viernes, julio 3 2026

Sobre un mito y su verdad

La historia son relatos. Simple como eso. Luego, producto de intensas investigaciones e interpretaciones, puedan llegar a convertirse en “historia” y ser perpetuados en libros o enciclopedias. Sin embargo, la tradición escrita de la historia humana es sumamente reciente. Hasta entonces, estos relatos pasaban de boca en boca, dejando siempre un espacio para lo fantástico. Pero a veces la fantasía esconde más de lo que explica.

Ignacio Etchart
redaccion-er@miradorprovincial.com

El archivo histórico, objeto de análisis de la ciencia historiográfica, siempre presentó dificultades en su sistematización.

Papeles desgastados o reliquias deterioradas eran siempre fuentes caprichosas de información sobre hechos del pasado. Pero al menos tenían la ventaja de sostenerse en el tiempo, hasta que la paciencia o el desarrollo de la ciencia permitieran un análisis más riguroso sobre ellos.

Pero si a falta de una técnica que las perpetúe, ¿podrían perderse en el tiempo? Pues esto sucede con la tradición oral, hoy ya casi obsoleta producto de una cultura de la escritura que sostiene la vida cotidiana.

No obstante, y gracias al desarrollo de las tecnologías de la información y divulgación, incluso lo que alguna vez fue un relato oral, hoy puede leerse y analizarse infinitamente.

Por suerte siempre existirán mentes y cuerpos comprometidos con la pasión de la historiografía, como sucede con quienes operan el sitio de Facebook “Historias de Victoria”, fuente del relato presentado a continuación.

El fantasma de Oneto

Hace mucho tiempo, extrañas historias describían sucesos ocurridos en la manzana rodeada por las actuales calles Congreso, 9 de Julio, Italia y Camoirano, escenario de fenómenos inexplicables, como llantos ahogados durante una noche vacía u objetos que desaparecían de sus lugares. Fenómenos a los cuales las mentes de antaño relacionaban con el espectro de María Angélica Oneto, muchacha asesinada a los 15 años de edad en 1905.

Tabúes y prejuicios envolvieron este episodio, destinándolo a la tradición oral, sujeta siempre a explicaciones de naturaleza fantástica. No obstante, la realidad siempre es más cruda que la fantasía.

Cuenta la leyenda que María Angélica Oneto, joven perteneciente a una familia distinguida de aquel entonces, se encontraba en un romance con Manuel Velázquez. Supuestamente, dicho amorío no caía bien al padre de la joven, por lo que, la noche del 22 de octubre de 1905, María Angélica iba a escapar con su novio.

En el momento de la silenciosa huida, don Oneto los descubrió y comenzó a disparar contra la silueta de Velázquez, asesinando accidentalmente a su propia hija.

Sobre una sociedad

De esta forma se sostuvo en el tiempo el relato sobre el asesinato de María Angélica Oneto. Llena de romanticismo y contradicciones propias de una obra protagonizada por Montescos y Capuletos, adornada por mentes supersticiosas y cómplices al pensamiento de la época.

Tal vez la consecuencia del asesinato fueron fantasmas. Pero fantasmas de la injusticia, de espectros que viven en la memoria y el corazón de aquello que no debe olvidarse para que no vuelva a repetirse.

En otros tiempos, aunque tal vez no muy distintos a los propios, hablar de ciertas cosas en una sociedad como era la Victoria de principios del Siglo XX, hermética y supersticiosa, implicaba arriesgarse al menosprecio, al señalamiento y a la marginación.

Así fue como las primeras generaciones de victorienses nacidas en el 1900 crecían imbuidas por el miedo y la curiosidad del fantasma de María Angélica Oneto, y así también era reprimido cualquier pensamiento indagatorio sobre el hecho.

La versión popular ya fue contada. Un padre violento y posesivo que asesinó a su hija en el intento de asesinar a su pareja.

Sin embargo, las investigaciones realizadas sobre este terrible desenlace rápidamente encontraban una insatisfactoria conclusión, pues los archivos de la época eran de extrema reserva.

Esto sucede cuando se mezcla violencia, muerte y secretos: dudas, leyendas y fantasmas. Espíritus que no descansan, pero no como seres que no pueden acceder a otro mundo, sino como recuerdos que no encuentran reposo pues la injusticia, inmortal parásito de la historia, no lo permite.

En el tiempo perduran las verdades, no los mitos. Porque el mito es justamente la forma que tiene la verdad de exponerse y sostenerse de forma clandestina a lo largo del tiempo.

Frente a la fábula del asesinato de María Angélica Oneto, joven de 15 años asesinada en 1905 en la manzana rodeada por las actuales calles Congreso, 9 de Julio, Italia y Camoirano se coloca, 100 años después, la verdad.

El asesinato

En los terrenos circundantes del actual Centro Profesional Congreso, ubicado en la manzana ya previamente mencionada, la familia Oneto, distinguido apellido en aquel entonces, tenía instalada sus caballerizas, plantaciones de frutales y huertas de la casa.

María Angélica, de 15 años, se encontraba en un noviazgo con Manuel Velázquez. No obstante, los padres de ambos jóvenes vivían en una perpetua preocupación, por lo que varias veces habían intentado desvincular a la pareja.

Fue así como la noche del 22 de octubre de 1905, a las 21.40, Manuel Velázquez –de 18 años– ingresó a la propiedad de los Oneto e intentó secuestrar a María Angélica, y así poder continuar su relación lejos de sus familias.

Frente a la negativa y resistencia de la muchacha, Velázquez disparó cuatro veces contra el abdomen de María Angélica, asesinando así a la muchacha y al bebé de tres meses que llevaba en su vientre.

Agonizando, María Angélica fue llevada por su padre, don Fortunato Oneto, a la casa del Dr. Fermín Salaberry, pero fue inútil. Ella murió en los brazos de su padre mientras el médico intentaba reanimarla.

Velázquez fue capturado en Tucumán al año siguiente y condenado a 25 años de prisión en 1908.
Esta es una historia que si bien sucedió hace más de un siglo, no deja de ser una historia que se repite, día a día, que ocupa titulares en páginas de todo el mundo, no sólo de ciudades o pequeños poblados de la región.

Brutal femicidio

Del bello desenlace de un padre celoso y posesivo asesinando a su propia hija por error, como si operara una suerte de justicia poética aplicada sobre un represor del amor libre y joven, la historia se convierte rápidamente en el clásico y angustiante femicidio que sucede cada 29 horas, estadística que se reafirma todos los días en la Argentina.

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