Tradiciones en Victoria
El 8 de diciembre en Victoria, como seguramente en la gran mayoría de los hogares y localidades del mundo cristiano, se encendió el arbolito de Navidad. Sin embargo, esta centenaria tradición, que fue capaz de sostenerse y readaptarse con el paso del tiempo, conlleva mucho más en su existir que un simple vegetal adornado con luces y colores.
Ignacio Etchart
redaccion-er@miradorprovincial.com
El ya lejano 8 de diciembre en la ciudad de Victoria el tradicional arbolito de Navidad fue inaugurado en una noche de celebración, colores y de compartir entre vecinos y familiares. Esta tradición, que ha logrado perpetuarse y reinterpretarse desde la antigua Edad Media, encuentra sus réplicas en casi toda población cristiana que habita este mundo.
Los elementos, homenajes y místicas religiosas que año tras años son representadas y manifestadas en cada encendido nuevo de Navidad, con su respectivo pesebre y música acompañante, refieren a una liturgia que siglo tras siglo ha podido sostenerse, en parte por el compromiso de la gente común, aunque también por un provechoso negocio que las empresas y comercios han sabido explotar.
Sin embargo, este escrito no profundizará en las más recientes desviaciones o intencionadas malinterpretaciones que se ha hecho de la Navidad y su principal tótem, el arbolito, aunque producto de la nostalgia seguramente algún comentario crítico sucederá. En contraste, y tratando de rescatar el pasado para poder reconfigurar el presente, se hará una breve exposición de los orígenes del árbol navideño y de sus rituales originales.
De madera y metal
El pasado 8 de diciembre, cuando se encendió el ya tradicional árbol de Navidad, no se estaba en realidad encendiendo un árbol. Unos años atrás, en el actual emplazamiento de la estructura de metal de 10 metros de altura adornada con alrededor de 500 luces leds que propone simbolizar el árbol de Navidad, nacida por el trabajo colectivo de los trabajadores municipales de Victoria, en coordinación con el personal de Alumbrado Público, auxiliados por un camión hidroelevador y configurado por un sistema computarizado de efectos lumínicos que dispondrá para sus espectadores un show de colores sin igual, en ese lugar, antes había un pino.
Sin embargo, el desgaste natural del árbol producto del calor de las luces y de la instalación eléctrica, y la practicidad que implica el nuevo soporte para los colores navideños, el histórico pino navideño ubicado en el corazón de la plaza San Martín, enfrentado a la Basílica Nuestra Señora de Aránzazu y al Palacio Municipal, con el tiempo fue reemplazado por un tubo de hierro.
Tubo que fue celebrado con la Santa Misa de clausura del Año Mariano Nacional, presidida por el cura párroco y rector de la basílica, Héctor Trachitte, junto a la presencia familias victorienses, además de la actuación de la Banda Municipal de Música “Sebastián Ingrao” dirigida por el maestro Hernán Sánchez, junto a demás funcionarios y personalidades locales.
Pero antes, el recordado pino, además de coincidir con los de las películas y dibujos animados de épocas festivas pensados principalmente en el norte nevado durante diciembre, hacía eco en un pasado muy lejano, como muy bien lo describe un artículo publicado en Historias de Victoria, página de Facebook fuente de este escrito.
En el norte
Previo a que el cristianismo lograra expandirse por toda Europa, en las tierras nórdicas donde habitan el folklore celta y germano, el árbol era el hogar de espíritus del bosque que debían ser satisfechos por los aldeanos de la zona para garantizar el equilibrio y prosperidad de la tierra.
Uno de los árboles más venerados en estas tradiciones es el roble, al cual se le asociaba con la fertilidad, la inmortalidad y la vida.
Como muchas de estas civilizaciones se movían en espacios rurales, los cambios de las estaciones eran fundamentales en el desarrollo de las comunidades. Principalmente el invierno (que en el hemisferio norte sucede paralelamente al verano sureño), pues las prolongadas noches que duraban más que los días y los crudos fríos que provocaban la escasez de alimento, era siempre motivo de preocupación. Incluso el roble, famoso por su resistencia, perdía su follaje.
Fue así como a los pobladores se les ocurrió decorar las ramas del roble desnudo con telas, cintas, frutas y piedras pintadas para embellecerlo y así lograr que el buen espíritu volviera a habitarlo.
También algunos pueblos nórdicos practicaban una ceremonia llamada “Yule”, que se celebraba en diciembre y duraba doce días, donde la gente se reunía en sus casas, encendía grandes fuegos y hogueras, mientras comía y bebía en abundancia.
En el ceremonial se talaba un enorme tronco de roble, lo suficientemente grande como para que durase la totalidad de las jornadas festivas, se trasladaba al hogar y se lo prendía fuego. Al final se guardaba un trozo del leño quemado y sus cenizas como talismanes dotados de buena suerte y de poderes curativos.
A pesar del desarrollo y avance territorial del cristianismo sobre Europa, y no por falta de intentos, nunca se consiguió erradicar del todo los viejos ritos paganos. Y dado que las conquistas no se logran sólo a base de pólvora y espada, sino también con técnicas de apropiación cultural, el programa político del cristianismo medieval adoptó una estrategia mucho más pragmática, basada en la paulatina y progresiva incorporación y reinterpretación de estas ceremonias.
Así fue como poco a poco se le despojó al ritual nórdico que ornamentaba el roble sagrado su simbolismo original, siendo reemplazado por significantes cristianizados.
En esta minuciosa labor tuvo un importante papel un obispo inglés llamado San Bonifacio, que a comienzos del siglo VIII llevó a cabo una campaña de evangelización a gran escala en el norte de Europa, por lo que se le conoce como el Apóstol de Alemania.
San Bonifacio fue central en el surgimiento del moderno árbol navideño. Una leyenda cuenta que hacia el año 723 truncó un roble sagrado dedicado a un Dios nórdico. Pero ante la ausencia de un castigo divino frente a semejante ofensa, los germanos aceptaron convertirse al cristianismo. Bonifacio además reemplazó al roble como árbol sagrado invernal por el pino, al que llamó Árbol del Niño Jesús.
El pino no pierde su follaje durante el invierno, por lo que luce como un estallido de vida en medio de la adversidad característica al crudo invierno nórdico, además de representar en forma triangular, una simbólica relación con la Santísima Trinidad.




















