me había enseñado a curar el miedo con el juego y el miedo es una de las grandes claves de la infancia.
Hay que dejar de decir que la infancia es un lugar glorioso, memorioso, porque no olvidamos que la primera infancia está llena de miedos al otro, a los cambios de clima a las transformaciones, a los espacios que no entendemos y ni hablar de la escuela, donde nos ponen uno detrás de otro, donde el recreo es un campanazo o un timbre. Todo eso es absolutamente contrario a que el niño nació para jugar, que nació para inventar, para explorar.
Entonces mi padre me curaba el miedo jugando y entonces yo creo que esa es la parte más importante de la infancia, porque me curé o me vengué de la infancia haciendo lo mismo: inventando lugares de juego y creación, juego y arte, juego y expresión, juego y mutualidad, juego y educación, educación a través del juego.
Luego fui abogada, fui filósofa, también estudie todos los lenguajes. En realidad siempre tuve a los niños y a los jóvenes como en el medio, fui profesora universitaria 26 años, fui secretaria de Cultura de la ciudad de Rosario, ministra durante 12 años y llegué a ministra para vengarme de la gallina roja.
A mí las palabras me ayudaron a ser lo que soy y poder estar haciendo este reportaje es también estar agradeciéndote. A los 11 años gané un concurso de poesía para adultos que lo fue a recibir mi madre, amé lo poético, amé lo extraño, lo remoto, lo imaginario, amé la otra eficacia del lenguaje no la literalidad de lo cotidiano sino lo extra cotidiano todo lo construido todo lo que podemos ser. Toda la sociedad apacible, colectiva, fraternal, el que podemos llegar a ser con debates y con contradicciones.
También tuve una fuerza de voluntad muy grande que me inspiraron mis padres, lo que me permitió pasar la Dictadura defendiendo presos políticos a escondidas y haciendo otras cosas en la militancia política de la década del 70’ y eso también me dio una especie de temple para aceptar la adversidad y también creer que podemos trasformar la vida.
Podemos honrar la vida. Por la libertad, por la infancia, porque hagamos una cultura que tenga el amor de lo cotidiano, que tenga la intimidad de lo cotidiano, porque sin lo cotidiano no es amor. Pero tenga la distancia de la imaginación poética, porque sin imaginación poética en el otro no hay cambio, no hay transformación ni revolución.




















