Mientras nadie nunca nada
Hace un mes recibí un mensaje de Gabi en el chat del Facebook. Ella es una compañera del secundario con quien tuvimos una linda amistad y que el tiempo nos llevó por otros caminos. El mensaje decía: "Llegó el momento de recuperar esos libros que una va conservando en otros por tanto tiempo. Tengo desde la secundaria uno que te pertenece, tiene tu nombre escrito en esa letra tuya que siempre me pareció linda, como si fuera dibujada. Me gustaría devolvértelo, ¿dónde puedo enviarlo? Te mando un abrazo y espero que estés muy bien".
Hagar Blau Makaroff
redaccion@miradorprovincial.com
Al día siguiente me llegó mi libro de la mano de una encomienda, envuelto prolijamente en un abrazo translúcido de papel manteca, y con un papelito con la inscripción: "Un buen libro no sólo lo determina su contenido, también su continente". Noté la dedicación con la que me contactó y con la que realizó el envío, como un acto de entrega de algo de sí misma con ese objeto que yo no esperaba.
El que volvió a mí era "Mi amiga Ana Frank" de Alison Leslie Gold, un libro que no quedó registrado en mi memoria, que le había prestado en noveno año del EGB, hace exactamente 20 años, cuando la profesora del Normal °2, Renée Benabentos (gran impulsora de lecturas que recordamos con cariño), nos pidió leer "El diario" escrito por Ana Frank. Gabi me aseguró que se lo presté porque ella quedó impactada que teníamos la misma edad que la joven que vivía en Ámsterdam, y fue un gesto para que amplíe sobre su historia. Una linda circularidad, si se piensa que es un libro prestado de una amiga a otra, a los mismos 13 años.
Con Gabi seguimos chateando. Mi sorpresa fue doble, por no recordar el libro que le presté –me considero una persona con buena memoria- y porque ahí supe que se estaba avocando a realizar la búsqueda de paradero de dueños y la devolución de cada libro que encontrara en su biblioteca que no le perteneciera en origen.
Gabriela es profesora de Bellas Artes de la Facultad de Humanidades de la UNR, y en el medio de esta pandemia, en que acomodó su biblioteca personal, se encontró con esta actividad que calificó como un juego estilo "Elige tu propia aventura" y del encuentro con otros sorteando un aislamiento.
No es para sacarse un peso ni por sentir culpa, aseguró a esta periodista de Mirador Provincial, sino en "una búsqueda de la biblioteca interior, donde se eligen los imprescindibles" a la vez que encontró alegría en esto de "los préstamos de libros como circularidades que habilitan mundos posibles e imposibles", porque observó una especie de "asombro poético que se activa al recibir la correspondencia de un libro prestado, y un reencuentro con eso dado por perdido u olvidado. Es un juego postal de libros que regresan, donde ella puso en juego un "de-volver-se en libros que viajan", me aseguró.
Desde octubre pasado se encuentra devolviendo biografías de Spinetta, volúmenes de la editorial Eloísa Cartonera, obras de teatro y algún que otro cuento (ver apartado). "A otra amiga que se fue a vivir a un pueblo le voy a mandar uno que tengo hace diez años, y cuando le conté de tu libro de hace 20 años se sorprendió, es el que gana lejísimo en tiempo. No creo que nadie pueda batir tu récord", me aseguró la joven que devuelve los libros en pandemia. "Veinte años. Un día sos joven y al otro citás frases de tango", lanzó y nos reímos.
Pude observar cómo la costumbre de devolver libros (o cualquier objeto) es tan poco usual que no encontré para este artículo un sustantivo ya existente para nombrar a la persona que devuelve un objeto. Me pregunto si cabría ingresar en la RAE la sugerencia de aceptar el término "devolutor" o "retornador", ya que es una tarea tan dedicada.
Quise conocer más cómo surgió esta empresa de devoluciones y reencuentros con los "propietarios primigenios" de los libros, y respondió que "a lo largo de la vida una va forjando el camino de la lectura como práctica, como experiencia estética: en un momento determinado, hay como un ideal de autonomía, de autodefensa intelectual podríamos decir. Vas eligiendo los títulos que querés que te acompañen, conforme a tu biblioteca interior, por eso lo de alivianar el equipaje, no tanto por sacarse un peso de encima, más bien por elegir llevar lo imprescindible".
En ese camino de elecciones de equipaje aseguró, "te encontrás con que tu biblioteca está formada de muchos libros con orígenes diversos: regalados, comprados, heredados, encontrados, desconocidos, elegidos, olvidados y prestados. Esto que hoy nos convoca tiene que ver con los prestados, los de hace un mes, un año, diez y hasta veinte. Se dio algún tipo de combinación que hizo que me disponga a devolver aquellos libros, pero de la forma más próxima a un juego, a una cierta poética, a un otro modo de llegar, sino es como "tomá, te devuelvo tu libro" y ya. Lo vivo de una manera muy lúdica, desde el momento en que me encuentro con ese libro no mío, empieza a abrirse un escenario estilo "Elige tu propia aventura" (qué maravilloso modo de habitar la lectura) y surge algo como que si decidís dejar las cosas como están, pasa a la página 21, en cambio, si decidís transformarlas, pasa a la página 12. Como en la vida misma, no hay mucha teoría. Es más bien una puesta en práctica, en acción. No será el método Kondo, pero acomoda bastante".
Algunos no los puede devolver porque esas personas ya no están, o no encuentra cómo contactarlas. Para ella, como para mí, coincidimos en que "no se trata de cerrar círculos, sino de habitar la circularidad. Volver al comienzo del círculo para avanzar en uno nuevo, nunca cerrar", y recuperar aquello dado por perdido.
Aseguró luego que en lo personal, le conmueve "el hecho de proponer algo del asombro poético que tiene la mensajería, esa maquinaria emocional que solo activa el correo postal, la encomienda, la correspondencia, justamente eso, co-responder. Un poco por el contexto de aislamiento, otro poco por un amor histórico, la forma elegida es la del correo, la de la entrega inter-mediada, que sabes que está viajando, siendo. Ese efecto del reencuentro con algo que dabas por perdido o que ni siquiera te acordabas, porque "nadie nada nunca". Y es que es más allá del libro en sí, es algo que lo antecede o lo precede, o más bien, que trata de abrir algo, como dice Juarroz, entre la palabra y el silencio".
Los libros viajeros
A medida que encuentra varios libros de otros dueños, Gabi los junta, contacta a cada dueño a través de las redes sociales o número de contacto, y si hay interés en recuperarlo, despacha el envío. En el caso de no poder o no saber cómo contactar a quienes le prestaron determinados libros, aseguró que no se cuestiona mucho si el libro pasaría a ser de dominio público o algo por el estilo. "Están ahí, forman parte mientras tanto de ese gran árbol genealógico que es una biblioteca familiar, hasta que algo acontezca que cambie su rumbo".
Junto a mi libro sobre Ana Frank, Gabriela devolvió 'Martropía, conversaciones con Spinetta', de Juan Carlos Diez. "Ese libro fue insinuado su pedido de regreso, en voz bajita y de una forma tan sutil que fue el primero que preparé para enviar. Sé lo que es extrañar al Flaco, y cuando me percaté que hacía varios meses que lo tenía, traté de devolverlo con el mayor de los cuidados, envuelto en un abrazo de papel manteca y un pedacito de canción", precisó.
También volvió a su origen una obra de teatro, una de sus lecturas preferidas, 'Esperando a Godot' de Samuel Beckett. "Con esta devolución, diez años después, hay algo del absurdo, como en la espera de los personajes Vladimiro y Estragon por ese Godot que nunca llega, pero que esta vez llegó, o eso nos quieren hacer creer".
Y luego lanzó una brutal reflexión: "Puede que haya algo de existencialismo en este juego postal de libros que regresan, de reencuentros virtuales o intermediados, de este realizar de acciones breves -incluso absurdas- que impregnen el aire, aunque sea por un momento, de un tiempo suspendido, vital y comprometido en ese presente dado".
Con "El perfume", de Patrick Süskind, pasó algo muy particular. Contactó a quien se lo prestara años atrás y le comunicó su intención de devolverlo. "Me dijo algo así como que ese libro no iba a estar con nadie mejor que conmigo, que si quería me lo quedara. Es decir que pasó a 'ser mío', no por desencuentro, sino todo lo contrario. Fue como un blanqueamiento de situación". Hasta ahora en su juego fue el único caso de "expropiación consensuada", mientras todos los otros libros fueron o están siendo devueltos.
En este camino asegura que todavía quedan algunos por devolver, y en su mayoría son libros que le prestaron este año, uno de Elena Poniatowska, otro de Silvia Federici, y uno de fotografías de Tina Modotti, que muy amorosamente le dijeron que se lo quede todo el tiempo que sea necesario. "A lo mejor lo que una conserva son las formas de llegar de esos libros, más que los libros en sí", pensó en voz alta sobre esto.
También le prestaron uno sobre Deleuze, que a las tres semanas ya estaba de nuevo en su biblioteca original. "Creo que fue el libro que más rápido devolví en mi vida, leído, claro". Hay otro de Chomsky, que como asegura que querrá leer de nuevo lo tratará de comprar. "Esto me hace pensar en eso que dijo Bertolt Brecht, pero modificado de la siguiente manera: Hay libros que lees una vez y son buenos. Hay otros que lees algunas veces y son mejores. Hay aquellos que lees muchas veces y son muy buenos. Pero hay los que lees toda la vida: esos son los imprescindibles".
Nadie nunca nada (se devuelve)
En el diálogo surgió esto de que "nadie nunca nada" (título de un cuento de Saer) devuelve los libros, y Gabi reflexionó: "Con la hermosa casualidad que acá también hay algo de experimentación, de alteración de sentido con respecto a eso de dejar todo como está, o hacer como si no hubiera pasado nada. Si me doy cuenta que tengo un libro que me prestaron hace mil años, y encima coincide con un momento ideal para alivianar el equipaje, voy a intentar retribuir ese libro, proponer descentrar el supuesto orden de las cosas. Si hay acuerdo con su prestador, es algo maravilloso. Si no se da, no se da y no pasa nada, de alguna forma se acomodará. Tampoco hay tanto apuro".
También surgió el concepto de "la ladrona de libros", basado en un libro que luego fue película conocida, y le consulté si sentía cierta culpa por no haberlos devuelto y eso la impulsa ahora a devolverlos. A ella le gustó lo de ladrona de libros: "La combinación de las palabras, porque las percibo como opuestas, una conlleva la idea de quitar, la otra de ofrecer. Una es potencialmente privativa, la otra puede ser libertaria".
En torno a la pregunta sobre el sentimiento de culpa respondió que "no viene por el lado de la culpa ni de sacarse un peso de encima, nada de eso. Son libros que he leído y que de alguna manera me constituyen, sea por adhesión o resistencia, empatía o desacuerdo, bibliografía obligatoria o libre elección. Algo así como lo que dice la canción 'Green Lover' de Lisandro Aristimuño: Ve lejos de mí, sin culpa / yo voy a parir con mis libros puestos".
La biblioteca como árbol clave de una circularidad
Para Gabi hay más de lo que una piensa detrás de cada libro, y algo de eso tienen las bibliotecas personales, compuestas por libros de orígenes distintos, como una familia ensamblada, un árbol genealógico de libros, ya que "una biblioteca abraza infinitas historias, habitadas y por habitar. Cientos de libros que se reúnen así como los que emprenden viaje, los que se quedan, los que se van y los que vienen, los que no vuelven más y los que van a volver".
Dice que todos los libros que habitamos nos habitan: "Hay algo en la lectura, en el acto de leer, en la experiencia en sí misma, que nos revela la existencia de un mínimo habitable como máxima de mundo. Habitar la palabra, el tiempo, el leer. Por eso este puente como pre-texto: trazar un mapa para que se produzca la transformación en beneficio mutuo, para que ruede la rueda, para encontrarnos".
Eso es habitar la circularidad, "disponerse a la creación de escenarios para que algo suceda, ser ciclos, habi(li)tarlos, una especie de "situacionismo", un hacia, un desde, un por, un entre. Una aproximación, multiplicidad, circulación y desenraizamiento. Algo así pienso esta experiencia".
Coincidimos en que a veces pasan pequeñas cosas que enseñan mucho, no se trata de cerrar círculos, se trata de habitar la circularidad, volver al comienzo del círculo para avanzar en uno nuevo, nunca cerrar, al "recuperar" aquello que se daba por perdido.
En torno a esto me relató una historia particular que vivió desde el lado del prestador: "Una vez recuperé un libro que amo profundamente, se llama 'Momo', es de Michael Ende, el autor de 'La historia interminable', hecha película como 'La historia sin fin'. Ese libro lo presté varias veces, a diferentes personas en diferentes momentos de mi vida. Viajó mucho, muchas veces. Es una edición bellísima, de tapa dura con ilustraciones del autor, las páginas son de ese tono cálido medio amarillito que te acaricia los ojos, una completa experiencia estética, además de formar parte de mi vida desde que tengo memoria. La última aventura para recuperar a Momo fue intensa. Cuando contacté a esa querida persona luego de unos años, me cuenta que se había mudado. Y agregó que su mudanza fue a otro país. Quedé muda. Y en una décima de segundo lo di todo por perdido. Dicen que allí comienza lo abierto (otra vez Juarroz): Entonces cualquier paso / puede ser el primero. O cualquier gesto logra / sumar todos los gestos".
Ante lo incierto, "Momo" tuvo un final afortunado, porque Gabriela luego fue anoticiada de que el libro estaba en la casa de los padres de su amiga, en la ciudad de Rosario, y ellos mismos fueron tan amables en devolverlo a su dueña. "Esa fue una gran enseñanza, un gesto que logró sumar todos los gestos. Momo en la historia es una niña que devuelve el tiempo a la humanidad sin tiempo, la esclavizadamente camuflada posmodernidad. Es un cuento hermoso, una de esas lecturas imprescindibles. Creo que todo esto de devolver los libros, en el fondo, tiene algo de Momo".
Gabi ve los libros como paisajes abiertos, como escenarios múltiples, el devenir en sí mismo. "Todo eso que nos mueve, que nos permite el ritual, el ciclo, la rueda, el cambio y la mutación. Un fluir que encuentre en el desarraigo la posibilidad rizomática de expansión, desarrollo y autonomía. Lo que nos pasa y lo que nos trans-pasa. La intemperie, el movimiento, la improvisación como regulador del juego, la aleatoriedad como técnica de fortalecimiento".
Más allá del género o la profundidad de sus textos, sean de divulgación, novelas, ensayos filosóficos, obras prestigiosas de la literatura universal o lo que sea, "forman parte de la biblioteca que cada quien lleva consigo, esa que vamos construyendo y deconstruyendo, ampliando y reduciendo, regresando, recuperando, compartiendo. Esa que habitamos. Mundos posibles o imposibles, o simplemente aquello a lo que nos aferramos mediante la lectura como experiencia estética. Por eso esta idea de -de-volver-se. Volverse libro, volverse canción, barro tal vez. Instalar mundos en libros que viajan, como semillas de diente de león, multiplicando -en simultaneidad- aconteceres creativos".
A medida que encuentra varios libros de otros dueños, Gabi los junta, contacta a cada dueño a través de las redes sociales o número de contacto, y si hay interés en recuperarlo, despacha el envío.




















