sábado, junio 13 2026

Curiosidades antiguas

No todo en la historia son grandes acontecimientos. A veces contiene relatos que no se encuentran en las páginas de las enciclopedias. He aquí dos anécdotas poco comunes del pasado de la ciudad de Victoria, de una naturaleza casi fantástica.

Ignacio Etchart
redaccion-er@miradorprovincial.com

La investigación histórica muchas veces deja de lado ciertos momentos o peculiaridades antiguas que, por falta de incidencia en el relato totalizante, no alcanzan el estatus de historia oficial. Pero su ausencia no es razón suficiente para ser olvidada. Son tan constituyentes de una identidad como cualquier otro relato de mayor o menor importancia.

Y estos valores están siempre presentes en la página de Facebook “Historias de Victoria”, fuente de consulta para la realización de este escrito, dedicada siempre a la recuperación y divulgación de esos momentos del pasado local.

La momia de mernes

“Había tenido una vida muy sufrida porque su esposo la maltrataba”. “Se dudaba si no había sido enterrada viva. Por casos como este los velorios se extendieron a 24 horas”. “Estaba en exhibición a todo el público, incluso los parientes de la momia la peinaban y acomodaban”. “Era una rara sensación pasar por ese panteón. Nunca faltaba la travesura de esconderse y esperar para ver salir a la momia, pero siempre salíamos corriendo del lugar porque cualquier otro ruido nos asustaba”.

Estas son algunas descripciones guardadas en la memoria de aquellos niños, hoy viejos vecinos, sobre “la momia de Mernes”. Sin embargo, la tradición oral muchas veces tiene más fantasía que hechos en su construcción.

Existe un fenómeno que puede provocar que un cadáver no comience su deterioro físico. La forma más conocida, tal vez, es producto de fríos intensos, aunque también puede suceder en ambientes de extrema salinidad, acidez o aridez. A este proceso se lo conoce como “momificación natural”.
En este caso, las propiedades físicas del panteón resultaron óptimas junto con la anatomía del cadáver de María Cerruti, hija de Francisco Cerrutti y María Oderigo, nacida en Buenos Aires alrededor de 1860. Se casó en 1887 con Ambrosio Mernes, ocho meses antes de su fallecimiento a los 28 años producto de un “ataque cerebral”, según lo indicó en ese entonces el Dr. José N. Atencio.

Alrededor de la década de 1940, la familia comenzó las tareas de reducir sus restos para ser transferidos a una urna pequeña. Pero al abrir su ataúd, más de 50 años después de su muerte, el cuerpo de María Cerruti de Mernes estaba casi intacto.

Aquello que terminó convirtiéndose en casi un espectáculo logró que se colocaran los restos de “la momia de Mernes” en un féretro de vidrio, al cual sólo tenía acceso visual la familia.

Sin embargo, capricho de la historia mediante, el panteón tenía una puerta de vidrio que disimulaba solamente con un cortinado el interior del edificio. Un día la cortina se desprendió y el asombro inundó la ciudad. Tanto curiosos de la ciencia como incómodos de la superstición visitaban a la momia de María Cerruti. Incluso solían romper el vidriado para apreciarla más de cerca, mientras que especialistas realizaban extracción de tejidos para su posterior análisis.

No obstante, luego de una década de exposición, el cuerpo incorrupto de María Cerruti fue colocado detrás de un muro de cemento en el panteón familiar a mediados de los años 50’, donde permanece hasta el día de hoy, quizás en el mismo estado desde su fallecimiento, el 11 de enero de 1888.

Brujería

La curandería refiere a prácticas antiguas de sanación transmitidas de generación en generación. A pesar de cualquier escepticismo que pueda recaer en ellas, no se puede ignorar que hasta el día de hoy curan o alivian padecimientos que la medicina moderna no puede tratar.

Ese conocimiento popular está basado en la convergencia de energías espirituales que imbuyen al sanador de capacidades extraordinarias de curación. Según sus practicantes, estos dones son producto del sufrimiento que fortalecía el alma y el cuerpo. Fortaleza que luego se transmite al convaleciente en forma de palabras divinas, otorgadas por el Dios creador.

Pero así como hay benevolentes curanderos que trabajan en pos del bienestar de las personas, también existen quienes aprovechan sus capacidades para el mal a costa del infortunio de los demás. A estas personas se las conoce como “curanderos negros” o “brujos”, almas que pactan con fuerzas oscuras para satisfacer sus anhelos y deseos macabros. Pactos que provocan lúgubres sucesos, como aquellos sucedidos en la Victoria de 1922.

La noche del lunes 13 de febrero de 1922, en una casa ubicada en la esquina de Laprida y Catamarca, Sara Gastiazoro aprovechó charlar con sus vecinas, mientras Modesto Cristóbal Peñalba dormía en su cuna. Su madre al regresar notó que su hijo había desaparecido.

En una crónica realizada por el cura Bernardo Daguerre se describe cómo la policía intervino luego de escuchar los gritos de la mujer. Al poco tiempo encontraron el cuerpo del bebé en el fondo del pozo de agua de la casa.

El primer sospechoso y detenido fue el padre del niño, aludiendo a un posible móvil de venganza hacia Doña Gastiazoro, pues se encontraba distanciado de la familia. Sin embargo, en las semanas que duró la investigación no existió indicio alguno que el padre fuera el culpable y fue dejado en libertad.

Sin explicación sobre el suceso, la vida en la ciudad continuó. Pero dos meses después, el miércoles 19 de abril, en la casa de la familia Sobrero Pedemonte, ubicada en las calles San Miguel y Liniers (hoy Presidente Perón), ocurrió el mismo hecho oscuro.

Antonia Pedemonte, luego de despedir visitas desde la puerta de su casa, notó que su hijo Raúl Sobrero, de dos años y nueve meses, había desaparecido. Alrededor de las 19.30, luego de buscar a su hijo en cada rincón posible, avisó a la policía.

El resultado de la búsqueda fue idéntico. El cuerpo del bebé estaba en el fondo del pozo de la casa, con la diferencia que el muro de éste era demasiado alto para que el niño haya caído por accidente.

Rápidamente las sospechas se volvieron hacía la empleada doméstica de la familia, una joven de 13 años cuyo nombre hasta hoy se desconoce, única persona presente en la casa en el momento de la desaparición.

La crónica del cura Daguerre describe que “sus hazañas no fueron dos sino tres, pues anteriormente echó también a otra criatura a un tanque, pero los padres pudieron salvar a la víctima”.

En el interrogatorio policial, la joven confesó ambos infanticidios, alegando como móvil que “estudiaba y practicaba la magia negra para alcanzar el poder deseado”.

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