miércoles, mayo 6 2026

Un relato cotidiano por fuera de la pandemia

Juan Carlos Filippi es adiestrador canino. Resuelve los problemas de conducta de los perros. Jim es un cachorro que tuvo una vida muy sufrida: eso lo volvió violento. Se encontraron y ahora, el especialista corrigió su comportamiento.

Jim, un cachorrón mestizo de tamaño mediano, con pelaje color negro en el lomo y blanco en el tórax, fue adoptado desde un refugio por una vecina de la ciudad hace unos tres meses. El perro llegó a la casa de su nueva dueña y empezó a mostrar su conducta, violenta e irascible, torpe e iracunda. La mujer empezó a indagar el historial de su mascota adoptada, y descubrió que Jim fue criado atado a un árbol con un alambre. Su historia es la historia del sufrimiento extremo al que se puede someter un animal doméstico. 

 

Pasaba el tiempo, el perro seguía indomable y su dueña sufría: lloraba todos los días. No sabía cómo contenerlo y tampoco recibía el cariño que esperaba de su mascota, e incluso ella no se lo podía dar. Estuvo a punto de devolverlo al refugio, pero decidió darle otra oportunidad (y darse una oportunidad a sí misma). Así, averiguó quién "educaba perros". Recibió varios contactos, entre ellos el de Juan Carlos Filippi, "instructor canino", dice su tarjeta de presentación. Hoy la vecina dice que Jim se volvió "un amor", y salen a pasear juntos todas las mañanas.

 

¿No es ésta una microhistoria de amor de las que tantas pueden encontrarse por fuera de una ciudad asustada por la pandemia, en esa otra ciudad donde a veces lo cotidiano se vuelve mágico? ¿Acaso no será verdad aquello de que Dios mira el mundo a través de los ojos de los perros, como dice una vieja canción? Pero claro: para que cada clavija se ajustara en una relación doméstica saludable, debía aparecer el adiestrador, que reniega del leitmotiv de "encantador" o "psicólogo" de canes. "Eso es puro verso", dice Filippi sin dudarlo.

 

 

Todo ocurre en una vereda. El adiestrador lleva a Jim con una correa especial. Caminan juntos y despacio, se detienen de repente. Luego hay un trotecito breve, de aquí y de allá. Filippi le saca la cuerda, se le aleja y le dice con una voz de mando firme: "¡Aquí!" (es la orden para que el perro se le acerque). Vuelve a colocarle la cuerda. El adiestrador se para sobre la acera y tironea levemente al can: éste no se mueve, porque no recibió la orden de cruzar la calle. 

 

Vuelta otra vez al ejercicio. "¡Sit (sentado)!"; "¡Down (echado en el piso)!"; "!Ouf (interjección que indica levantarse)"; "¡Juntos (para caminar a la par)". Se van escuchando las órdenes. El animal hace exactamente todo, todo lo que le indica el instructor.  

 

Foto: Manuel Alberto Fabatía

 

 

 

La lógica del método

 

Filippi (63), santafesino, se dedica al adiestramiento de perros desde hace 43 años. Ya en su infancia, a los 10, había empezado a interesarse en el tema. Su formación siempre fue autodidacta: sólo leyendo y aprendiendo cómo se deben dar las distintas órdenes. "En esto, nadie te enseña nada. Y no se puede enseñar porque no a todos los perros se los adiestra de una misma manera. En el caso de Jim, yo me enteré por su dueña de su historia de vida y sufrimiento, y lo que apliqué es lo que se llama adiestramiento básico", le cuenta a El Litoral.

 

El caso de los perros rescatados y adoptados es complejo. "Hoy es muy frecuente esta situación. Hay animales que se pueden rehabilitar y otros que no, lamentablemente. En cualquier caso, no sólo depende de mi trabajo como adiestrador: depende del compromiso que ponga el dueño del animal en todo lo que se le va indicando durante el período de adiestramiento", explica.

 

A Jim -que no es perro de guardia sino mascota de compañía-, se le enseña lo que es obediencia: a caminar junto a la persona, a sentarse ante una orden, a echarse ante otra, a venir al llamado, a no cruzar la calle sin otra indicación; incluso a cómo equilibrar su temperamento y de qué manera debe comportarse dentro de la casa de su dueña.

 

Ya lleva unas 22 clases con el cachorro, cada una de 15 minutos -"porque si nos pasamos de ese tiempo, el perro ya no presta atención; si se alarga cada clase, el animal no sólo no avanza, sino que retrocede", hace notar Filippi-. Son tres veces a la semana. El tiempo total para completar el adiestramiento es relativo: puede llevar una semana o un mes, dependiendo del perro (y del dueño). Y terminada la instrucción, se le entrega a los responsables de cada animal un diploma que certifica la instrucción.

 

"Cada can debe adiestrarse sin comida (como premio) y sin castigo (como reprimenda)", subraya Filippi. La única felicitación, al terminar la clase de 15 minutos, es acariciarlo cariñosamente, incluso hablarle con efusividad. Se usa un collar de ahorque (así se llama, "y no se usa para ahorcar el perro, sino para mantenerlo atento, atendiendo las órdenes con leves movimientos", deja aclarado. Lo que sí debe ser fuerte es la voz de mando, "para marcar autoridad cuando se le da cada una de las indicaciones", cuenta el hombre. 

 

Foto: Manuel Alberto Fabatía

 

 

 

¿Y los dueños?

 

Filippi asegura que ningún perro, sea o no de raza, es conflictivo. "El problema siempre es del dueño, nunca del animal". -¿Y qué decirle al dueño, qué es lo que debe saber alguien que tiene una mascota para no cometer errores de entrada?, le preguntó este diario.

 

-A cada dueño, decirle que siempre es necesario ponerle límites al perro, desde cachorrito. No sobreprotegerlo: poner afecto y límites, las dos cosas bien marcadas. No cualquiera puede tener un perro, porque se necesita mucha responsabilidad para hacerse cargo de un animal de compañía. La persona que decide tener un can como mascota debe preguntarse si está capacitada para tenerlo, sea de raza o rescatado. Hay que tener mucha responsabilidad.

 

Contacto

En Facebook: Adiestramiento Canino Juan C. Filippi

En Instagram: juancarlosfilippi

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