sábado, mayo 9 2026

Reflexiones en torno del hacer literario

La poesía "es un pájaro. Un pájaro en mi sangre. Pájaros en el aire, pájaros en mis manos. De vuelo libertario. De impenitente soñadora. Como si el mundo se moviera sólo por sus alas". MBB. María Beartriz Bolsi es profesora en Letras, egresada de la UNL, docente e investigadora. También, una reconocida poeta, que comanda la filial local de la Sociedad Argentina de Escritores (Sade) desde 2005.

María Beatriz Bolsi
redaccion@miradorprovincial.com

La poesía sólo puede definirse a través de ella misma.

Preguntarnos qué es la poesía nos enfrenta a un dilema imponderable. Como si nos preguntáramos qué es la fe, la libertad, el amor…Recuerdo a Gustavo A. Bécquer definiéndola con un pronombre: "Poesía eres tú": la totalidad del ser. Lope de Vega lo expresó de esta manera: "Esto es amor. Quien lo probó, lo sabe". Es que, como el amor, la poesía se vive. Se siente.

Es imposible explicarla, ya que toda palabra que intente conceptualizarla, la despojaría de la emoción que le es inherente. La palabra poética es la matriz de todas nuestras vivencias, la expresión más visceral del Hombre, la que lleva las cicatrices y marcas de su autor que se esconden en sus rincones y se expresan en laberínticos caminos. Porque esa palabra conjuga fragmentos de su propia vida en el papel, señales en trazos infinitos que develan e "iluminan las virtualidades del lenguaje y acercan las esencias", al decir de Juan L. Ortiz.

Precisamente, es del corazón del hombre de donde nace la poesía: de sus miedos, desencuentros, pérdidas, alegrías, utopías, trasvasados, transformados por la palabra. Quizá, de todas las escrituras literarias, la poesía es la que más profundamente refleja la vida misma de quien escribe.

"Mi voz viene de adentro, de lo interior del alma, y no tengo vergüenzas" (Rubén Vela). Es por ello, reflejo y espejo de la cosmovisión de un autor, inmerso en su tiempo y espacio. Reflejo y espejo de la cosmovisión de un pueblo, ya que nadie puede escribir desprendido de su tiempo y lugar. El internarse en sí mismo del poeta es un atrevimiento que lo expone a la intemperie. Ese atrevimiento lo conduce a un más adentro de sí, que lo trasciende como ser.

Pero la palabra del escritor no es el traspaso directo de lo vivido a una hoja de papel. Es transfiguración de lo vivido. Las vivencias ya no están más allí, pero permanecen en los ojos de la memoria, del recuerdo. Y es allí donde comienza el oficio. Diríamos que el poeta utiliza las palabras "de la tribu", al decir de Mallarmè, pero las baña con su luz propia, con su acento particular. Construye la palabra propia. Ellas son su particular manera de entender el mundo, de mirar, de estar con otros, de respirar, de descifrar enigmas.

Así, las calles son las mismas para todos, el camino, las plazas, el mismo cielo, el mismo mayo, iguales soles, pero el poeta descubre lo que otros no han visto todavía. Y lo dice con el impacto del descubrimiento.

Al recibir el premio Cervantes, el poeta argentino Juan Gelman expresó: "¿Acaso el aire no nos sigue hablando? ¿Y el mar, la lluvia, no tienen muchas voces? ¿Cuántas palabras, aún desconocidas guardan en sus silencios? Hay millones de espacios sin nombrar y la poesía trabaja y nombra lo que no tiene nombre todavía. Esto exige que el poeta despeje en sí, caminos que no recorrió antes, que desbroce las malezas de su subjetividad, que no escuche el estrépito de la palabra impuesta, que explore los mil rostros de la imaginación…"

Estamos hablando entonces, de una ruptura. El poeta "rompe" la dimensión rutinaria, cotidiana, del lenguaje, nos sustrae de lo conocido, de lo seguro, nos "descoloca", nos introduce en un territorio de "arenas movedizas". El poeta genera asociaciones imprevistas, logra un ritmo particular, y potencia los significados. Son los senderos del temblor, el "brivido" dicen los italianos, el escalofrío ante lo ignoto. Podríamos decir que en esa ruptura el poeta es como un demiurgo que destruye lo conocido para crear una nueva realidad. "Aquél que no mate y resucite, que abandone al arte de la poesía" (R. Vela). Y por no ser conocida, es muchas veces, difícil de descifrar.

Y al ponernos en otro lugar, quizá en el "no-lugar" ya no somos los mismos. Se han corrido los límites de lo que somos. Por eso produce una especie de sortilegio, de encantamiento. Nos volvemos esclavos de ese mundo y paradojalmente, totalmente libres. Porque no hay acto de mayor libertad que el que se produce al escribir. En la total soledad el poeta, sin ningún tipo de presiones, sin condicionamientos. Solo, con sus vibraciones emocionales, su memoria, sus pensamientos, sin voces que perturben, que sobresalten.

En realidad, uno con su propia felicidad. Se arriba a "la límpida maravilla de ese fermento delirante". (Giussepe Ungaretti").

Si "Escribir es un escándalo milagroso", como decía Franz Kafka, para mí ese escándalo se llama POESÍA.

Viví en poesía desde la cuna. El mundo de la oralidad me atrapó en su mágica red: fueron las canciones infantiles que me cantaba mi abuela, las primeras poesías que memoricé, esos textos que crean climas, que estallan como brotes en primavera. A los seis años comencé las clases de "Declamación" y conocí autores ignorados para otros niños de mi edad: José Sebastián Tallón, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Nicolás Guillén.

Siempre la poesía. Universal y eterna, amante de la noche, criatura imprevisible que no tiene horizontes para su viaje, hecha del eco de cavernas, arde en el grito del desamparo, se vuelve bálsamo del peregrino, catarsis de todos los tormentos y letanía del amor prohibido.

Y como camino, siento y presiento la poesía, cerraré este escrito con el final del poema "Porque me habitas", que escribí hace un tiempo:

"Me habitas, poesía.

Me habitas desde el primer rescoldo de la vida.

Dondequiera que estés, te reconozco

Como reconoce el pájaro su nido entre el follaje.

Te reconozco en la memoria de la sangre.

Un hilo transparente me lleva hasta tu entraña.

Raíz de luz y de tinieblas

tejes un instante circular al costado del tiempo.

Y cuando llegas, desde el centro a los bordes

se acaban la distancia

los eclipses

las sombras.

Me quedan en las manos pedacitos de papel

Llenos de palabras.

Bio

María Beatriz Bolsi: Profesora en Letras, egresada de la UNL, docente e investigadora universitaria. Publicó seis libros de poemas e integra más de cuarenta Antologías literarias. Miembro colaborador de la Revista Aristos Internacional (Alicante-España) con publicaciones mensuales. Miembro Honorario y Embajadora de la Paz de IFLAC (Foro Internacional de literatura y cultura). Presidenta de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) Filial Santa Fe, desde 2005 a la actualidad.

Una antología para reflexionar sobre el propio hacer literario

Este libro se hizo en ocasión de los treinta años de la Editorial Tres Más Uno, dirigida por Eduardo Monte Jopia (Buenos Aires). Esta Editorial tiene como lema "Poesía más poesía es igual a cultura". La presente Antología está compuesta por las voces de treinta y un poetas invitados, que respondieron a la pregunta "Qué es poesía", mediante una reflexión y también a través de una poesía de su autoría.

Los autores que la componen pertenecen a las distintas provincias argentinas, y también al territorio chileno. Entre otros, podemos mencionar a: Norberto Barleand (Buenos Aires), Oscar Agú (Santa Fe), Theodosio Barrios (Posadas, Misiones), Mercedes Enriquez (Rosario), Edmanuel Ferreira Mondaca (Ovalle, Chile), Aníbal de Grecia (Oberá, Misiones), Alejandro Cesario (Buenos aires), Gustavo Morínigo (Buenos Aires), Miguel Gómez Da Luz (Wanda, Misiones), Carlos Splausky ( Chaco), Claudio Simiz (Buenos Aires), Daniel Reyes (Tafí Viejo-Tucumán), Rolando Revagliatti (Buenos Aires), Emiliano Pintos (Cunco-Araucanía de Chile), Antonio Las Heras (Buenos Aires) Mario Jorge Iscoff (Buenos Aires), Elías Domingo Galatti (Buenos Aires).


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