Historias de Victoria
La ciudad de Victoria hoy transcurre 210 años desde su fundación, convirtiéndose así en una de las localidades más antiguas del país. Sus calles, edificios y monumentos no son un simple homenaje o recordatorio de sucesos o personalidades históricas sino que son historia.
Ignacio etchart
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A continuación, una humilde selección de breves relatos que constituyen la identidad de la población victoriense.
Toda sociedad tiene sus múltiples formas de mantener vivo recuerdos y experiencias del pasado. En la antigüedad, la tradición oral era el modo más recurrente de transmitir historias de generación en generación. Con la invención y progresiva adaptación de la escritura, el archivo histórico fue complementando los relatos orales.
Con el tiempo, la escritura a su vez fue también acompañada por diversas expresiones artísticas: estatuas, arquitecturas e incluso edificios institucionales o comerciales cuya apariencia parece banal, encierran en sus lineamientos historias que hacen la identidad de un pueblo.
Sin embargo, la tradición no sólo radica en manifestaciones políticas, en osadas campañas militares o en trascendentes personalidades que cambiaron el rumbo de la historia. La mayoría de las veces, la historia se constituye en pequeños relatos, en frecuentes hazañas, en emprendimientos que se pretenden cotidianos pero con el tiempo se transforman en algo mucho más grande de lo que originalmente se pensó.
Gracias al trabajo realizado por los administradores de la página de Facebook “Historias de Victoria”, portal dedicado a la preservación y divulgación de registros históricos locales y regionales, he aquí dos breves relatos sobre la ciudad, representada a través de dos formas muy diferentes pero idénticas a lo largo del tiempo.
El monumento al pescador
El vínculo entre la ciudad de Victoria y la enorme cantidad de riachos, canales, meaderos e incluso el mismo río Paraná, trasciende la historia misma del pueblo. Fue a sus orillas que la existencia de Victoria comenzó.
Extracción, producción y mercantilización de todo aquello que el amplio curso fluvial de la zona provee fue fundante, pero no sólo en términos de comercio o industria. Fue en el trabajo, herramienta transformadora del ser humano por excelencia, que la actual Victoria se constituyó.
Hoy, ubicado en la zona portuaria de la ciudad, en el nacimiento de la costanera de la ciudad, enfrentado a los edificios del Casino Victoria, el restaurante Fontanarrosa y al Club de Pescadores, se levanta el Monumento al Pescador, homenaje a los avezados canoeros, que tras enfrentar variados peligros en las islas, traían desde lejos el recurso ictícola para el sustento de sus familias.
El autor de este monumento fue el artista autodidacta Julio Hernández, que hacia 1994 modeló esta obra inspirándose en el rostro de un pescador entrado en años, llamado Raimundo José Figueras, ambos vecinos de la ciudad.
La escultura representa el laborioso trabajo y la exigencia que la tarea pesquera requiere, metaforizando dicha intensidad mediante la exposición del torso desnudo de una figura masculina, explicitando hasta el detalle la morfología de un cuerpo robustecido por las vejaciones del trabajo isleño.
El pescador se presenta además en una posición de avance mientras carga en ambos brazos a dos grandes peces sujetados desde sus fauces, pendiéndolos a cada uno de sus lados para ser descansados en sutiles montículos de redes.
Detrás del pescador, muy cercano a él se encuentra su canoa, medio tradicional que le permite llevar adelante sus travesías por los canales, riachos y arroyos hasta llegar a destino, levantando campamento o retornando al breve tiempo. La estructura completa de la estatua comprende unos ocho metros de largo por 2,70 de ancho, con una altura de 1,40 en la cara anterior y 95 centímetros en la cara posterior. Por su parte, el pescador mide dos metros de alto.
En su diseño original, la base iba a ser más baja y de menores proporciones para dar lugar a la interacción con los transeúntes, pero el descoordinado desarrollo de las partes derivó a una superficie algo despoblada que debió ser equilibrada, anexándose la mencionada canoa.
La obra fue armada internamente con hierro, rellenada con hormigón macizo y revestido con cemento directo, llegando a pesar unos 250 kilos. El taller artístico utilizado por Hernández fueron los galpones de la vieja usina eléctrica hasta que su finalización y posterior traslado hasta su actual ubicación.
La tabacalera Turano
De histórica aunque muy cercana tradición reviste el viejo edificio de la tabacalera y cigarrera de la familia Turano. Durante muchas décadas fue uno de los emprendimientos productivos y comerciales más importantes de Victoria.
La cigarrería Turano inició sus producciones hacia 1922 en la actual esquina de Chacabuco e Italia. En aquellos años esta industria artesanal tuvo una cuantiosa mano obrera que elaboraba sus tradicionales habanos.
En aquel entonces dicha industria se denominaba Cigarrería Puerto Nuevo, en relación a la nueva naciente zona portuaria que se estaba instalando en los alrededores de la vieja estación de trenes.
El fundador de la cigarrería fue Miguel Turano, artesano experimentado en esta actividad, cuya familia había llegado años antes a la ciudad, proveniente de las regiones sureñas de Italia.
El tabaco de los Turano fabricado en aquellos días era traído de las provincias de Corrientes, Misiones, Salta o Jujuy. Luego, las manufacturas eran distribuidas por todos los rincones de Entre Ríos y en algunas localidades de la provincia Santa Fe.
Fue tal su desarrollo industrial y comercial, que en 1936 la familia Turano inauguró una sucursal en Nogoyá, cuya pujanza fue característica durante el tiempo que se mantuvo activa, hasta 1961.
Entre los años 1946 y 1947 la cigarrería Puerto Nuevo empleaba alrededor de 500 operarios, con una producción aproximada entre 70 y 80 millones de cigarros anuales.
Sin embargo, con el paso del tiempo, los cambios de hábitos de consumo en las nuevas generaciones y el surgimiento del cigarrillo industrial, el consumo de cigarros fue poco a poco limitándose a la población adulta, lo cual fue deteriorando poco a su cifra de ventas.
Hoy la cigarrería Turano limita su producción a un puñado de comercios locales, operando sin publicidad alguna, subsistiendo a base una producción artesanal de características casi anacrónicas, aunque encarnando, manteniendo viva y latente, una tradición explícitamente victoriense.





















