miércoles, mayo 13 2026

Los pajaritos del Bigote

A comienzos de año, Raúl Emilio Acosta, el "Bigote", conocido periodista y escritor santafesino (nacido en Barrancas, infancia en Santa Fe y el resto en Rosario), publicó "Pajaritos populares", breves poemas, levísimos…que nunca pudieron ser presentados en sociedad, pandemia mediante. Acá, contamos un poco de qué se trata…

Néstor Fenoglio
nfenoglio@miradorprovincial.com

Como en casi todo, debemos comenzar por el principio (en mi principio está mi fin –y viceversa–, dicen el Eclesiastés y Eliot) y, en este caso, debemos prestar atención al título del libro, un nuevo libro, de poemas en este caso, del incansable Raúl Emilio Acosta, Bigote.

Pajaritos populares es una referencia directa, insoslayable, a Twitter, que permite, por definición, "enviar mensajes cortos para decirle al mundo lo que estás haciendo, pensando, leyendo o cualquier cosa que quieras comunicar". Cree, Bigote, que estos poemas tienen ese espíritu liviano y ligero de la popular red, que cambia la agilidad del vuelo por contados, escasos caracteres: 140 de origen, 280 en su versión ampliada. Es decir: buena parte de los poemas de este libro, tienen menos de 280 caracteres. Son, en consecuencia, en su mayoría, textos breves. Y también, quizás, precisos, circunstanciales (ahí me planto y discuto).

Hay, por decirlo así, epocalmente, una búsqueda de brevedad, que excluiría (en potencial) textos extensos. Todo es rápido y todo es ahora. Un audio de más de un minuto es insoportable; un texto de más de 280 caracteres, también. Estamos en una hora que pide y consume textos de esa manera. Sucede igualmente en prosa: hay una explosión de micro relatos, esto es, pequeños cuentos o narraciones, con su tensión y su desenlace, pero «pajaritos» al fin y al cabo.

Hago la salvedad, sólo para pelear conmigo y desmayadamente con el señor Acosta, que no inventamos nosotros la brevedad. En poesía, la brevedad se hunde en el principio mismo de la literatura; tanto como las crónicas o poemones religiosos o épicos extensos. Pienso en la Biblia, en algunos pasajes del Cantar de los Cantares o en los Salmos, muchos de ellos bellísimos y breves, más breves que un tweet.

Y pienso, sobre todo, en los epigramas griegos, necesariamente brevísimos (se esculpían, al principio, en tumbas) e intensos. Y fueron retomados rápidamente por los poetas griegos -Safo, Arquíloco, Alceo- y cultivados como un género en sí mismo: lírico y breve. Su influencia posterior en nuestra cultura tiene múltiples ramificaciones. Una redondilla de Tomás de Iriarte, decía (más de mil años después): "A la abeja semejante,/para que cause placer/el epigrama ha de ser/pequeño, dulce y punzante".

Y pienso, también, en las jarchas, esas pequeñas cancioncillas mozárabes que son el primer registro de una proto lengua castellana (con lo cual tenemos el orgullo los poetas de decir que nuestro idioma no nació con la épica, como la mayoría, sino a puro sentimiento, poesía), brevísimas, de tres o cuatro versos.

Por cierto, hay que inscribir también en este conteo liviano y ligero a los haikus que, provenientes de otra tradición, oriental, tuvieron y tienen en occidente a numerosos y valiosos cultores, Borges y Octavio Paz, entre ellos.

Estos Pajaritos populares, entonces, son hijos de una larga y rica tradición. Tienen ese estilo que es marca del autor: observación, registro, cotidianeidad, coloquialidad. También belleza. Concisión, desde luego. Son poemas breves; no tanto como un epigrama, o un haiku.

Pero, ¿cuál es el recorrido de estos pajaritos populares, desde dónde y hacia dónde viajan? Son inquietos. Por ejemplo, hay poemas que tienen un dejo nostálgico, un recuerdo de lo que fue. Aparecen ecos, suspiros. Pero no debemos engañarnos, estos pajaritos vuelan, ahora mismo: «…el presente no es nada/es ayer que se aleja/con diferente paso…», dice Bigote, por allí. Y se asume, él mismo (ni falta hacía aclararlo), como un ave en vuelo: «tengo un corazón volador».

Es reconocible la idea de fugacidad, que atraviesa todo el poemario. Es también, sobre todo, un libro de poemas de amor. Amor y poesía son los dos ejes que nos salen al encuentro cuando observamos esos aleteos y esos vuelos raudos. Ambos, la poesía y el amor, suspenden el tiempo y lo atraviesan de otro modo.

Hay sabiduría en ese reconocimiento: «soy el ciego que sabe lo que pasa», dice, y también: «soy aquel que resucita y cree que puede».

La poesía, poderosa y omnipresente, siempre: «hay poesía en todas partes»; «en la poesía no hay mentiras». Y, entresacando aquí y allá estos versos limpios, también el amor se nos muestra igual de esencial y verdadero: «En el amor no hay olvido», dice. Por eso, no extraña que ambos, amor y poesía, tengan una altura similar de vuelo y un espacio común, hasta el punto de identificarse en uno, como los amantes: «en la felicidad hay misterio/azar y sacrificio/igual igual igual/que en los poemas». Y así surcan el cielo, trayendo y llevando, creyendo en la simpleza de su vuelo, postulando eternidad en ese breve reinado de alas batidas. Deben, pues, cumplir su destino e ir de rama en rama, como un continuo retweet bello y necesario. Que vuelen, entonces, estos dolidos o felices pajaritos populares. Que sean ellos mismos.


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