sábado, mayo 23 2026

En jurisdicción de Monje

Un comercio familiar de casi doscientos años, entre las localidades de Monje y Barrnacas (departamento San Jerónimo, en el centro-sureste de la bota), al estilo pulpería, desafía el siglo XXI inmóvil, tranquilo y trayendo a la memoria de dónde venimos.

Mina Domínguez/Roberto Paz
redaccion@miradorprovincial.com

Santa Fe está llena de anécdotas y lugares que recrean la historia de un pueblo mestizo y pujante. Sitios y también personas y familias, partes de un entramado que trasciende los límites de la provincia y que es realmente impresionante.

Algunos fueron parte de grandes hitos y conforman una cadena histórica muy fuerte con escasa visibilidad. Granadero Baigorria; Capitán Bermúdez; Fray Luis Beltrán; San Lorenzo -testigo de un combate hacia la independencia argentina- con el convento, su espadaña y los franciscanos; Puerto General San Martín -tierra de la batalla de Punta Quebracho-, y Puerto Gaboto -con el fuerte de Sancti Spíritu-, por solo nombrar unos pocos de la zona sur.

Otros, son rincones silenciosos que pasan más desapercibidos pero que atesoran las marcas de época de nuestras comunidades. Así es el caso de "El boliche de Pérez", que vendría a ser una mixtura de almacén y bar al paso detenido en el tiempo. Existen pocos ya en su tipo en el país y mucho menos en zonas rurales, como este. La mayoría están ubicados en las calles de los pueblos.

Un boliche de los de antes
Está entre Monje y Barrancas, al este de la ruta 11. Si se ingresa hacia el río Coronda se encuentra a más o menos unos 10 o 15 km para adentro, sobre el Camino Real que está paralelo a la vía mencionada. Data de 1860 y se llama así desde 1924 cuando fue adquirido por la familia Pérez. Hoy viven allí Héctor, su mujer y sus hijos, descendientes directos de los primeros dueños.

Estos tipos de pulpería generalmente estaban así, en el medio del campo, donde los paisanos y la gente en general que iban de un lugar a otro en sulkys y en volantas (que es como un sulky pero cerrado como si fuera un mateo), paraban a descansar o consumir alguna cosa y refrescar los caballos.

Por ahí pasaban normalmente las carretas y diligencias que venían del norte transportando el cereal que traían a los puertos de Puerto General San Martín, Timbúes y San Lorenzo, o que recorrían el Camino Real desde el Alto Perú hasta Buenos Aires. Años y años de historia en cada kilómetro, pisadas eternas de tantos militares y caudillos, como el de San Martín y Urquiza por la zona, este último cuando estuvo en territorio de Barrancas y de Puerto Aragón.

Monje es lo más cerca, un auténtico pueblo del interior provincial.

Detenido en el tiempo
El boliche está cubierto de chapas grises pero su interior está todo en madera, con una particular puerta pintada de verde. Adentro se encuentran los famosos mostradores antiguos donde lucen los frascos de caramelos con las famosas pastillas Meterete, de venta a granel, porque ahí todo se vende suelto y por peso -el azúcar, las arvejas, el café-, todo con pala y balanza, como antes… como hace siglos.

No tiene luz eléctrica, ahí reina el farol, esos famosos faroles de noche que van a kerosene, lo que lo convierte en una auténtica reliquia de película colonial. Así aparecen los olvidados fósforos Ranchera ¡de cera! y una histórica radio que solo capta AM -de más de cincuenta años y que se escucha gracias a una batería-, una Inelro, antiquísima, única posibilidad de tener las noticias a la mañana.

Al no poder refrigerar la bebida, la ubican en el sótano bien fresco, y la traen cada vez que es requerida. Pineral, Hesperidina, Fernet, algún vermouth y caña en otoño e invierno, sin olvidar la grapa, protagonista de la mañana, temprano, cuando vienen del campo y junto con una picada de salame con aceitunas y queso, los lugareños recuperan un poco la energía del tropero.

La caja registradora es la mano y un papel, y por supuesto al fiado. "Los paisanos no usan tarjeta", confiesa Pérez cuando se lo consulta, pagan cuando van cobrando la quincena o el mes. La gente es cumplidora, ahí vale la palabra más que el dólar. Al ser una especie de ramos generales también encuentran alpargatas y alguna que otra cosa para el hogar.

Hoy por hoy, la permanencia de este espacio ha hecho que cambiaran algunas cosas y por ejemplo se habilitaron los sábados y domingos algunas comidas criollas para la gente que no tiene otro lugar a dónde ir.

Dentro del Boliche de Pérez los abuelos formaron en una época el Club Social Las Colonias, que abría los fines de semana para jugar bochas, sapo, fútbol, gincana de a caballo, carrera de sortijas, cuadreras y después, inobjetable, un buen asado.

Como en 1860
Visitarlo es un viaje melancólico, mezcla de asombro y admiración. Todo está tal cual como en 1860. Las condiciones de conservación logran que se pierda el habla. Esas latas antiguas de Roses Hnos., esos recipientes de vidrios gruesos, los carteles de chapa, el piso de tablones y las gallinas dando vueltas. Afuera acompañan hileras de árboles que definen aún más la escena.

De repente uno imagina generales y de repente aborígenes, esos grupos potentes que también se paseaban por el Camino Real. Y se imagina esfuerzo, sudor, incomodidad, hambre, y no solo de alimento. Ni hablar imaginar cómo iban desde allí a Mendoza, donde volvían con toneles de vino. Pero también de repente uno despierta y encuentra algún auto viejo junto a una camioneta de última generación.

El Boliche de Pérez es un mojón en medio de la pampa, un refugio para todos los santafesinos, un lugar para respirar profundo, saborear historia, perderse en el horizonte, tocar cada elemento, cada textura y oír como una música hipnotizante el canto de los pájaros y la guitarra de algún payador que se atreve a detener el tiempo.

"El boliche de Pérez" vendría a ser una mixtura de almacén y bar al paso detenido en el tiempo. Existen pocos ya en su tipo en el país y mucho menos en zonas rurales, como este. La mayoría están ubicados en las calles de los pueblos.

Visitarlo es un viaje melancólico, mezcla de asombro y admiración. Todo está tal cual como en 1860. Las condiciones de conservación logran que se pierda el habla.


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