Entrerrianos destacados
Músico de excepcionales condiciones, cantor profundo, compositor valorado por sus pares de distintas generaciones, Walter Heinze se ha ido transformando en un valuarte de la guitarrística, síntesis de la exigente formación clásica y de la apertura a la cultura popular.
Redacción Mirador Entre Ríos
redaccion-er@miradorprovincial.com
El compositor, guitarrista, cantor y arreglador, Walter Heinze, fue más que docente, un maestro que sus alumnos han valorado y han querido porque sus enseñanzas fueron mucho más allá del armónico universo de negras, corcheas y semifusas. Encarnó la síntesis de una exigente formación musical clásica y la degustación por las expresiones de la cultura popular. Tan estudioso como aplicado, tan meticuloso como metódico, Heinze había nacido en Crespo el 21 de abril de 1943; vivió en Gualeguaychú cuando el mundo andaba de pantalones cortos, aunque su carrera artística estuvo afincada en la región de Santa Fe-Paraná.
Con el tiempo, incluso luego de su muerte, ocurrida el 30 de julio de 2005, la riqueza de su obra fue ganando en preponderancia, como suele suceder cuando lo producido es valioso. Formador de sólidos quilates, lo reconocen como referente Eduardo Isaac, Hugo Geller, Silvina López, Leopoldo Martí y Pablo Ascúa, aunque probablemente sea Guido Tonina, del Dúo Enarmonía, quien refleja mejor el carácter múltiple de su desempeño como artista.
Ha grabado “Canto de dos ríos, “El canto compartido”, “Guitarra de luz y “De memoria y olvido” en Redondel, Borgeana con Pablo Ascúa y Luis Barbiero auspiciado por la Universidad Nacional de Entre Ríos, y “Después del tiempo” con Pablo Ascúa, en Shagrada Medra.
Cultor de la amistad
Amigo del mítico Remo Pignoni pero también de Carlos “Negro” Aguirre y de Miguel Zurdo Martínez, Heinze conoció las dos costas de un río musical donde se mezclaban las raíces europeas y americanas: desde1962 se sumó al Instituto Superior de Música de Santa Fe perteneciente a la Universidad del Litoral. Allí permaneció durante 8 trabajosos años de estudios de nivel superior tanto en formación musical como instrumental, con profesores como Jorge Martínez Zárate, Graciela Pomponio o Lázaro Flury. Pero, cuando aún se unían mediante lanchas de pasajeros las dos capitales, en Paraná participaba del movimiento folclórico con Los Jangaderos, junto a Abel Schaller, Miguel Martínez, Polo Valentinuz y Horacio Vera. Fue un extraordinario conjunto vocal.
Ese camino compartido entre la tradición europea y la autóctona no respondía a un momento de indecisión. Heinze no quería quedar encerrado en un provincialismo vacío, buscaba pintar la aldea, ser universal, desde la estricta formación clásica. Esta concepción, estética, artística y política, también marcó su desempeño como docente en la Escuela de Musica, Danza Y Teatro "Prof. Constancio Carminio”. Si es cierto que en Paraná hay una escuela guitarrística, no cabe duda de que Walter Heinze se encuentra entre los padres fundadores.
Sin procurarlo, cultor de la amistad, se transformó en un modelo como artista y como docente por dedicación, erudición y estatura ética.
Tenía una voz potente y un toque distinguido, de depurada técnica. Su actitud corporal impartía autoridad pero su conversación era amena. Otro atributo es que poseía un talento especial para elegir repertorio. Generoso, se llevó siempre bien con los más jóvenes, de quienes aprendía mientras les enseñaba sin poses.
Raíces
Su papá, que era empleado bancario, soñaba con un hijo doctor; pero Walter siguió su camino con la firmeza, determinación y laboriosidad de las hormigas.
En el libro: “Walter Heinze” (Una vida, un destino, una guitarra)”, sus autores, Darío Miraglio y Marcial Herdt, reproducen un testimonio fundamental para entender de qué forma modeló su inclinación artística. “A los siete años en la cocina de mi casa en Gualeguaychú escuché una audición de radio de Buenos Aires, donde actuaba un recitador criollo como se decía en aquel tiempo; recuerdo que su nombre era Fernando Ochoa y lo acompañaba el guitarrista Abel Fleury”, citó Heinze, no sin subrayar que “este hecho fue muy significativo para mí, ese sonido de la guitarra me impactó; sentí como un llamado”. Fue entonces cuando indicó que “no tenía entonces ningún antecedente musical, ni siquiera conocía una guitarra”, pero luego la identificación con Eduardo Falú y Atahualpa Yupanqui marcarían su carrera.
Walter recorrió la Argentina llevando su música y su palabra, también países vecinos como Chile, Brasil, Paraguay y Uruguay. En 1989 visitó Europa para presentarse en la Maison de L`Amerique Latine, en París. En esa oportunidad interpretó sus obras originales para guitarra y canciones de autores argentinos. La radio Latina de París dedicó una emisión a la difusión de sus trabajos, grabados no solamente por intérpretes argentinos, sino también de Europa, Japón y Estados Unidos.
Algunas de sus obras para guitarra han sido editadas por Editorial Henry Lemoine, de París; Ediciones Yotolt, de México y Ricordi, de Argentina, privilegio del que muy pocos alcanzan a gozar.
Una historia singular
En cierta ocasión, la cantante Marcela Passadore supo contar que “por cuestiones de la vida, pasé en Paraná los años 1996 y 1997: un día atendí el teléfono y escuché una voz grave y profunda… era Walter Heinze, el señor de mi infancia, que me proponía abordar en dúo un repertorio de música popular argentina y del cancionero anónimo del siglo XV, aquellos romances que tanto nos marcaron con aquel disco de Leda Valladares y María Elena Walsh. De inmediato acepté: para mí, su llamado era un honor”.
La victoriense recordó que “así empezamos a tocar juntos, incluso con algunos arreglos para dos guitarras, a los cuales yo, irreverente, accedía. Y se sucedieron viajes, cenas familiares junto a su querida Elvira y sus hijos Germán y Federico, de quienes también me hice amiga y, según creo, llegué a formar parte de su entorno familiar”.
Para ella, “Walter, una persona íntegra y profunda, no sólo me enseñó cuestiones que tienen que ver con la música sino también con el cine y la literatura, ya que era un hombre muy interesado por el arte en general”.
Por último, Passadore dijo “me siento agradecida por haber compartido con él y con su familia tantos viajes, las comidas inolvidables de Elvira, las sonrisas de sus hijos y los vinitos, que a él le gustaba descorchar cuando alguien iba a su casa. En fin, aún se lo añora”.




















