La esperada vuelta a clases
A poco más de 15 días del regreso a las clases presenciales, el único establecimiento educativo del Departamento San Martín que pudo abrir sus puertas trabaja con sus alumnos bajo la nueva modalidad.
Rodrigo Pretto
redaccion@miradorprovincial.com
En el Departamento San Martín eran cuatro los establecimientos educativos habilitados para regresar de forma presencial a las aulas el 19 de octubre. Pero sólo uno pudo hacerlo luego de que en el resto de las escuelas algunos docentes presenten síntomas compatibles con covid ese fin de semana previo y deban suspender la vuelta de los chicos a clases.
Precisamente fue en la Escuela Nº 273 Florentino Ameghino de Campo Castro -zona rural perteneciente a la Colonia Las Bandurrias-, donde jóvenes de primero a séptimo grado se reencontraron luego de más de siete meses de una eterna espera y donde sólo prevalecía el “abrazo virtual”.
“Tener la dicha de haber sido yo quien hice la punta me da mucha alegría. Estoy cumpliendo la misión de hacer feliz a los demás, que es mi función”, explicó Lilian Cipollone, directora y docente de la institución.
Reside en la zona rural perteneciente a Campo Castro y recorre diariamente 11 kilómetros de distancia para llegar al establecimiento educativo. Pasaron 15 días de aquel momento donde recibió nuevamente a los chicos en la escuela, y a Cipollone aún la invade una fuerte emoción al recordar el momento previo a reecontrarse con sus alumnos. Es que los meses de espera fueron demasiados largos y las expectativas fueron grandes.
“El ver llegar a los niños fue muy lindo. Los días anteriores, junto a toda mi familia, estuvimos preparando cada detalle para que la escuela esté de la mejor forma. Organizamos el salón de una manera diferente a lo habitual, pintamos los círculos al aire libre para que los alumnos trabajen, colocamos mesas separadas para que jueguen, hubo mucha cartelería”, rememoró y agregó al borde de las lágrimas: “Observar a los padres con sus hijos va a ser un recuerdo que me va a quedar grabado en el alma y en el corazón porque tenían mucha desesperación por volver a la escuela”.
“Acá no tenemos internet. Por eso los trabajos los enviaba por Whatsapp y cuando era necesario distribuía los materiales de manera física, yendo tranquera por tranquera en los campos donde vivían los chicos para dejarles las tareas".
Campo Castro es una escuela plurigradual que incorpora a jóvenes desde 1° hasta 7° grado. Desde hace nueve años, cada niño trabaja respecto a sus necesidades y gustos. Pero para esta ocasión los docentes debieron reinventarse buscando herramientas alternativas ante la nueva normalidad. “Ningún chico hace lo mismo”, aseguró la docente. Por esa razón, posiblemente, el trabajo a distancia mientras duró el contacto virtual no le haya representado ningún incordio a la directora de la escuela rural para mantener vivo los lazos afectivos. “Las tareas individuales son una constante diaria acá”.
La nueva normalidad incluyó jornadas con los estrictos protocolos sanitarios exigidos por el gobierno provincial: medición de temperatura al llegar al establecimiento, desinfección del calzado y de manos con alcohol en gel, para luego realizar el tradicional izamiento de la bandera argentina.
“Después de ese momento, tuvimos una larga charla con el respectivo distanciamiento donde los chicos contaron sus experiencias, emociones, vivencias a lo largo de este tiempo, y nos dijimos todo lo que nos extrañamos”, recordó la docente sobre el primer día de regreso a las aulas.
El dictado de clases comenzó con cada grado realizando diferentes trabajos de acuerdo a las materias establecidas. Sin embargo, los alumnos muestran interés puntual por determinadas currículas. “Hay quienes me piden hacer ejercicio de matemática, porque les encanta. Otros van de a uno a la biblioteca a buscar algún libro para llevarse a su casa. Meriendan como es habitual, juegan. La experiencia de estar de nuevo juntos es muy linda”, indicó la docente.
En el predio del establecimiento que comprende una hectárea se demarcaron círculos para que los niños mantengan el distanciamiento y puedan desarrollar actividades recreativas. Aunque nada fue igual. La nueva etapa excluyó algunos pasatiempos lúdicos sobre el verde césped escolar y los kartings y pelotas, por ejemplo, esperan guardados su regreso.
Repartía libros, juguetes, colores. Hay alumnos que viven a unos 20 kilómetros de distancia. Hasta recorría la zona para llevarle la merienda”, recordó Lilian Cipollone, una maestra hecha para educar.
Un regreso embarrado
El reinicio del ciclo lectivo no fue de la mejor manera, o al menos los días posteriores al regreso a las aulas se vio frustrado por las lluvias. Es que 24 horas después de haberse reencontrado con los alumnos, los 60 milímetros que se registraron en la zona imposibilitaron la continuidad por algunos días. “Nadie pudo salir de su casa, ni yo ni los chicos. Por eso siempre tenemos cosas preparadas para que los niños hagan en época de temporal. Con lo cual tenían tareas en sus hogares”, sostuvo la docente.
La directiva escolar explicó que a lo largo de la pandemia debió ingeniárselas para no frenar nunca el contacto y agotar los recursos para evitar que sus alumnos corten las actividades educativas. La falta de conectividad fue un inconveniente, aunque no un escollo determinante.
“Acá no tenemos internet. Por eso los trabajos los enviaba por Whatsapp y cuando era necesario distribuía los materiales de manera física, yendo tranquera por tranquera en los campos donde vivían los chicos para dejarles las tareas. Repartía libros, juguetes, colores. Hay alumnos que viven a unos 20 kilómetros de distancia. Hasta recorría la zona para llevarle la merienda”, recordó Lilian Cipollone, una maestra hecha para educar.





















