En Gualeguaychú
Se llama Marcos Rualande pero le dicen Polako; es guardacarcel, pero su pasión pasa por encontrar objetos de metal bajo la tierra. Una prueba de estos aspectos de su identidad es su usuario de Instagram (@polakodeteccion).
Sabina Melchiori
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En algún momento de su vida, Marcos "Polako" Rualande cursó parte del Profesorado de Historia. Evidentemente aquella vocación nunca se apagó ya que lo que lo impulsó un día a salir a buscar metales que el tiempo enterró fue justamente la curiosidad por explorar sitios donde sucedieron acontecimientos relevantes: "La zona de Gualeguaychú tiene una riqueza histórica impresionante y muchos ni siquiera lo saben, han pasado ejércitos, ha habido enfrentamientos, intercambios comerciales, tráfico naval, llegada de inmigrantes. Más cerca en el tiempo, nuestra ciudad se convirtió en un privilegiado destino turístico, y entre todo eso muchas personas han perdido objetos".
A la búsqueda la realiza en zonas que no están catalogadas como yacimientos o lugares protegidos, sino a la vista de cualquier vecino en el balneario municipal o dentro de un campo cuyo dueño les ha dado permiso. La condición autoimpuesta es dejar el lugar como estaba: "Si hacemos un pozo, es regla obligatoria taparlo y dejar el lugar lo más prolijo posible; y si lo que detectamos es basura, la cargamos en la mochilita y posteriormente la descartamos en los tachos de nuestras casas para colaborar humildemente con la limpieza y descontaminación de estos espacios".
La mayor parte de lo que encuentran es basura, y del resto, predominan las monedas; anillos; aritos; cadenitas; cruces; alguna bombilla; incluso identificaciones caninas que en más de una ocasión, al poseer datos personales, han podido devolver. "Eso es algo precioso porque a la gente le asombra y se alegra mucho al recuperar algo que daba por perdido". Y lo que no se puede devolver, sencillamente porque no se sabe a quién perteneció, Polako lo guarda en bolsitas diferenciadas según el día del hallazgo.
Otro valor
Contrario a lo que se puede llegar a creer, lo que Polako interpreta como pieza valiosa no es el metal con el que fue hecha sino su significación, sobre todo si el objeto encontrado fue testigo de un hecho histórico.
"A uno de mis colegas, ´el Ñato`, le gusta decir que somos buscadores de objetos perdidos, y tiene razón, porque la idea es disfrutar de la búsqueda, la sorpresa de hallar lo inesperado. Encontramos muchas monedas actuales pero de vez en cuando sale alguna viejita y esa seguro que te saca una sonrisa, más que nada a mí, que también disfruto mucho de la numismática".
Si bien no descarta lo que económicamente tiene valor, sus hallazgos favoritos son los de hierro fundido: "Hace un tiempo, en el Ñandubaysal, a una profundidad de 30 centímetros en el agua, detecté un pedazo de hierro de 12 centímetros, que me llamo la atención. Primero pensé que podía ser parte de una olla pero su superficie era en parte más gruesa y en parte más fina, así que descarte la idea. Después de un tiempo y tras limpiarlo y mostrarlo a conocidos, un compañero de trabajo que fue militar me dijo que se asemejaba mucho a la parte superior de una granada de mortero, de hecho, después de investigar, pude averiguar que efectivamente era eso, y que se encontraba ahí porque en alguna época el ejército realizo maniobras de practica en esa zona y charlando con mas detectoristas me contaron que en el lugar habían hallado botones militares y municiones, con lo que todo tenía sentido".
Otro de sus hallazgos preciados es un clavo octogonal forjado, posiblemente de alguna embarcación antigua, y lo más lindo, según Polako, es la parte inferior de un estribo cabeza de ángel de tres dedos que encontró a 40 centímetros de profundidad en la parte alta del balneario municipal. "Recuerdo que después de haber hecho el pozo fui a lavarlo para ver bien qué era y cuando empecé a ver la belleza de ese trocito de historia me emocioné muchísimo". Probablemente, ese estribo haya pertenecido a la montura de uno de los tantos caballos que tiraban los carros de la obra de construcción de la costanera.
Un camino de ida
"Cuando pude comprarme el detector, uno de los primeros con los que salí a detectar fue Toti, él ya tenía tiempo en la actividad y me dio mis primeros tips, de ahí en adelante no pare más. Siempre que tengo la oportunidad de ir a algún lugar, llevo el detector, aunque lo ideal es hacer un estudio previo del terreno, o preguntándole a la gente mayor sobre lo que había en el lugar tiempo atrás".
Una pulpería, un saladero, una estancia, una tapera, o el sector del río donde se iba a lavar la ropa antes de que llegara el agua corriente son datos valiosos para los buscadores de objetos perdidos.
"Una vez fuimos para un lugar donde mi señora solía ir a pasar las vacaciones cuando era chica y resulta que estaba todo muy abandonado, después de detectar un rato preferimos irnos porque empezamos a encontrar algunas cosas que parecían de brujería, andá a saber lo que podíamos llegar a encontrar", cuenta entre risas, y agrega que no ha tenido la oportunidad de realizar exploraciones en lugares de relevancia histórica arqueológica, aunque sería muy feliz de poder colaborar con gente que se dedique a la investigación histórica.
"Creo que la mayoría no buscamos hacernos ricos con la prospección (sería más sencillo encarar cualquier otra actividad para eso) sino que disfrutamos de la búsqueda, de conocer la historia y resguardar de alguna manera ese conocimiento popular que corre riesgo de desaparecer si no se le presta atención, además, una vez que tenemos los hallazgos en la mano, otra parte muy apasionante de esta tarea es poder llegar a comprender ¿Qué es? ¿Para qué se usaba? Intentar contextualizarlo", expresó Polako en diálogo con Mirador Entre Ríos.
A su vez, aseguró que "si alguna vez tuviera la oportunidad de hallar algo que realmente tuviera relevancia histórica, no dudaría un segundo en entrar en contacto con algún museo o historiador local para ceder lo hallado y contribuir humildemente de alguna manera a la historia local".
El gusto de Polako por esta actividad también pasa por las personas con quienes la comparte. Disfruta de salir a pasear al aire libre con su esposa e hijos, y de paso activar el detector, y también de compartir esta pasión con su hermano que acaba de sumarse a la detección. Cuando sale con los integrantes del grupo de detectores se genera "muy buena onda", al punto de que festejan todos cuando uno encuentra algo. "Es un hobbie que si bien lo hace cada uno solo, lo disfrutamos más cuando estamos bien acompañados".





















